EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (XXXVIII)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Gracias por leer mi relato y por la crítica que has hecho del tal. Me has cogido o pillado con las manos en la masa, sensu stricto, con los dedos de las mismas bailando sobre el teclado del ordenador, intentando adquirir los billetes de ferrocarril de mis próximas vacaciones estivales por internet y, no te miento, casi me he vuelto tarumba, si es que no lo estaba ya. Creo que he dado de lleno en el blanco o centro de la diana al decidir que compraré los susodichos, como he hecho otras muchas veces, en la ventanilla de Renfe, aunque me cuesten más caros. Porque, de veras, ya creía que había coronado la compra cuando me han aparecido… nuevos bretes u obstáculos…, resumiendo, se han abierto más páginas…, y estas (eso he inferido, al menos) han salido por peteneras.
Grosso modo, el léxico del relato tiene que ver con el ámbito, entorno o lugar donde suceden los hechos.
De alguna manera, mi pretensión no era otra que esta, conseguir el envés verosímil de una moneda o narración previa, de la que otrora te envié el haz, en la que aparecían los mismos dueño y can.
Ciertamente, la ceña o el guiño a la “abuela” (patrona de Algaso) y a mi hermana, musa literaria y sobrinas es más que evidente. No advierto la comparación que estableces con las hijas de la lorquiana Bernanda Alba, pero eso viene siendo lo normal, porque, como ni a ti ni a mí nos resulta ya extraño, no veo en mi relato lo que has visto tú en él. No quiero decir que tu parecer esté motivado por o sea consecuencia de una serie de prejuicios, no, sino que miramos el objeto (el cuento, mutatis mutandis, la manzana de Ortega Gasset) desde distintos puntos de vista o perspectivas, o a través de lentes con cristales de colores distintos.
Tal vez, en estos tiempos que corren, en los que el pesimismo todo lo abarca o rodea, un cuento con el asunto que destila o exuda este no sea el más adecuado o conveniente, pero como ayer estuve viendo unas imágenes de “Ajax”, el can de la Guardia Civil que acaba de ser condecorado con una medalla de oro, el hecho señalado me ha impelido a enviártelo. Mi narración versa sobre otro arquetipo, dechado o ejemplo de perro fiel, leal, hasta la misma muerte. Si Amadeo, siguiendo la recomendación que le hizo el pastor Íñigo (nombre de mi sobrino más pequeño, otra ceña o guiño), otrora halló y salvó a Mozart, su perro, de una muerte segura, ahora es su mascota la que encuentra la tumba de Amadeo y rescata a su amo, de alguna manera, de la muerte o del olvido, metamorfoseándolo en inmortal.
Vuelvo a comprobar una vez más (y van —ya he perdido la cuenta—… ni se sabe) que yo escribo lo que tengo a bien; y a colegir que haría mal, que cometería una clara injusticia, un craso error, si impidiera que otros (en este caso, tú) hicieran lo propio. Yo urdo las historias de mis cuentos a mi modo o manera y tú los criticas a la tuya. Ergo, me parecen bien o válidas las dos formas de trenzar. A pesar de las notorias y numerosas discrepancias que hay o cabe hallar entre nosotros, deseo iterarte (si es posible, que así lo parece, sí, con arte) aquí mi más sentido y sincero agradecimiento por la lectura que has hecho de mi relato y los párrafos que has urdido en torno a lo que te ha parecido el mismo.
Ojalá sea como aduces. Pero ya sabes que, una vez que el autor da la orden de que se publique, su texto ya no le pertenece íntegramente a él, sino también a quienes lo enriquecen con sus complementarias lecturas, las/os lectoras/es y relectoras/es del mismo.
Espero y deseo que el brazo de tu doña, M., vaya cada día mejor.
Huelga decir que te saluda, aprecia y abraza el de siempre,
Ángel Sáez García
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