STRICTO SENSU, HABLAMOS DE LO MISMO,
QUE AL ESTÍMULO SIGUE LA RESPUESTA
Para quien firma abajo los renglones torcidos que siguen está claro, cristalino, que un estímulo es cualquier agente o causa que, al actuar sobre un organismo, el que sea, provoca en este una respuesta. Un vigilante del internado “Fondo del estanque”, del filme francés “Los chicos del coro”, película dirigida por Christophe Barratier en 2004, prefiere distinguir entre estos dos vocablos, acción y reacción, pero básicamente, stricto sensu, hablamos de lo mismo.
Este menda, puesto en funcionamiento o marcha el referido proceso, cuando a algún inquilino de “la casa de los ruidos” (llamo así al piso inmediatamente superior al mío, al cuarto, que barrunto, tiene alguna estancia, habitación o cuarto más que el mío, por los consecuentes ruidos resultantes), le da por hacer voluntariamente (pues no puedo creerme, a pies juntillas, que ni siquiera la mitad de los mismos sean involuntarios) algún ruido (estos son de variopinto tipo; yo he identificado y catalogado más de treinta), para contrarrestarlo, ipso facto, servidor suele echar mano de la misma herramienta, idéntico botón o muestra, la música.
Como sostiene Pepe Ronzal, alias el Estudiante o Trabuco, personaje literario de “La Regenta”, de Leopoldo Alas, “Clarín”, que “la música es el ruido que menos me incomoda” (luego he leído que esa misma frase o una muy parecida, que es el ruido menos molesto o el más bello de los ruidos, también la pronunció Napoleón Bonaparte), me brota poner música clásica, por si así consigo atenuar o mitigar el ruido ocasionado, pero no siempre ocurre el prodigio, pues mi propósito el grueso de las veces acostumbra a quedar reducido a agua de borrajas o cerrajas, en nada, ya que el ruido de correr mesas y sillas y de que caigan objetos al suelo no finaliza fácilmente. Durante la Edad Media (hay que se remonta hasta la leyenda del poeta y músico griego Orfeo) se decía que la música amansaba a las fieras, que las apaciguaba. Yo pensé que la clásica lo haría con más motivo o razón, pero, como dice el dicho, “que si quieres arroz, Catalina”. Esa argucia o treta no ha servido con los vecinos de arriba.
He de reconocer, por tanto, sin ambages, que mi método está a años luz del que seguía y usaba el citado vigilante del “Fondo del estanque”, porque él, tras la acción indebida, dictaba, en ese mismo momento, sentencia, hubiera sido reconocida la autoría de la trastada por el niño o no. En principio, pensé que mi metodología o mecánica era más educativa que la suya, pero he de admitir que he obtenido escaso éxito, pues los ruidos persisten, un día sí y otro también, o sea, en plata, que el problema sigue sin ser resuelto, solventado.
Ahora mismo, a las cinco de la tarde del último día del año 2024, san Silvestre (¿se llamará así el hijo del matrimonio que mora encima?; a veces, he colegido que era un caballo el que corría por el pasillo de arriba, pero luego he deducido lo obvio, que había sido él; un corcel de carreras hubiera sido más fino), está sonando en mi piso música clásica, en concreto, un ejemplo de orquestación, el “Bolero” (1928), de Maurice Ravel, y, ¡milagro!, parece que no escucho al asilvestrado. Así que, mi método no ha resultado tan vano.
Nota bene
Aquí seré más veraz de lo que lo he sido al final del parágrafo precedente. Reconozco sin requilorios que no valgo para reencarnar el papel de Clément Mathieu en la nueva versión o remake que se está fraguando paulatinamente de “Los chicos del coro”. Carezco de las virtudes que sí atesoraba Gérard Jugnot. Él interpretó a la perfección al desempleado maestro de música que encontró trabajo como vigilante en el internado de reeducación de menores “Fondo del estanque”, que él metamorfoseó en un remanso pacífico y melómano, pero mis inexpertas manos, a pesar de la música clásica que uso de ordinario, como lenitivo, mediante una aféresis, se han zampado la primera sílaba, pues han mutado el estanque en tanque, que lanza al suelo del piso superior todo lo que pueda caer en él y hace ruido al besarlo.
Ángel Sáez García