LA MISIÓN DE LA BOINA ES DOBLE Y NOBLE
NO HAY ÓRGANO CARENTE DE FUNCIÓN
Como todo algasiano de pro sabe o a ninguno este dato se le escapa, fray Ejemplo reside en el convento que a las afueras hay de la muy noble y muy leal ciudad de Algaso, en el septentrión peninsular. Ahora bien, pocos, muy pocos, conocen (¿llegará al tres por ciento del conjunto de la ciudadanía?; acaso sea excesivo ese porcentaje, me temo), porque pocos han leído la veintena larga de libros que ha publicado; y, por ende, ignora que, entre los personajes ficticios que han salido o brotado de su magín, hay uno que se le parece un montón, como una gota de agua a otra de ese líquido elemento, o es su sosias, y varios (entre los que me sumo o cuento) consideramos, y creemos a pies juntillas, que es su fiel retrato, su alter ego, don Sensato, que, más que ateo, es agnóstico y/o escéptico.
Yo no puedo olvidar una conversación que aparece en la que tal vez sea su mejor obra, donde mezcla textos en prosa y en verso, como eso mismo hace Jorge Luis Borges, verbigracia, en “El hacedor” (1960). Y, si ese diálogo permanece todavía en mi memoria, seguramente, es por las razones que le brinda don Sensato a don Prudencio en el relato titulado “Los circunspectos”, que corona su misceláneo volumen rotulado “Las misiones” (1983).
Don Prudencio, que sabía de qué pie cojeaba don Sensato, que no necesitaba la religión para tener una actitud cívica, empática y solidaria con sus congéneres, le rogó con especial encarecimiento que le dijera, de todas las religiones que le constaban a él entonces, cuando le formuló la pregunta, ¿con cuál se quedaría él? O sea, ¿cuál escogería?, si se le permitiera elegir y él fuera proclive a la misma, que estaba constatado, diáfano, nítido, visto, que no lo era, ni la reputaba condición sine qua non o requisito imprescindible para vivir de acuerdo a unos patrones comportamentales éticos y morales, pues sostenía que todas las religiones eran, sin excepción, engañifas encerradas dentro de filfas. Don Prudencio, además, le había solicitado con vehemencia que le razonara la elección o selección que había hecho.
Como don Sensato era, amén de calvo, friolero, del abierto abanico de las religiones, él hubiera optado, a ojos cerrados, por ser judío, ya que había observado que en las sinagogas se podía entrar con la cabeza cubierta, esto es, sin la obligación de descubrirse, de quitarse el sombrero o la boina, que era la prenda que él usaba, una negra sin capar, o sea, con el rabillo intacto, que tenía su función o porqué, como el apéndice (a él, al menos, que había empezado a estudiar la carrea de Medicina, su profesor de Anatomía, el doctor José Escolar, le había enseñado que dicho órgano —pues no podía haber en el cuerpo uno solo carente de función— estimulaba la evacuación de las heces del intestino grueso; recordaba que un colega suyo le preguntó, en clase, qué ocurría cuando era eliminado, por haberse infectado; y el catedrático Escolar adujo que, previamente este había aleccionado o enseñado dicha función a las células anejas para que la susodicha la fungieran las tales, ya que el apéndice debía ser extirpado por el cirujano, a fin de que no se produjera una peritonitis), para asirla o cogerla por él.
—Así que, si no he colegido mal, usted no es católico, por ese motivo, porque en las iglesias, ermitas y catedrales se les obliga a descubrir la cabeza a los fieles —le adujo don Prudencio.
—Perdóneme la ironía, pero ¿no le parece razón bastante? —le aseveró, planteándole, a su vez, una pregunta, don Sensato. Le voy a referir otro motivo médico, don Prudencio. Hay quienes desconocen que quienes somos calvos nos enfriamos más por la cabeza que por los pies, por la sencilla razón de que estos solemos llevarlos bien abrigados y resguardados con calcetines y buenos zapatos. Y, por eso, yo llevo boina en invierno.
—Pero, usted, don Sensato, también la lleva en el verano, que lo he visto con ella puesta. ¿Por qué?
—Amén de por hábito, porque quiero evitar que me dé una insolación. Así que la misión de la boina es doble y noble, saludable.
Ángel Sáez García