MERECE APARECER EN MI BITÁCORA,
POR CABAL Y OPORTUNO, ESTE CORREO
Ayer recibí, de otro comunicante anónimo (desconozco si habitual o esporádico; y voy a seguir ignorándolo, porque no voy a invertir un solo minuto de mi preciado y precioso tiempo en averiguarlo), este email, que juzgué, por su atinado contenido, que se había hecho merecedor de ver la luz en mi bitácora. Así que aquí están los párrafos que lo conforman:
“Acabo de leer el texto bizarro (por extraño, generoso e intrépido) que usted tituló ‘El sábado pasado hubo sorpresa’, en su blog, que me ha gustado sobremanera, pero el soneto que contiene, ‘A quien un sesentón es, mi hermano, ‘el Chato’’, me parece, por calificarlo sencillamente, con un solo adjetivo, genial.
“Si cierro los ojos, no me cuesta imaginar el minuto escaso que debió durar el momento. La declamación o el recitado de los dos tercetos tuvo que ser, amén de emotivo, digno de escuchar; e intuyo que usted recibió, al acabar, del homenajeado y los asistentes una ovación cerrada, generalizada, total.
“No me cabe la menor duda de que ese instante fue, junto con la entrada de su hermano en el piso superior de la peña, uno de los hitos de la celebración. Los dos tercetos del poema fueron pergeñados por usted con el fin preciso de romper la distancia poética que había con los dos cuartetos, el pasado, lleno de claroscuros, y conectar, de modo directo, esos seis versos finales con el corazón común del agasajado y los concurrentes al festín.
“El remate tuvo que ser muy emocionante por ese cambio de enfoque; del pretérito se pasó al presente, al aquí y al ahora: ‘Hoy te hallas entre gente que te quiere’. Ese giro temporal convirtió a todos los asistentes, no solo al agasajado, en protagonistas (‘Quien no es amigo o deudo es ambas cosas’) del soneto (y si hasta ese momento no lo fueron, usted se encarga de que se sientan, vean y lo sean, al colocar sus nombres de pila y/o apodos en su adicional nota bene, que cierra el texto, al agradecerles su presencia; incluso disculpa la ausencia de quienes no pudieron asistir, englobándolos en esa trigésima persona).
“El afecto imperante, reinante, en el acto es el centro del poema, y es el imán que da vida o nutre a una celebración íntima, de personas escogidas.
“Me gustaría haber visto cómo usted miraba a los ojos de su hermano, mientras declamaba los versos, y cómo le oteaba su halagado hermano a usted, y cómo los asistentes contemplaban a ambos, haciéndose, sin haberlo acordado de antemano, cómplices del cariño que fluía entre los dos.
“Un poema, si no es el mejor objeto físico que te pueden regalar, es uno de los mejores; y, si se trata de un soneto, y está bien escrito, o sea, cumple con los cánones establecidos, puede llegar a ser considerado la repanocha; y, si ese ramo de rosas con el que el autor lo compara, carece de espinas, como el que usted obsequió a su hermano, debe ser algo parecido a la miel sobre hojuelas, si eres goloso, laminero, al colmo, al sumun.
“Si encima usted lo leyó bien, si no se trabó y alguien lo grabó con un móvil, puede ser un testimonio ideal, del que usted podrá sentirse orgulloso mañana, pasado, y mientras viva.
“Bienvenidas sean todas las rosas afectuosas e inofensivas, como son los catorce versos de su soneto; y bienvenidos sean, asimismo, los consensos, los acuerdos, el hecho de abundar en los criterios, aunque no siempre las opiniones de emisor y destinatario coincidan. Seguro que lo hicieron, al rematar el poema, las sonrisas que compartieron homenajeado y agasajadores, sellando la relación afectiva con la doble cinta de la hermandad y/o la amistad”.
Como soy un defensor a ultranza del adagio 105 del “Oráculo manual y arte de prudencia” (1647), de Baltasar Gracián, barrunto que no marraré, si agrego y corono el texto con una sola palabra más: Amén.
Ángel Sáez García