El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (CLXXII)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CLXXII)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

Fui a Araca, Vitoria, a cumplir con la patria, o sea, a hacer el servicio militar obligatorio, la mili, que tan poco molaba entonces a quienes la estaban haciendo o la tenían que hacer (escuché antes, durante y después de volver a casa distintas opiniones complementarias sobre la misma). Marché un jueves. Me subí al tren en la estación de Tudela y me bajé en la de Vitoria. Me pelaron, me tomaron el nombre para manejar los ordenadores y para estar en el botiquín (había estudiado primer curso de Medicina). Aduje que tenía problemas (cólicos nefríticos con alguna frecuencia, con o sin sus correspondientes hematurias) en el riñón izquierdo. El lunes me asignaron asiento en el autobús que fue a Burgos. Allí me hicieron una radiografía y se comprobó que había un cálculo (cuando, al poco tiempo, fui operado en el HRS, se confirmó que era de oxalato cálcico) alojado en la pirámide renal izquierda. Un coronel médico me entregó un sobre cerrado y soltó que estaba exento. El martes, al anochecer, ya estaba de regreso en casa. Resumiendo, pasé en Araca unas vacaciones cortas: seis días y cinco noches. Empero, hice un servicio: plantón de retretes (de los de taza chata: me dio tiempo a reflexionar si los mandos pensaban que alguien se los pudiera llevar), mientras los demás reclutas comían.

No te falta razón en los casos que arguyes. Pero tampoco huelgan quienes dicen que “detrás de un gran hombre suele haber (uno alcanza a ver a) una gran mujer; y detrás de esta, su esposa”. Y no falta quien concluye el razonamiento, que no miento, de esta guisa: “y detrás de una gran mujer hay un gran hombre; y detrás de ambos, un divorcio”. Me quedo con esta opción, que contribuí a completar: “Detrás de un gran hombre suele haber una gran mujer, pero detrás de una gran mujer suele haber una gruesa, doce docenas de grandes hombres, pugnando por perder cuanto antes sus supuestas grandezas”.

Ciertamente, ante un paisaje femenino tan bello como el que acabas de pintar y eternizar sobre el lienzo, donde, por cierto, no ha sido rasurado el vello o pendejo, que no dejo de mirar y admirar, su monte de Venus, solo cabe caer rendidos a los pies de la diosa, que, para otros muchos, seguramente, será odiosa, y rogarle que nos conceda el plácet de poder besarlos y de seguir ascendiendo y repartiendo ósculos por su piel hasta conseguir acceder a su joyero, lo más íntimo, y comprobar que el mito no es ningún timo y, tras frecuentar o rozar (el roce hace el cariño) de continuo sus entrañas, perder, como aducía al final del párrafo anterior, nuestras presuntas grandezas: simiente y tiesura.

Te saluda, aprecia, agradece (que tus palabras me hayan llevado a disfrutar el buen rato que he pasado mientras urdía los párrafos que contiene el escolio con el que trato de dar respuesta a tu comentario) y abraza

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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