El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¡Qué importante es hallar un sustituto!

¡QUÉ IMPORTANTE ES HALLAR UN SUSTITUTO!

Desconozco qué costumbres o hábitos tienen otros letraheridos (a mí me gusta llamarlos “verbadebelados”, rendidos por las palabras), ellas y ellos, otros adictos o aficionados a trenzar urdiduras o “urdiblandas”. Yo, verbigracia, no tengo a la vera derecha de mi cama la proverbial mesilla de noche, no, sino una sencilla banqueta, donde deposito, antes de acostarme, los dos teléfonos móviles (sin acceso a Internet; uno de ellos, el más nuevo, hace las veces del antiguo teléfono de casa —si marcas la serie numérica adecuada, comprobarás que lo descuelgo—, y lo uso mucho más que el otro, pues con él suelo hacer todas las llamadas, sean a números de fijos o móviles), un BIC azul y una agenda (poco importa que sea del año 2019; créame, que no le miento; en esto no; se lo aseguro), donde anoto ideas brillantes (en principio, ya que uno, en este caso, servidor, comienza a poner en duda que lo sean, de verdad, en el mismo momento en el que empiezo a vestirlas con palabras, a llenarlas de contenido).

Esta madrugada, por ejemplo, cuando me he despertado, a las cuatro y media de la mañana, antes de ir al baño, he apuntado en ella (sin disparar) esta genialidad en potencia (ya veremos luego qué depara en acto): “¡Qué importante es tener a mano un suplente!”. Por la tarde, cuando me he levantado de la siesta, he intentado recordar qué la motivó. Y fue este sueño. Iris, mi amada musa chicharrera, a quien he rebautizado con el alias, que le cuadra, de Amanda, había quedado con su abuela, la había recogido en el portal del edificio donde vive la última y juntas han acudido en el coche de mi musa al Aeropuerto tinerfeño de “Los Rodeos”, en el norte de la isla, para esperar mi llegada (en puridad, que el vuelo, en el que el abajo firmante viajaba desde Pamplona, aterrizara) y darme, como me han dado, una gratísima sorpresa, la mejor bienvenida.

Tras hacer las oportunas presentaciones (de ese menester se ha ocupado Iris) y darnos los abrazos y besos (esta vez, contenidos), de rigor, aunque les he propuesto tomar lo que quisieran o les apeteciera en el bar, ellas han declinado la invitación, pues han aducido que acaso la aceptaran más tarde u otro día y hemos ido directamente al aparcamiento (voz con la que no miento, aunque acabe en “miento”). Nos hemos montado en el coche y yo he logrado convencer a la abuela de que ocupara el asiento del copiloto y me dejara sentarme en el más seguro, el de detrás de la conductora, Iris. Mientras Amanda, ¡qué responsable!, ponía sus cinco sentidos en favorecer nuestra integridad (iba pendiente del correcto funcionamiento del automóvil y de cuanto acaecía en la carretera), la abuela ha aprovechado la ocasión, pintiparada, para hacerme un tercer grado en toda la regla.

Tras las dos primeras preguntas, insulsas, ha salido proferida por su mui y labios la crucial, más enjundiosa para ella e imperativa: “Explícame lo de la bolsa”. ¿Qué bolsa?, he replicado o repuesto, extrañado. ¡Ah, he colegido casi al vuelo, sí, la de la ileostomía! Y he contado lo que he narrado un número indeterminado de veces, que llevo dos décadas con ella y me he acostumbrado a su roce y trato. Con 39 años, después de que operaran a mi progenitor, en marzo de 2001, de cáncer de colon, en la primera colonoscopia que me hicieron en agosto de dicho año en el Hospital Clínico Universitario “Lozano Blesa”, de Zaragoza, me hallaron uno (que, profundizando en el estudio, resultó o vino emparejado de otro, uno en el colon y otro en el recto). Me intervino en el Hospital “Reina Sofía”, de Tudela, el mismo cirujano que había operado a mi padre y nos había aconsejado a los hijos que nos hiciéramos una colonoscopia, por si acaso (se trataba de una poliposis familiar, que, ¡menos mal!, resultó que no), cuando nos dio la triste nueva de que nuestro progenitor viviría año y medio, justos, los dieciocho meses cabales que vivió. Me extirpó medio metro de colon (en realidad, 49 centímetros). Hasta que no vi las imágenes, con mis propios ojos en la tele de la habitación, no me creí (fui otro santo Tomás) lo que me iba contando (para mí era una patraña que se hubieran estrellado dos aviones contra las Torres Gemelas de Nueva York) el celador que conducía mi cama, tras cambiarme o pasarme de la que había ocupado durante un día en la UCI a la de la planta, el 11 de septiembre de 2001, sí. Como en las colonoscopías que me hicieron, a los tres y a los seis meses, me hallaron varios pólipos, susceptibles de “cancerizar” (ese es el verbo que usaron los galenos entonces, no cancerar, que sí tiene entrada en el DLE), me recomendó el doctor Iñaki Alberdi, que me intervino y era el especialista que seguía pendiente de mi caso, que fuera a Pamplona, que había allí, en el Hospital “Virgen del Camino”, un servicio de coloproctología, que dirigía, a la sazón, el doctor Héctor Ortiz Hurtado, a quien, a partir de las iniciales de su nombre y apellidos, HOH, H2O, rebauticé con el apodo de “el doctor Agua”, elemento imprescindible para la vida (yo estoy vivo por él; así que a él y a su equipo; y, asimismo, a Alberdi y al suyo, ¡infinitas gracias y eviternas!), que me aconsejó que firmara el documento en el que daba mi consentimiento para que él me practicara una colectomía total y me hiciera con parte del intestino delgado, el íleon, una bolsa interna (que, tras producirse una dehiscencia, rotura o separación de tejidos cosidos, resultó inviable) y sigo portando la bolsa externa.

He pensado que el extenso relato que le hacía podía afectarle negativamente, pudiendo llegar a cambiarle el color de la cara, pero he debido explicarme tan bien que no; y he seguido… hasta que, antes de llegar al destino, mi hotel, si no recuerdo mal el sueño, he referido que me cambio a diario de bolsa y dos veces a la semana (si no ocurre algún percance antes, claro) de placa (que va adherida a la pared abdominal). Lo llevo bien, sin agobios ni problemas. La bolsa de la ileostomía, mutatis mutandis, o sea, mudando lo que debe ser mudado, es esa hilera mayor o menor de dientes que perdimos otrora y ahora suplen su falta la dentadura postiza que llevamos. Lo mismo cabe aducir de otras prótesis que portan otras personas, de los diversos órganos trasplantados,…

Confío, deseo y espero haber explicado al atento y desocupado lector, ella o él, de estos renglones torcidos la razón de peso por la que esta madrugada, tras despertarme, he apuntado (sin disparar) la frase de marras en mi agenda: “¡Qué importante es tener a mano un suplente!”. Porque, si no lo hay disponible en el lugar preciso y a la hora requerida, en el “cronotopo” oportuno, nuestra vida puede correr serio peligro.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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