El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¿Te consta que ese documento es falso?

¿TE CONSTA QUE ESE DOCUMENTO ES FALSO?

   Me consta que es mentira, una patraña, aunque contenga datos que son ciertos (se esconden, como agazapados gatos, en medio del follaje de la fábula).

   En las escuelas y los institutos de Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO) de este país, España, y de otros, seguramente, hay maestros y profesores (ellas y ellos) a los que les resulta más fácil que a otros explicar a sus diferentes discentes (hembras y varones, adultos o niños) algunas lecciones o conceptos, que son el oro o el oropel (según sea el criterio o la perspectiva de cada quien) del plan de estudios, verbigracia, el paso de una sociedad donde brillaba o imperaba la oralidad a otra donde, además de seguir estando vigente la susodicha, reinaba la escritura.

   Según el documento que obra en mis manos, una docente (mantengo su nombre y apellidos en el anonimato, porque no es ni mi deseo ni mi propósito molestarla, el “alterum non laedere”, uno de los tres pilares o principios del edificio del derecho de Ulpiano) decente logró alumbrar y/o hacer evidente a los veintidós alumnos de su clase el tránsito arriba mentado, haciéndoles ver, previamente, que, si el mundo es el cosmos, el hombre puede ser considerado un microcosmos. Para demostrar que eso era así, para probar que eso podía llegar a ser, como devino, público y notorio, les leyó, cuando apenas quedaban un par de minutos de la clase del lunes para que sonara el timbre, un cuento breve de Jorge Luis Borges, el que seleccionó, como inmejorable remate, para coronar esa estupenda rareza literaria que es su obra miscelánea “El hacedor” (1960):

   “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.

   Al día siguiente, martes, como arranque de la clase, les volvió a leer los pocos, pero escogidos, renglones del cuento borgeano y, al acabar dicho menester, les propuso que hicieran el esfuerzo de recordar y retrotraerse en el tiempo a cuando ellos eran unos analfabetos, o sea, cuando todavía no habían aprendido a leer y escribir. Cuando uno de sus alumnos, tras vencer el miedo a hablar en público, se decidió a referir que recordaba cómo balbuceaba uno de sus hermanos, el menor, la profesora, que había estudiado en el bachillerato griego clásico, le apuntó que los verbos “balbucear” y “balbucir” acaso tuvieran la misma etimología o raíz que la voz “bárbaro” (el que no conocía la lengua griega, el extranjero, el que hacía bla-bla-bla). Y le adujo que su hermano más pequeño balbucía o farfullaba porque aún no dominaba la lengua. Para él, las palabras existían cuando se decían o pronunciaban; las grafías de las letras también existían, pero, como él no las entendía, nada significaban para él; esto es, no eran distintivas, pertinentes ni relevantes, sino lo contrario u opuesto, insignificantes. Solo las personas que habían sido alfabetizadas conocían las reglas de la combinación de vocales y consonantes y de palabras y, por ende, la lectura y la escritura.

  Los primeros relatos de los que tuvimos conocimiento no nos llegaron por los ojos, leyéndolos nosotros mismos, sino por los oídos, escuchados. Nos los leyeron nuestros abuelos, padres o hermanos mayores, nuestros primeros maestros (ellas o ellos).

   En cada uno de nosotros, si fuimos oyentes y lectores atentos, ha acaecido lo que nos narra Borges en su relato, que, si el hombre es un microcosmos, en él cabe advertir, mutatis mutandis, qué le aconteció a la humanidad, cuando mudó de una sociedad donde triunfaba la oralidad a otra donde esta seguía en vigor, pero brillaba la esplendorosa escritura.

   Por cierto, a propósito de la escritura, he guardado para el colofón de este texto lo que sigue: el “Corán” y el “Talmud” (libros sagrados para musulmanes y judíos, respectivamente) coinciden al y en señalar que quien salva una vida salva a la humanidad, al mundo. Enseñando la misma lección, cabe preguntar/se ¿cómo es que los israelíes y los palestinos, sus dos naciones y pueblos, no han conseguido alcanzar aún una paz duradera, diuturna? Esa Tierra Santa, que comparten, ¿no parece más bien tierra que espanta?

   Ángel Sáez García

   [email protected]

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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