El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Conmemorando a Pedro José, «Pepe»,…

CONMEMORANDO A PEDRO JOSÉ, “PEPE”,

QUE, COMO SER HUMANO, FUE FALIBLE

Reconozco que, desde que traduje este latinajo de Ulpiano (“Iuris praecepta sunt haec: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere”, o sea, “Estos son los principios del derecho: vivir honestamente, no molestar al otro y dar a cada uno lo suyo”), por no haber hallado entonces argumento o razón que objetar, viajaba conmigo, junto con otros asertos en ese acervo cultural que es mi mente, como verdad radical, definitiva, apodíctica. Pero cayó en mis manos un libro fundamental del filósofo austriaco, nacionalizado británico, Karl Raimund Popper, “La lógica de la investigación científica”, con su teoría sobre el falsacionismo y/o la metodología de la falsación; y, más tarde, otro con su idea de que la verdad es siempre interina, provisional, pues dura en pie sobre el pedestal, mientras no es refutada, o sea, hasta que todo ese edificio erigido, mero castillo de naipes, se viene abajo y queda patas arriba (sensu stricto, cimientos o pilares arriba). Hoy, empero, me pregunto lo mismo que otrora, cuando advertí en la susodicha una grieta o rendija, por la que podía colarse de rondón la duda, flaca: ¿Acaso es posible no molestar, cuando lo justo es dar a cada uno lo suyo?

El sábado pasado, 21 de enero (fecha que, por cierto, ha devenido proverbial, pues los mass media se han encargado de propagar y propalar por doquier la conclusión a la que había llegado un grupo selecto de meteorólogos, que venía a sostener la tesis de que ese día concreto de ese mes es la jornada anual en la que más frío hace en España (en la villa riojana de Cornago, quienes coincidimos en la iglesia de Santa Catalina ese día, minutos antes de que dieran en el reloj las seis y media de la tarde, lo pudimos constatar), en el citado recinto religioso, remodelado (bueno, como noto que me he quedado corto, echaré mano de otro adjetivo en su grado superlativo, remozadísimo, que le cuadra mejor), coqueto, pude asistir (gracias a la generosidad de mis primos “Fina” y José, que tuvieron la delicada gentileza de recogerme y, al regreso, dejarme en la puerta del edificio de mi piso en Tudela, en el viaje en coche, de ida y vuelta, que hicieron desde la capital maña hasta la patria chica de mi piadoso padre, Eusebio) a la misa de funeral por el alma de nuestro deudo (en unos casos), amigo o mero conocido (en otros) Pedro José Sáez Alfaro, “Pepe”.

Cuando sucede una muerte violenta y el occiso es un familiar, ora cercano, ora alejado, pero querido, de veras, al deudo vivo le resulta difícil de aceptar y comprender que la policía (los agentes de este Cuerpo de Seguridad del Estado, que se dedican a investigar, a conciencia, ese asesinato u homicidio) no se decante pronto por una varilla de ese abanico que ha ido conformando con los posibles culpables del crimen. A quien escudriña o escruta puede encajarle y satisfacerle más una opción que las restantes, pero no acostumbra a descartar prematuramente las demás, salvo coartadas evidentes. Y hace bien en no dejarse llevar por sus corazonadas o intuiciones, pues, si tiene experiencias previas, sabe, de manera fehaciente, que unas veces dio de lleno en el blanco o centro de la diana y otras marró morrocotudamente.

Lo que está claro, cristalino, es que, transcurridos casi tres años del fatal desenlace, a Pedro José, cuyo asesinato se conoció el 18 de febrero de 2020 (recuerdo que fue mi primo Miguel Ángel quien me llamó por teléfono para darme la triste nueva, mientras yo disfrutaba de un desayuno continental, que, por supuesto, se me agrió, en el restaurante del hotel portuense donde estaba hospedado; había volado a la isla donde se yergue imponente y majestuoso el Teide, Tenerife, con el propósito de vivir in situ su carnaval), ya le había llegado la hora de descansar en paz. RIP.

