EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CLXXVII)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
No te falta razón en las críticas que viertes en tu comentario a los diversos miembros o representantes del clero que mencionas, pero te recuerdo que hoy ha dado inicio la Cuaresma, tiempo en el que acaso nos convenga cambiar nuestro corazón por otro capaz de amar sin límites, morir en nuestro egoísmo para poder renacer a una vida nueva, mejor. Esta mañana me he despertado escuchando (no sabría decir a ciencia cierta quién me hablaba) esto: “Si hoy dices o escribes algo, que sea bueno, constructivo y oportuno. Así hará bien al que lo lea o escuche. No recibas ni lleves contigo una pizca de amargura, ni de enfado y menos aún de ira”. Procuraré que así sea, amén.
Parece que has leído “Las sandalias del pescador”, la novela de Morris Langlo West, publicada en 1963, o has visto la película del mismo título dirigida por Michael Anderson y estrenada un lustro después, en 1968. Lo digo porque, mutatis mutandis, cambiando lo que deba ser cambiado, eres partidario de llevar a cabo lo que el cardenal Kiril Lakota, tras ser coronado papa con el nombre de Cirilo I, y, en un gesto de humildad, quitarse la tiara, proclama qué tiene pensado hacer, enajenar todos los bienes materiales de la Iglesia católica para acabar con el hambre en el mundo.
¿Tú crees, de verdad (de la buena), que si hoy, Miércoles de Ceniza (“Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris” —“Recuerda, hombre, que polvo eres y en polvo te convertirás”—), aconteciera la parusía, quiero decir, tuviera lugar la segunda, gloriosa y definitiva venida de Cristo al mundo, y Dios Hijo lo hiciera portando una fusta o látigo en la diestra, tú y yo, verbigracia, no nos llevaríamos con razón algún fustazo o latigazo?
Ignoro si en lo que dices del líder de Podemos hay o no ironía. No me consta, sinceramente, que el nuevo “Saulo (Pablo Iglesias)”, como tú lo llamas, se haya caído de un caballo yendo a Irán o viniendo de Venezuela. Tampoco, para finar, que haya decidido no ir a Nueva York y entregar el dinero que iba a gastar en dicho viaje a una oenegé, por ejemplo, que sería uno estupendo, magnífico, sin duda.
La razón por la que escribí que quien había marrado no debía avergonzarse o sonrojarse la hallarás en un pensamiento que acarreo o viaja conmigo desde que brotó en mí o lo ideé. Hace mucho tiempo (no sabría decir con toda seguridad cuántos años han pasado desde que lo dije o escribí por vez primera), con estas mismas o parecidas palabras, aduje que defendería el derecho que todo “quisque” (entrecomillo el término porque acabo de verificar que el DRAE aún no ha admitido la voz) tiene a equivocarse siempre que cumpliera este requisito imprescindible, que antes se hubiera impuesto la obligación de acertar.
He probado a ver si el buscador por antonomasia o excelencia, Google, podía sacarme del aprieto o brete y he comprobado que el intento no ha sido (en) vano. El jueves, 20 de abril de 2006, no solo aquí, en la bitácora que gestiona servidor, sino en Voto en blanco, apareció publicado un texto que titulé “Derecho a marrar, sí; siempre que obligación de atinar, también”. En el tercer párrafo de dicho artículo de opinión se pueden leer las palabras que siguen: “Al menos en otro sitio o texto (ignoro si publicado o inédito), con voces, sintagmas y proposiciones más o menos parecidas a las que he utilizado y usaré aquí, he hilado, trenzado y urdido que siempre estaré dispuesto a brindar mi apoyo íntegro, sin fisuras, a quienes reivindiquen su derecho a equivocarse, con tal de que cumplan, eso sí, a rajatabla, (con) esta señera e inexcusable conditio sine qua non, que se hayan impuesto previamente la serena, seria y severa obligación de acertar. Porque no sé si son o no forman legión, pero conozco a varios que se proponen, empeñan y consiguen errar a sabiendas”.
Tienes razón en las censuras que haces y en que, a pesar de los ímprobos esfuerzos que hagamos por no errar, seguiremos coleccionando yerros hasta la laude (la lápida donde nos loarán).
Te saluda, aprecia, agradece y abraza
Ángel Sáez García
[email protected]