¿LA REALIDAD ES ROCAMBOLESCA?
ESTÁ CLARO QUE, A VECES, LA TAL LO ES
El término español “rocambolesca/o” procede de Rocambole, personaje literario de una serie folletinesca de novelas escritas por un vizconde (con uve, sí, o sea, el vocablo no es el resultado de la fusión de dos palabras, bizco y conde, como pudiera parecer al principio, aunque el vizconde fuera bizco, que no consta), Pierre Alexis Ponson du Terrail. A dicho protagonista le acaecen, en esas obras, un montón de sucesos extraordinarios, increíbles; y eso, precisamente, ha venido a significar en castellano dicha voz: inaudito, insólito, inverosímil.
Hace días (puede que semanas y hasta meses; no concreto cuál para que pase el tiempo y nadie pueda identificarlo ni tampoco el despacho de loterías y apuestas del Estado donde me ocurrió el hecho; en este punto sigo el modelo propuesto por el maestro Miguel de Cervantes —sí, ya que, aun muerto, sigue impartiendo lecciones—, que no quiso dar cuenta del nombre del lugar de La Mancha del que Alonso Quijano, el Bueno, el célebre y famoso Don Quijote, era vecino, para que todos los pueblos y aldeas de dicha región o territorio pudieran adjudicarse la procedencia de tan digno ejemplo e insigne espejo de caballeros andantes) fui a sellar (me corrijo al instante, porque, en realidad, ahora, en los tiempos que corren, no se sella nada; así que me desdigo o enmiendo y asevero que fui a comprobar si los premios obtenidos se correspondían con los previstos y esperados, y a repetir las apuestas de los resguardos no premiados, o sí, depende, según el criterio, fijo o variable, del abajo firmante) al sitio de costumbre. Aunque la persona que amablemente me atendió me entregó, al final del proceso, el resguardo con todas las operaciones hechas, el comprobante, no quedé conforme, pues los cálculos que había llevado a cabo con antelación discrepaban abiertamente de dicho resultado. Como le mandé que me repitiera el grueso de las apuestas, en casa volví a cerciorarme y comprobar que algo había pasado y fallado en el trámite con el resguardo de uno de los boletos, porque, según la combinación numérica ganadora del jueves de dicha semana, el tal tenía un premio y el visor o escáner de la máquina, por la razón que fuera, no lo identificó.
Como no era un premio de un euro, sino de ocho, por la tarde me desplacé al despacho (no he dicho cuál de los de Algaso para que el secreto permanezca o siga sin ser desvelado) y le comenté a la otra persona que también me suele atender tras el mismo mostrador lo susodicho. Como no habían vaciado aún la papelera, a cuatro manos, estuvimos buscando el resguardo de las dos apuestas dentro de ella, hasta que, por fin, el mentado apareció. Tras desarrugarlo y plancharlo con las manos, lo pasó la persona que me había atendido por la mañana, sobre la una del mediodía, por el visor de la máquina y no hubo sorpresa, pues esta le otorgó lo esperado, el premio de ocho euros. Sacó la citada cantidad dineraria de la caja para entregármela, pero le dije que no, que me hiciera una combinación para la primitiva del jueves y del sábado. Me preguntó si con joker o sin él; y, como yo nunca había jugado al tal, me animé y le pedí una combinación de tres apuestas con joker para ambos días o sorteos. Se disculpó; y le dije que, como no hay mal que por bien no venga, ya tenía materia para poder trenzar un nuevo artículo literario.
Aquí y ahora retomo el adjetivo calificativo del título. Puede creerme, atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, de estos renglones torcidos. En el sorteo del jueves, el azaroso número del joker me reportó un premio de diez mil euros (la suerte del novato, pipiolo o principiante, me dije) y, en el sorteo del sábado, pásmese, porque acaeció lo rocambolesco, sí, pues obtuve en una de las tres apuestas o combinaciones propuestas por la máquina, al albur, un premio de segunda categoría, seis aciertos en la combinación ganadora sin el reintegro, por lo que tuve que abrir una cuenta en el banco donde deposité el resguardo, y me ingresaron en la misma los diez mil euros, limpios de polvo y paja, del jueves y un millón doscientos mil euros correspondientes al sorteo del sábado, tras detraerme más de trescientos mil, según la ley vigente, correspondientes al 20%, que se quedó Hacienda, el Estado.
La única pega y/o pena de todo lo narrado aquí es que los tres primeros párrafos que contiene el presente texto fueron (salvo la mención del irreal o ficticio Algaso, que aparece tantas veces en mis textos, mi Macondo) cabales, ciertos, constatables, reales, verídicos, ciento por ciento, pero no así el cuarto, que antecede a este, el quinto y último, pues lo ideé feliz, mientras dormía, descansando en los brazos de Morfeo. Fastidia despertar sobremanera, cuando la dicha de un sueño es el fruto.
Ángel Sáez García