El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Me siento en mi despacho con ventaja

ME SIENTO EN MI DESPACHO CON VENTAJA

(COMO SI DIOS, MEDIANTE TAL PUNZADA,

ME HUBIERA REVELADO ESA CERTEZA)

Hoy, martes, catorce de septiembre de 2021, siempre que se cumpla a rajatabla esta conditio sine qua non, este requisito imprescindible, que el atento y desocupado lector (ella o él) de estos renglones torcidos y servidor lleguemos a un acuerdo sin fisuras (grietas o rendijas por las que pueda colarse de rondón la duda más flaca), pleno, que no advierta en la confidencia que me dispongo a hacerle un ápice o pizca de presunción, esto es, que, sea lo que sea que aquí cuente, no me mueve la vanidad ni es mi intención darme pisto, postín o tono, me gustaría sobremanera reconocer lo obvio, que soy un privilegiado, porque, en mi caso, al menos, solo puedo urdir esto, que, desde que Iris (Amanda) es mi musa literaria, nunca ha estado de uñas conmigo; es más, siempre ha acudido solícita a echarme una mano, a inspirarme, nada más haberme brotado la idea sobre la que había decidido trenzar lo que fuera, ora un texto en prosa, ora otro en verso, un relato, un artículo de opinión o de crítica literaria, una décima, un soneto,…

Así como Antonia, la prima hermana de Luis Landero (de esa guisa, hilarante, entre burlas y veras, lo narra el propio autor e interesado en el capítulo 8, que él rotuló así, Hombres y mujeres, en concreto, en las páginas 130 y 131 y siguientes de su estupenda y última obra que, por el momento, ha dado a la imprenta, “El huerto de Emerson”), no se cansa de airear, incluso a su provecta edad, casi centenaria, sin una migaja de mal propósito, por supuesto, que él, su deudo, no ha escrito los libros que llevan su nombre y primer apellido en las portadas, arguyendo que acaso, como mucho, los haya podido inventar y disponer mentalmente, pero que quien ha tomado la ardua tarea de componerlos ha sido su esposa (de Luis Landero, debe sobreentenderse, claro) y él se ha limitado a firmarlos y a llevarse los cuartos (que comparte, qué menos, con su cónyuge) y los laureles o el prestigio (que se queda para sí, en exclusividad), intuyo que a mí me honrará confesarle al lector la verdad (que no es pura ni dura, sino, como argumenta y ahora me sugiere con sutileza mi estro, Iris/Amanda, blanda), que a mí me ayuda a escribir todo lo que luego rubrico (a unas/os les parecerá mucho, a otras/os poco; lo usual) mi difunto hermano José Javier (en sentido estricto, su espíritu, que, barrunto o sospecho, seguirá vivo mientras yo viva). Aunque haya quien, ahíta/o de objeciones, no me crea, me agrada expresarlo de este modo: dispongo de dos cerebros (el de mi mecenas no es físico, está claro, pero labora tanto y tan bien como el mío). O sea, que me siento (primera persona del singular del presente de indicativo del verbo “sentar” y, asimismo, del “sentir”) en (la silla de) mi escritorio con ventaja, dopado (cabe urdir, pero no drogado), con una musa que jamás (de los jamases) me ha dejado tirado, en la estacada, y con doble caletre o pesquis, que favorecen que salga airoso de cuantos escollos o remolinos, monstruos o peligros, se me presentan, o sortee los Escilas y Caribdis con los que me topo, mientras duran la singladura de mi navegación diaria y la urdidura o “urdiblanda” de mis textos.

Referiré, para concluir, una primicia. El día de Navidad (qué paradoja, o qué ironía del sino, sí/no; táchese lo que no proceda) de 1978, estando ya encamado, después de haber sido valorado médicamente —las vértebras once y doce dorsales se me habían desplazado por el impacto sufrido, por el choque del coche—, e ingresado, tras la desgracia, en una habitación del antiguo hospital tudelano “Nuestra Señora de Gracia”, llegó el bulo, la buena nueva, de que mi hermano, Javi, había aparecido vivo, pero, tras padecer un dolor agudo en el vientre, que tomé por epifanía, como si Dios, mediante tal punzada, me hubiera revelado la verdad, colegí o deduje que él había muerto y así lo manifesté, sin que una noticia posterior me desmintiera. Tengo para mí, sin poderlo demostrar o probar documental y fehacientemente, que mi hermano tuvo el gesto generoso, habitual en él, altruista, de intercambiar su vida por mi muerte; y quizá, por eso, después de haber perdido yo el conocimiento, esa fue la razón por la que lo recobré.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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