¿DETRÁS DE TODOS NO SE ESCONDE USTED,
ÁNGEL SÁEZ GARCÍA, SÍ, OTRAMOTRO?
Hoy me ha escrito otro “comunicante anónimo” (de esa guisa firma) y su correo dice así:
“Acabo de leer ‘¿Detrás de Sebastián se oculta Lázaro?’ y, de repente, sin madurar lo apetecido, me han brotado un montón de preguntas, que cabe concentrar en una sola, la del rótulo y el subtítulo que encabezan estos renglones (no me ha apetecido hacer cuanto sí suele coronar usted, agregarle el adjetivo calificativo de “torcidos”).
“Pregunto a mi esposa (innominada, asimismo, como servidor), que también lo lee a usted a diario, y me pregunto cómo es posible que un simple (y desconocido para ambos) lector, Sebastián S. (supongo que esa ese mayúscula es la letra inicial del mismo apellido que el nombre, Sebastián, como eso acaece con Lázaro Lázaro, pero me apostaría doble —café o caña— contra sencillo con quien aceptara el envite a que, en este caso concreto, esa S. es la inicial de Sáez, o sea, de Otramotro, el hacedor del blog), sepa tanto de Ángel/Otramotro, de que los personajes y los lugares que aparecen en sus escritos son meras ‘prolongaciones de su personalidad fecunda y de su realidad o universo prolífico, en constante expansión, como el mismo cosmos’. En las líneas del entrecomillado precedente, que se sacó de su magín Sebastián S. está la clave. El texto que aparece bajo dicho título es un ejemplo magnífico de la tesis de Sebastián, que es la tesis de Lázaro Lázaro, que es la tesis de Otramotro, que es la tesis de Ángel. Se trata de un mero juego de espejos, de cajas chinas o muñecas rusas, unas dentro de otras.
“Ángel quiere que Rosales exista, porque, si existe su creación, Rosales, también existirá él. Estoy seguro de que Rosales tiene que ver con esa redondilla (aunque, en sentido estricto, no lo es, pues forma parte de una composición métrica mayor, una décima) de Francisco de Quevedo, que forma parte de esa letrilla lírica, ‘A un rosal’ o ‘Rosal, menos presunción’, que dice así: ‘¿De qué sirve presumir, / rosal, de buen parecer, / si aun no acabas de nacer, / cuando empiezas a morir?’. Otramotro desea que su Rosales, ya que el rosal quevedesco, que, como cualquier ente mortal, es perecedero, pues comienza a morir nada más nacer, como sostiene Quevedo, por haberlo parido él, Otramotro, este espacio nunca muera. Y, por eso, acude a la mecánica cuántica y al ejemplo propuesto por Erwin Schrödinger, el de su gato, muerto o vivo (siempre que no se abra la caja), para sostener su argumento de que Rosales existe, porque nació de su cacumen y, ahora, por mera delegación, como aduce Sebastián S. que aquí ejerce de su contrapunto, contrario u opuesto, de antiSebastián, porque no es asaeteado, sino que él asaetea (en esta oportunidad, al propio Sáez, el autor), lo hace también en la imaginación de los lectores del texto que comento.
“Otro tanto cabe alegar de Algaso. ¿Cómo puede saber tanto de dicho lugar Sebastián S.? La respuesta nos la brinda gratis et amore el mencionado. ¿Hay alguna duda de que tras él se halla Ángel?: ‘Como he llegado a desentrañar cómo elabora su intelecto, ahora no sabría decir, a ciencia cierta, si esa deducción se la he leído a usted, o la he elaborado por mi propia cuenta y riesgo, siguiendo los pasos de su manera de hacer y usted hubiera concluido o rematado’. Qué bien miente Otramotro. Claro que sabe y con conocimiento de causa cuál es la verdad. El que se ve asimismo como un icosaedro controla todas las caras o caretas, todas las máscaras, que se pone y se quita con tanta rapidez (como hace Mortadelo con sus disfraces) que, a veces, ese cambio pasa inadvertido.
“Fray Ejemplo (cara cara, aquí con el significado de querida, del autor, personaje preferido por Ángel) es insuperable porque solo Fernando Pessoa logró manejar con parecida o pareja soltura esa constelación de galaxias de heterónimos y seudónimos sin cuento que acarrea Otramotro.
“Ángel, a través de Otramotro, funge de semidiós, y logra ser creador de criaturas y todas esas mismas criaturas, en conjunto y por separado. Ha conseguido algo de lo que no estaba seguro su maestro Unamuno, que, en ese poema “Leer, leer, leer…”, que tanto le gusta a Otramotro, se preguntaba en los dos versos finales del mismo, un endecasílabo y un heptasílabo: ‘¿Seré mi creador, mi criatura, seré lo que pasó?’”.
Resulta una gozada poder disponer de lectores (que devienen en escritores en un santiamén) generosos y sagaces, que te ceden sus creaciones por nada.
Ángel Sáez García