UN CRUCE DE CORREOS POR EL (B-G)USTO
El otro día recibí correo electrónico de Jesús Manuel (el lector habitual de las urdiduras y “urdiblandas” de Otramotro ya sabe quién es, “ese que yo sé”, mi amigo cornagués, hijo de Blasa y Jesús), a quien escribí y envié otrora más de trescientas epístolas. En él me decía esto:
“Tetas, mamas, ubres, cazoletas, operadas, sin retoque o de silicona ufanas, rasas, petulantes (o sujetas), empitonan, campanean bien lozanas. Bombonas “XL” muy coquetas, blancas como la leche, morenas o tostadas, tetillas o tetonas despechadas, amorales si su lucha nos inquieta.
“No es la primera vez que escribo sobre este tema o estas. Me viene al caletre un poema que te envié, cuyos versos (que, a pesar del tiempo, no he olvidado) decían o fluían de este modo: “Mamas que de mi mamá mamé, sin ser por ello un mamón…”.
“Saludos, Ángel.
“Jesús”.
Yo le contesté estas pocas líneas:
Dilecto Jesús Manuel:
Te animo a que sigas escribiendo sobre pechos, sujetos por sostenes o al aire, en toples. Me ha gustado mucho leer tu sintagma “amorales si su lucha nos inquieta”. A mí lo que me atrae, de veras, no es la lucha, sino la hucha que conforman la cercanía carnosa, turgente, de los cántaros de miel (que cantaban Carlos Mejía Godoy y Los de Palacagüina).
Un abrazo.
Ángel.
Él, a su vez, me ha remitido esto:
“Y a ti y a mí, que nos gusta mucho jugar con las palabras… ¿Y si en vez de amorales hubiese escrito ‘amarales’? Seguro que habrías colegido conmigo que le venía como anillo al anular esa preciada floritura, casi tan exquisita y ansiada como queso de tetilla o dulce excelso de teta de novicia.
“Saludos, Ángel.
“Hasta más leernos (que será más pronto que tarde).
“Ese que tú sabes”.
Y yo le he urdido y mandado estos renglones torcidos:
Dilecto Jesús (ese que yo sé, o sea, tú) Manuel:
Coincido con tu zumbón parecer o criterio. Los dos pechos de Amaral al aire, que cabe llamar, por ende, amarales, amarlos sería lo normal, si nosotros fuéramos normales; pero me temo que, al ser tan guasones como somos, acaso no lo seamos para los demás, y los amarales sean calificados por ellos de amorales.
Asimismo, abundarás conmigo en que, si alguno de los dos (o los dos, en momentos distintos o en la misma sesión, uno detrás de otro, o al alimón, con una o dos novicias; si fueran tres, se nos amontonaría el trabajo, nos despistaríamos y no estaríamos a lo que teníamos que estar, al constatar que nos faltaban bocas y manos para chupar pezones y acariciar senos, y cubrir ambos de besos) hubiéramos gozado la oportunidad de catar alguna vez una o dos tetas de novicia, alguien nos hubiera reprendido y reprobado, porque eso hubiera sido catalogado por él/ella (cura o monja) de vicio, de puro vicio, aunque fuera la teta o las tetas de una o dos no novicias y nosotros aún no novicios.
Confío, deseo y espero que te rías tanto como yo lo he hecho mientras redactaba estas líneas, más sabrosas (¿¡quién dijo que los pezones de novicia no son suculentos, aunque se succionen rápidamente!?) que absurdas.
Te abraza
Ángel.
Ángel Sáez García