BELLEZA ES SIN IGUAL LA DE LAS OBRAS
A veces (no es broma; puede que el don o talento que me dispongo a nombrar a continuación, cuando acabe de redactar este paréntesis, también me lo despertaran o espabilaran antaño los religiosos camilos en el seminario menor de Navarrete, donde tiendo a ubicar mi edén en el planeta azul, la Tierra, pero tengo la impresión refractaria de que, durante muchos años, estuvo como aletargado, porque ahora es cuando echo mano de él más a menudo), creo, porque los hechos han venido luego a corroborar o ratificar lo barruntado, intuido o sospechado, que tengo un sexto sentido alerta y tan desarrollado que me permite prever el futuro próximo (y esto sucede, se trate de una bendición o una desgracia lo augurado por mí, por ciencia infusa), sí, el inmediato. Evidentemente, es una sensación que no controlo, sino que esta que se me impone, como lo propio tiende a hacer, habiendo dado el prudente espacio al tiempo, la verdad pura y dura, la fetén, lo apodíctico.
Esto me ocurrió recientemente con un sacerdote (no, no era fray Ejemplo), que he catalogado como una buena y bella persona. Al menos, yo no tengo nada que reprocharle; tampoco puedo formularle queja alguna, pues siempre ha estado a la altura de las circunstancias, se ha comportado sin tacha o nunca me ha fallado (no follado, como, de manera errónea, había escrito al principio; en qué estaría pensado este menda, ¿en algún otro caso de pederastia, desconocido por EL PAÍS y el resto de los mass media?), en lo tocante a su actitud o proceder comportamental, lo tuviera conmigo o con los demás y yo hubiera sido testigo presencial del mismo. Y es que, como dicen que adujo, hace más de dos milenios y medio el filósofo y matemático Tales de Mileto (quien sostuvo que el arjé o principio constitutivo de todas las cosas era el agua; y no marró tanto), no hay belleza que pueda compararse con la de las obras, con los gestos, que otros llaman gestas, hazañas o proezas.
Cierto día, hace tres o cuatro meses (puede que haya transcurrido más tiempo, y es que últimamente este se me pasa volando —un compañero mío tradujo, in illo tempore, de modo literario, del latín esta frase “tempus currit ut volet” así: el tiempo corre que se las pela; su versión tenía que ver con otra, que había servido de modelo o ejemplo, en la que el nominativo era cervus, ciervo—), cuando el religioso en cuestión venía de visitar a un enfermo encamado (de esa guisa me lo refirió, pero yo intuí que acababa de darle la extremaunción; por supuesto, no cometí la imprudente torpeza de preguntarle si cuanto había barruntado tenía alguna base real; si servidor hubiera incurrido en tal absurdo, él me hubiera llamado, con razón, metete; y no me hubiera contestado, supongo, a la impertinencia; eso es, al menos, cuanto sospecho), nada más alargarle mi diestra para estrechar la suya, sentí (acaso lo correcto hubiera sido escribir presentí) que él tampoco se encontraba bien de salud; es más, identifiqué ese mal con un cáncer, pero evidentemente, no le dije nada. ¡Menudo (hubiera sido, me temo, para ambos) marrón!
Bueno, pues, diez días después de aquel suceso, nada más preguntar por él, me enteré, porque no le vi donde esperaba hallarlo, de que estaba ingresado en un hospital pamplonés, recuperándose de una cirugía comprometida, pues lo habían tenido que intervenir urgentemente de un cáncer de colon.
Felizmente, ya está recuperado (ignoro si del todo), porque el otro día fui a sacar dinero al cajero automático del banco (la pasta tiene la mala costumbre de gastarse y acabarse; bueno, sensu stricto, la pasta se gasta o desgasta poco a poco, ya que, quien se encarga de gastarla a manos llenas y, de vez en cuando, de sopetón, soy yo; no me extraña que me llamen manirroto) y lo vi hablando, de manera animada, con dos personas residentes en el barrio de Lourdes, donde vivo. Lo saludé, meneando ostensiblemente mi mano derecha, a unos treinta metros de distancia, pero no sé si en ninguna, una o las dos veces que hice el gesto, me vio e identificó quién era.
Ángel Sáez García