MOMENTO CULMINANTE DE MI VIDA
Seguro que usted capta la razón por la que este correo ve la luz en el blog de Otramotro, que gestiono.
“Leyendo el otro día un texto suyo, en concreto, el parágrafo central de ‘El enamoramiento nunca miente’, que reproduzco aquí, bajo las líneas que componen el párrafo primero de este escrito, urdidura o ‘urdiblanda’, sin encerrarlo entre sus pertinentes comillas, porque es, enteramente, de su propiedad intelectual, recordé casi fielmente cómo me sentí la primera vez que me enamoré de una chica, un bombón, Sofía, en las fiestas del pueblo. Siguiendo la senda que desbrozó Cervantes, callo el nombre del lugar para que todas las pequeñas localidades españolas se sientan concernidas y reclamen con razón bastante que me estoy refiriendo, sin ninguna duda, a ella, sí, a ella, exclusivamente, o a ella, o a ella… y no a otra.
Nunca me he sentido más seguro que cuando contemplé a L. (puede que antes la hubiera visto, pero no me había fijado en ella), durante dos segundos apenas, luciendo la melena interminable de la que era dueña entonces al viento, cruzar con prisa los dos escasos metros de la fuente de la plaza del pueblo en fiestas donde me hallaba, que se alcanzaban a columbrar o vislumbrar con absoluta nitidez desde mi posición, el poyo, donde estaba sentado, cerca de la casa de M.; jamás me he sentido en mi vida más inseguro que cuando pedí permiso a L. para bailar la primera pieza de la noche que la orquesta tocaba para hacerlo agarrados o juntos. Como L. me dio al instante su plácet, mi temblorosa mano izquierda asió su diestra, y mi derecha se acomodó junto a su talle, en concreto, ciñó su cintura izquierda (aunque, dados los muchos años que han pasado desde aquel episodio inolvidable, y que nuestra memoria no es tan fiel como pensamos, no descarto que ese primer baile agarrado a L. fuera de otra guisa, tan posible como plausible: que mis manos acariciaran su cintura de avispa y las suyas se posaran sobre mis hombros).
“En ese instante parece que se detuvo el tiempo, y el ciego Cupido, que había lanzado sus flechas, al buen tuntún o a voleo, acertó, porque una de ellas dio de lleno en la diana, mi corazón, que intuyó o supo en ese momento que tenía que mirar en la dirección correcta, adonde dirigí mis ojos, y contemplé el inesperado milagro de la belleza en medio de la naturaleza, y mis pupilas captaron lo que debía descubrir sin falta, y hallé ese tesoro evidente por mera serendipia o chiripa.
“El flechazo recibido me empujó a mostrarme seguro en mis actos y a no dejar pasar de largo la oportunidad (que los pintores pintan calva con razón), a pesar de mi reconocida timidez. Yo también, eufórico, decidí hacer lo que jamás había hecho, pedir poder bailar agarrado, y también pisé a Sofía. Me sentí tan torpe y patán como usted, pero inmensamente feliz. Solo lo hubiera podido ser un poco más, si no hubiera mediado el pisotón.
“Cuando recibí el sí de Sofía, noté que no solo me temblaban las manos, sino también lengua y, por eso, para no delatar mi nerviosismo mayúsculo, callé, enmudecí. Creo que en similares circunstancias estaba, asimismo, Sofía, pues deduje que ambos éramos primerizos en esos menesteres. No habíamos sido aleccionados por la musa apropiada, Terpsícore.
“A veces, tiendo a pensar que nos vino bien a los dos el pisotón. Porque, tras pedirle el reglamentario perdón, se nos soltó la lengua a ambos. No hubo necesidad de darnos un beso, porque el instante era bello y puro así; fue una tarde-noche divertida. Luego, en la sesión de noche todo fue mucho mejor, sin las torpezas iniciales. Y es que nadie nace enseñado, y quien hace todo lo que puede no está obligado a hacer más.
“Durante esas fiestas, nos reímos como dos idiotas (estuviéramos bailando o formando corro con la cuadrilla o el grupo de amigos), que quizá sea la definición más genuina de estar enamorados hasta los tuétanos.
“Esas fiestas fueron inolvidables e ¿irrepetibles?, porque, durante las mismas, todo salió a pedir de boca, o fue perfecto. ¡Cuántas veces ese pretérito se ha hecho en mi existencia presente! (estuviera dormido o despierto).
“Estoy completamente seguro de que el instante del pisotón a Sofía lo volveré a recordar más veces y, si momentos antes de morir estoy consciente, para mí será eterno. Si no tengo otro instante de esas características, será el momento culminante de mi vida.
“Amén”.
He de reconocer que el susodicho comunicante es tan zumbón como yo, porque me ha sabido plagiar con originalidad. Ha usado mi habitual aquiescencia como su firma. Olé.
Ángel Sáez García