El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Doble y cruel ironía del destino

DOBLE Y CRUEL IRONÍA DEL DESTINO

Ignoro si al atento y desocupado lector (ella o él) de estos renglones torcidos le está pasando lo que, de un tiempo a esta parte, me viene sucediendo a mí, que, aunque me he puesto en numerosas ocasiones a la tarea, nunca he logrado acabar de leer el Apocalipsis, de Juan. Además, tengo la impresión refractaria de que, cada día que pasa, desde que tuve noticia de que el coronavirus había mutado, me despierto con la acongojante sensación, que no logro cepillarme ni sacudirme en toda la jornada, de que otra pésima nueva está al caer, o sea, que me levanto de la cama un poco más apocalíptico.

Tras descartar las lágrimas (aunque, ¡cuántas veces no hemos llorado de la risa!), que dejo para los dramones que, de cuando en vez, veo en soledad en la tele, en la intimidad de mi salón de estar (donde se está bien, pero no hay bienestar que pueda compararse a estar con Iris, que es el modo óptimo de estar sobre la faz de la Tierra), para poder llorar a moco tendido, sin sufrir la incomodidad de tener espectadores/testigos, que tanto coartan nuestro libre proceder, llegándolo a mediatizar, entiendo que algunos de mis congéneres hagan tres cuartos de lo propio que suele hacer servidor, reírse a mandíbula batiente de su miedo (más o menos cerval), contribuyendo a crear entre todos, la broma infinita, asunto sobre el que escribió una novela satírica (y así la tituló, precisamente, “La broma infinita”, 1996, por su inusual extensión, más de mil páginas), su magnum opus, obra maestra, David Foster Wallace.

¿Cómo lo haré, qué tecla pulsaré/tocaré, qué varilla escogeré del estético abanico abierto? Reconozco que me dan ganas de homenajear a un genio, Ramón Valle Peña, quien, por boca de don Estrafalario, en “Los cuernos de don Friolera” (1921), adujo esto: “Mi estética es una superación del dolor y de la risa, como deben ser las conversaciones de los muertos al contarse historias de los vivos” (siempre que exista, claro está, la vida de ultratumba, esto es, la escatología, vocablo que, por cierto, también denota otra acepción, qué ironía, consúltese el Diccionario de la Lengua Española, pues es sinónimo de coprología, el estudio de todo lo concerniente a los excrementos). O sea, el esperpento, que contiene y fue epítome y faro, foco o sol de elementos procedentes y precedentes de todas las corrientes dramáticas habidas y por haber en el siglo XX, incluido, por supuesto, el teatro del absurdo.

Hoy uno puede darse de bruces, porque abunda por doquier, con un alter ego de Serafín (con cara de ángel) El Bonito, pues sostiene, como él, que: “El Señor Ministro no es un golfo”, que merece la pintiparada réplica de un sosia/s de Max Estrella, aunque este sea, además de literato diletante, invidente trabajador de la ONCE: “Usted desconoce la Historia Moderna”, frases imperecederas, inmarchitables, que, como es de conocimiento y dominio público (que nada tienen que ver con el coño, no miento, ni con un dominó púbico), cabe leer y releer en la escena V de “Luces de Bohemia” (1920), de Valle-Inclán.

Ahora, que estoy feliz, inmensa e intensamente enamorado, hasta las trancas o los tuétanos, de mi amada musa tinerfeña, Iris, confío, deseo y espero que, en el supuesto de que el azar me sea propicio y acierte de lleno la combinación ganadora de Euromillones (o, en su defecto, del Eurojackpot), no halle (porque no haya) a mi lado un espécimen como don Latino, qué mala sombra (vale unir las dos voces en una sola), qué cínico, quien, además de sisarme/timarme, me deje morir sin asistirme y me birle la cartera, donde guardo, como oro en paño, mi doble tesoro, una foto, de cuerpo entero, de la razón de mi dicha, mi suma musa, y el resguardo cienmillonario de la atinada apuesta que hice, aunque no tuve que empeñar mi capa (ni de tela ni de dídimos) para poder pagarla, ni quien me atendió con cariño y diligencia en tan venturoso despacho, tras el cristal protector, y la validó fue un/a pisabién de un/a Lagarto/a.

Ojalá no se me lleven los demonios al erebo eterno; cosa que ocurrirá si, además, el ladrón/felón se aprovecha de mis obras inéditas, al airear, a voz en cuello, el falso benefactor la carga que se ha autoimpuesto y echado sobre sus espaldas así: “¡Yo he tomado sobre mis hombros publicar sus escritos!”. Eso sí que sería, Dios me libre, doble y cruel ironía del destino.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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