Confío, deseo y espero que se haga justicia y el responsable de dicho delito pague por lo que hizo, sin hallar en mi ánimo un ápice o pizca de revancha.

Si la muerte de cualquiera de nuestros congéneres nos disminuye, como sostuvo con tino el poeta metafísico inglés John Donne, y yo suelo recordar y repetir con cada nuevo óbito, desde que tuve conocimiento de sus precisos versos (algunos de los cuales le sirvieron a Ernest Hemingway para rotular una de sus novelas, “Por quién doblan las campanas”), quien acaba con la vida de un semejante comete el peor de los delitos posibles, pues la vida es lo más grande, el bien más importante, preciado y valioso, pues, como adujo Bertolt Brecht, quien la quita lo quita todo, pues quien la pierde todo lo pierde.

   Nota bene

Durante la homilía, el sacerdote dijo que “Pepe”, como ser humano que fue, incurrió en errores. No tengo nada que objetar a dicha afirmación. Ahora bien, si no se molesta (que es mi deseo que no haga tal cosa, si lee estas líneas), me gustaría indicar, desde el punto de vista intelectual, algo, en lo que él, el cura, a quien tuve ocasión de saludar, al final del funeral, no estuvo acertado, al aducir cuanto a mí, al menos, me chirrió y/o no cuadró, que cada uno de nosotros tenemos nuestro destino escrito o fijado de antemano. Aunque no estudié Teología, sí cursé la carrera de Filosofía y, según mi opinión, que puede estar equivocada, por supuesto, como la de cualquier otro mortal, defender dicho parecer es, amén de contradictorio, contraproducente, pues viene a negar al sujeto la libertad de decidir o elegir entre hacer el bien o el mal. No creo, de ninguna de las maneras, que decir sí al destino prefijado sea cristiano, ni beneficioso para el género humano, de veras. Si el hombre no es libre, tampoco es responsable de sus actos, sean estos buenos o malos. Y, descendiendo por esa pendiente o tobogán, solo podemos acabar en las aguas de uno de los ríos del infierno.

Como estamos en un Estado de derecho (aunque, a veces, aparente ser de deshecho o, peor aún, de desecho), donde debe imperar la ley vigente, quien acabó con la vida de “Pepe” debe pagar por ello. Aunque el imputado aduzca que lo hizo por mandato u orden divina, sí.

A la salida de la iglesia de Santa Catalina, después de departir brevemente con el grueso de los asistentes (tuve oportunidad de saludar, antes y después del acto religioso, a mis primos Nicolás, Pili y Nuri; a Susana, viuda de “Pepe”, y sus hijos María y Pedro José júnior; a la pareja de María; a José Luis, esposa e hijos, y a Ana y esposo, sobrinos de “Pepe”; a Blasa y Jesús; a Juli, Suni y José María; a Nieves y Javier; etc.), Susana sostuvo que ella y sus hijos “habían pasado las de Caín”, locución verbal coloquial que recoge el Diccionario de la lengua española, DLE, añadiendo, a renglón seguido, lo obvio, que peor las tuvo que pasar Abel, a quien su hermano mató por envidia, si tenemos en cuenta el relato bíblico. Venía a recordar, de algún modo, cuanto le había acaecido a “Pepe”.

Como solo nuestra conciencia nos dice si hemos actuado bien o mal, confío, espero y deseo que el atento y desocupado lector (ella o él) de estos renglones torcidos coincida, al menos, conmigo en esto, en que solo Caín y el asesino (o asesinos, si hubo algún inductor) de Pepe, en el supuesto de que tuvieran remordimientos de conciencia por lo cometido, pudieron sufrir.

Olvidábaseme decir que, dado que nos solemos juntar para lo malo, acompañar y empatizar con los allegados del fallecido y rememorar al finado, algún día nos podíamos reunir para lo bueno, celebrar que no ha habido más pérdidas en la familia, que seguimos estando vivos todos los que éramos. Quedé en que le haría llegar dicho deseo a mi hermano Eusebio, que es experto en estos menesteres, en organizar encuentros familiares.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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