El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

No hallo razón de ser a esa conducta

NO HALLO RAZÓN DE SER A ESA CONDUCTA

POR MÁS VUELTAS QUE DOY AL SINSENTIDO,

ME SIGUE PARECIENDO UN COLADOR

   Habiendo sido citado, de nuevo, por el titular del Juzgado de Instrucción número dos (de los de la heroica, en otro tiempo, villa septentrional), mañana acudiré a la sede de los juzgados de Algaso y compareceré ante su señoría, Sebastián Burgos Pérez de Galarreta. Creo que estoy bastante más estresado y nervioso de lo que lo estuve en la primera ocasión. Seguramente, ha contribuido a incrementar mis niveles de estrés y nerviosismo haber tenido conocimiento de lo poco que transcendió de la inaugural y prístina vez, que a mí me llegó por un canal o cauce indirecto. Según me hizo saber un funcionario que presta sus servicios allí, cuyo nombre y apellidos guardaré, a buen recaudo, en el tintero, es decir, no expresaré aquí, que fue quien escuchó, de manera fortuita, el comentario que adujo el juez, al preguntarle alguien por mí y por cómo había ido el interrogatorio que me había hecho, este alegó que había tenido la impresión refractaria de que estaba hecho de la misma pasta que mis amigos, los dos libres y el reo, porque por mis arterias y venas tampoco parecía circular la habitual sangre líquida, sino hecha cubitos, al catalogarme, asimismo, como a ellos, otro congénere de hielo.

Quien en Algaso pasaba por ser el mejor amigo del increíble asesino múltiple, el farmacéutico Íñigo González Ruiz de Alzate, o sea, yo, le parecí igual de glaciar que a quienes había interrogado antes y dejado en libertad, y a quien había mandado a la cárcel y allí lo mantenía, quien nos engañó, durante todo el tiempo, a todos los que lo tratamos y le abrimos las puertas de nuestros corazones y nuestras casas con la mejor voluntad, desde que aceptó y tomó posesión de la plaza de profesor de matemáticas en el Instituto de Enseñanza Secundaria Obligatoria y Bachillerato (IESOB) “Juan de Mairena”, de Algaso; para mí (como no soy dogmático, acepto discrepancias, pero este sigue siendo mi parecer, a pesar de los pesares) la mejor ciudad del norte peninsular, donde, tras muchos avatares y peripecias “odiseicas”, tuve la gran suerte de conocer a Matilde, “que no lleva tilde”; con ese latiguillo, en lugar de su primer apellido, se presentó, y fue una de las razones, su sui géneris sentido del humor, por las que me enamoré hasta los tuétanos de ella y, por fin, conseguí ser feliz, hasta que esa reencarnación de Lucifer, José Manuel Temprano Salillas, la mató, como ese mismo delito cometió con Sofía Huertas y Teresa Linares, esposas de Germán Ortiz y Eugenio Hervás, mis mejores amigos algasianos, desde que abrí la farmacia del Licenciado González en la calle Fuente de la Salud, el lugar más apropiado, según la opinión mayoritaria de la ciudadanía o vulgo, y ya se sabe: vox populi, vox Dei.

A mí también se me hace fácil reputar hoy a Temprano lo que por sus actos crudelísimos ha devenido, un monstruo con todas las letras; pero era un impostor tan completo, tan perfecto, que todos sus amigos, sin excepción, le tomamos un aprecio especial. Era un hipócrita excelente, tan magnífico actor, alguien que mentía tan bien, que se hacía querer hasta sin ser ese el propósito inicial. Y, sin duda, eso aún hace más detestables y terribles los tres asesinatos que cometió. Alguien en quien habíamos depositado toda nuestra confianza, aprovechó la circunstancia de que no estábamos en casa (¡puto fútbol!) para convencer a nuestras esposas, que fueron a su casa a cenar y allí, tras echarles algo en el vino que les sirvió, ¿burundanga, escopolamina?, les hizo mil y una diabluras y asesinó, usando una brutalidad tan inaudita e insólita que resulta, si no imposible, muy difícil de narrar en sus detalles o pormenores.

A Germán, a Eugenio y a mí nos dejó de piedra recibir, por correo, la última puñalada (está claro que lo había preparado todo a conciencia) por la espalda, un ejemplar cada uno de “El perseguidor”, cuento de Julio Cortázar, en el que había subrayado en los tres ejemplares las mismas líneas, estas: “(…) Algunos eran modestos y no se creían infalibles. Pero hasta el más modesto se sentía seguro. Eso era lo que me crispaba, Bruno, que se sintieran seguros. Seguros de qué, dime un poco, cuando yo, un pobre diablo con más pestes que el demonio debajo de la piel, tenía bastante conciencia para sentir que todo era como una jalea, que todo temblaba alrededor, que no había más que fijarse un poco, sentirse un poco, callarse un poco para descubrir los agujeros. En la puerta, en la cama: agujeros. En la mano, en el diario, en el tiempo, en el aire: todo lleno de agujeros, todo esponja, todo como un colador colándose a sí mismo…”.

   Íñigo González Ruiz de Alzate.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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