NO SOY MÁXIMO DÉCIMO MERIDIO
PERO, AMÉN DE EGOMET, SOY OTRAMOTRO
Desconozco si el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos (sí, ya sé que más de dos y hasta de cinco urdiduras o “urdiblandas” que portan mi firma al final de las mismas, coronándolas, han empezado de manera similar a la que ha arrancado esta, sí, ¿y qué?; esta, al menos, me lo reconocerá usted sin ambages dilatorios, es original, porque lleva lo que les falta a las anteriores, este paréntesis relevante, que acaso no quepa calificar de joya, pero tiene su enjundia) le ha acaecido en alguna ocasión cuanto me ha sucedido esta noche a mí, mientras me hallaba descansando y durmiendo, a pierna suelta, en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, que he soñado con que era una variante o versión moderna, remozada, puesta al día, de Russell Crowe, el protagonista de la película “Gladiator”, dirigida por Ridley Scott en el año 2000.
Me he visto en una sala de la biblioteca municipal “Yanguas y Miranda”, de Tudela, abarrotada de público, y, tras darme la palabra el responsable del día, Luis Lucas, con estas escuetas voces, “con ustedes el compareciente, usuario asiduo de esta casa”, he tomado un poco de agua de la pequeña botella que obraba sobre la mesa, he dado seis o siete pasos y he dudado cómo iniciar la presentación de mi primer libro en prosa en solitario, “Algaso”, recientemente publicado, y me he sentido, en medio de la mencionada estancia, donde me he ubicado, poco más o menos, como se vio Crowe en la arena del coliseo romano en dicho filme.
Si la recuerdo fielmente, he comenzado mi disertación así: “No soy Máximo Décimo Meridio. No soy comandante de las tropas del norte, ni general de las legiones Fénix, ni fiel servidor del verdadero emperador Marco Aurelio. No soy padre de un hijo asesinado, ni marido de una esposa asesinada, pero juro que me vengaré de cuantos me han censurado e intentado ningunear en vano sin tener que empuñar ni blandir una espada, pues me limito a seguir siendo el pacífico congénere que soy, frecuentando mis costumbres, esto es, continuaré sosteniendo el bolígrafo BIC azul con tres dedos, el pulgar, el índice y el corazón de mi diestra, y echaré mano del recurso retórico de la ironía para desenmascarar y zaherir, lanzándoles un arsenal repleto de pullas, por haber hecho todo lo posible por silenciarme. Me negaré a seguir a Shakespeare (‘la clemencia no es una cualidad forzosa. Cae como la lluvia, desde el cielo a lo que está debajo. Su bendición es doble: bendice al que la da y al que la recibe’, arguye el personaje de Porcia en “El mercader de Venecia”), mientras no medie sincera petición de perdón o disculpa”.
Si no marro, que puede, no cabe descartar el hecho, he proseguido mi discurso de esta guisa: “Aunque el grueso de los concurrentes me conocéis, y aprovecho este inciso para daros a todos los presentes las gracias por haber acudido a la convocatoria a acompañarme y arroparme, me presentaré para los que no saben quién soy. Me llamo Ángel Sáez García, aunque me agrada más, lo prefiero, sin saber a ciencia cierta muy bien el porqué, de veras, que se refieran a mi persona usando el seudónimo proteico o camaleónico de Egomet o, en su defecto, el que ha hecho más fortuna, el de Otramotro; y lo hago para comentaros que me juzgo con bastante derecho para aspirar a ser (aunque yo ya me otorgué dicho premio o título otrora) esposo de Literatura. Me consta que habrá más candidatos (entre los que no faltarán los caricatos) o pretendientes (con ganas de hincar sus afilados dientes en tan cotizada pieza), pero yo, aunque no hayamos matrimoniado todavía, llevo dos décadas ejerciendo de marido ausente, como lo fue, in illo tempore, Odiseo o Ulises de Penélope; ahora bien, yo no he sido nunca infiel a mi futura y actual esposa, insisto e itero, Literatura”.
Y, tras más parágrafos, que, por no recordarlos en su integridad, me los salto, he concluido la presentación de “Algaso”, mi primer libro en prosa en solitario, o hijo de papel, así: “Estoy plenamente convencido de que quienes hemos tenido la inmensa gracia, honra y suerte de recibir un don por delegación o intermediación azarosa o divina, antes o después, hemos llegado a la conclusión de que necesitamos ponerlo en práctica a diario, porque, si no, el látigo que se nos entregó, junto con el talento otorgado, lo empuñamos y empezamos a utilizar contra nosotros, por no haber sido capaces de sacarle a la virtud o habilidad concedida el máximo partido o provecho”.
Ángel Sáez García