El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Puedes emborracharte con un puro

PUEDES EMBORRACHARTE CON UN PURO

Vaya por delante (lo admito con ambages; reconozco que una de mis digresiones va a ser larga y, por ende, diuturna) que hasta hace casi veinte años (concretamente, unos días antes del 10 de septiembre de 2001; recuerdo bien la fecha por dos motivos, porque ese día ocurrió un hecho crucial en mi vida, y dicho suceso acaeció la víspera de un hito histórico, el ataque terrorista contra las Torres Gemelas de Nueva York; insisto e itero, rememoro, con absoluta fidelidad, la data, porque ese lunes me intervino el doctor Iñaki Alberdi, ayudado por otros miembros del equipo de cirugía, ¡gracias a todos!, ¡muchas gracias!, en un quirófano del Hospital “Reina Sofía” de Tudela; me extirpó, por culpa de dos cánceres incipientes que me habían diagnosticado, cuarenta y nueve centímetros de colon; finalizada la operación, me trasladaron a la UCI, una sala del cielo dentro del planeta Tierra, donde cuidaron de mí cuatro o cinco ángeles custodios, a los que, como a cuantos cortaron carne y la cosieron, les estaré, mientras viva, eviternamente agradecido; permanecí allí veintitantas horas; minutos antes de las seis de la tarde, como mi evolución era favorable, satisfactoria, el responsable de la Unidad decidió que podía subir a la habitación asignada de la planta correspondiente; en el trayecto, un laberinto de pasillos, y hasta dentro del ascensor que tomamos, el camero, que no camillero, es decir, el celador que conducía mi cama, me iba contando lo que había pasado horas antes en Nueva York; ahíto de que persistiera en su actitud reprochable de seguir tomándome, eso colegí, el pelo, le dije que, aunque acababa de salir de la UCI, controlaba un montón, y no me creía nada de lo que me refería, pues lo consideraba, de todo punto, imposible; como se narra en la Biblia, siendo más concreto, en el Nuevo Testamento, yo fui y ejercí de otro santo Tomás, porque, hasta que no vi las imágenes en la tele de la habitación, no me lo creí) fui un fumador empedernido. Menos mal que no me fumé (que no me tragué el humo de) todos los cigarrillos que encendí (muchos se consumieron en el cenicero, sobre todo, cuando me dio por aprender a ser escritor, cuando empecé a emborronar folios a trochemoche, que, tras leerlos, al dejarme o quedar descontento, solía tirar, indefectiblemente, a la papelera).

Hoy, amable, atento y desocupado lector (seas o te sientas ella o él), para probar la tesis que obra en el rótulo que encabeza estas líneas, necesito referirte una mala experiencia de mi difunto (le acaeció mientras aún vivía, claro) hermano mayor, José Javier. Un domingo de Pascua o Resurrección, después de asistir a la “Bajada del Ángel” en la abarrotada Plaza de los Fueros o Nueva, nos fuimos la cuadrilla a almorzar y comer un “calderete”, como es tradición hacerlo ese día en la capital de la Ribera de Navarra, al campo, a la Mejana.

Después de comer, al poco rato de haber encendido un puro, un farias, Javi empezó a fungir (al principio, yo pensé que fingía, porque no habíamos pimplado tanto como para la ebriedad que aparentaba) de borracho. Al final, me tuve que creer, a pies juntillas, que lo estaba, como una cuba. De vuelta a casa, desnudo, dentro de la bañera, mientras le ayudaba en el aseo, seguía beodo (a él no le pasó lo que a otros, en idéntico estado, que acostumbran a ver doble, no), sin dejar de airear la misma cantilena o cantinela, que quería ir al Aladino o a Cocorico, la discoteca de moda entonces, otrora. Cuando llegaron mis padres a casa, estando ya Javi en la cama, durmiendo la mona, mi padre, para confirmar o ratificar que lo que me había parecido improbable podía ser posible, me narró, grosso modo, lo que el día que bajó de Cornago a Cabretón para pedir a mis abuelos, Leocadio y María de la Cruz, la mano (y el resto de la anatomía, por supuesto) de su benjamina, mi madre, Iluminada, a él, mientras jugaba una partida de mus por parejas en la cantina, después de encender un puro, le ocurrió: tres cuartos de lo propio. ¡Qué bochorno! ¡Qué pésima carta de presentación! Bueno, pues, lo que empezó de pena acabó en un matrimonio modélico.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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