SIENDO OTRO CABE SER FIEL A SÍ MISMO
Tengo para mí que, tras lanzar su dardo, flecha, lanza o venablo, Fernando de Rojas dio de lleno en el blanco o centro de la diana, cuando, al inicio del nuevo prólogo que le puso a su continuación del acto primero de “La celestina”, echó mano del filósofo presocrático Heráclito de Éfeso, al recordar su aserto de que todas las cosas son creadas a manera de batalla, contienda o lucha. Intentó aquilatarlo y afirmarlo, hacerlo más sólido, agregándole este pensamiento del poeta italiano Francesco Petrarca: “Sine lite atque offensione nihil genuit natura parens”, o sea, sin lid u ofensa ninguna cosa engendró la naturaleza, madre de todo.
Está claro que Parménides de Elea estaba en lo cierto, cuando sostuvo que “solo el ser es”, pero, a pesar de su despierta intuición, se le olvidó añadir esto, salvo que ese ser decida hacer uso de sus derechos y cambiar su nombre, sus apellidos y hasta su sexo (que entonces, está claro, no podía llevarse a cabo, pero hoy sí), porque cualquiera puede ver cristalino que el cuerpo de ese ser cambia, al irse deteriorando por el paulatino paso del tiempo.
Hoy nadie se atreve a negar lo obvio, que el “panta rei”, el todo fluye heraclitiano, es un hecho innegable, irrebatible, ya que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, por dos sencillas razones de peso: las aguas que discurren por su cauce son distintas, y la piel del bañista es otra. Que el cambio es una circunstancia palpable, tangible, nadie la puede poner en tela de juicio, porque es un hecho fehaciente, irrefutable, notorio, público.
Queda fuera de toda duda razonable que un cirujano puede seguir ejerciendo su profesión toda su vida laboral, salvo que una sentencia judicial en firme se lo impida y/o prohíba expresamente. Un actor puede disfrutar de similares condiciones de trabajo, pero este tiene que estar dispuesto y preparado para encarnar nuevos personajes, si desea continuar interpretando nuevos papeles o roles delante de las cámaras y los focos o pisando las tablas de un teatro.
Como en la viña del señor hay gente para todo (algo parecido sostuvo el torero Rafael Gómez Ortega, “el Gallo”, o “el divino calvo”, cuando le presentaron al filósofo José Ortega y Gasset), he conocido a personas, pocas, es cierto, que cada día se hacían un regate a sí mismas, es decir, que pretendían dar un giro a sus respectivas vidas. Puede que haya exagerado, que haya usado el recurso literario de la hipérbole, al servirme de la locución “cada día”; me hubiera ajustado más a la realidad y a la verdad, si hubiera empleado otras: cada mes, o cada año, verbigracia.
Hay personas que, de niños, cultivaron gusanos de seda; y, al parecer, se contagiaron de la transformación de las larvas u orugas de los insectos lepidópteros, que tienen forma de gusanos, se alimentan de hojas y experimentan una metamorfosis que da lugar al estado adulto, tras haber pasado previamente por el intermedio y quiescente de crisálida.
Hubo quien se ilusionó, como un iluso, con ser algo, pero la realidad, que siempre impone su criterio, se vio empujada a darle un tortazo sanador, estimulador, a fin de sacarlo del ensimismamiento de su sueño imposible; y, como lógico corolario, este se vio obligado a recular, a volver sobre sus cauces, canales, caminos y/o fueros, los que frecuentaba y conocía. Eso, sin ir más lejos, me acaeció a mí, cuando empecé a estudiar la carrera de Medicina en la facultad de Zaragoza, sin haber cursado el BUP y el COU por ciencias, sino por letras; mis lagunas conceptuales, por mis escasas nociones o rudimentos, eran evidentes, insalvables. Y con la opción romántica de querer ayudar a los enfermos no fue bastante para continuar. Estaba completamente errado, cuando me dio por pensar que todo se reducía a proseguir la labor social que realizaba los sábados por la mañana, mientras cursaba el COU, en el asilo de la zaragozana calle Cartagena.
A pesar del aprecio mutuo, uno puede ser, en un momento dado de su existencia, el alumno aventajado de un maestro avejentado, y, en otro, el guía o mentor achacoso del que su discípulo preferido se cachondea hasta que acaba machacándolo. Y, por eso, es capaz de entender correcta y oportunamente la frase que cabe leer en el prólogo que Friedrich Nietzsche colocó a su obra “Ecce homo”: “Recompensa mal a su maestro quien quiere seguir siendo siempre su discípulo”. Uno está obligado a superar a quien le enseñó buena parte de lo que sabe, entre otras cosas, a pensar, si desea ser generoso y que la sociedad progrese.
Ángel Sáez García