CUIDADO CON EL CAN, QUE LADRA Y MUERDE
FINADO EL PERRO, SE ACABÓ LA RABIA
A Ana Carmen, porque, siempre que acudo al lugar donde trabaja, siempre, me trata estupendamente.
“Todo acto de percepción es hasta cierto punto un acto de creación, y todo acto de memoria es hasta cierto punto un acto de imaginación”.
Oliver Sacks
La pasada noche, mientras me hallaba durmiendo a pierna suelta en los mullidos brazos de Hipnos (o, en su defecto, en los de uno de sus mil hijos, Morfeo), he tenido, entre otros sueños que ahora no recuerdo, este, que no he olvidado. Había sido invitado a asistir a un duelo, pero no había acudido al mismo como padrino de uno de los dos contendientes, no, sino como médico. Ignoraba que fuera requisito inexcusable, necesario, que estuviera presente un galeno in situ. Supongo que para que el facultativo pudiera socorrer a uno o a los dos contendientes y prestarles los primeros auxilios, en el supuesto de que resultaran heridos. Acaso fuera más imprescindible la presencia de un sacerdote, para el caso concreto de que tuviera que dispensar a uno, o a los dos, el perentorio sacramento de la extremaunción.
Tras ser testigo directo del susodicho, he concluido que era pertinente llamarlo de esa guisa, duelo, porque, si un oponente puede resultar dolido, el otro puede salir del brete dolorido, incluso el doctor, como ocurrió con mi lance.
Ahora ya no me cabe la menor duda al respecto, pues sé la razón de la plural insistencia de quienes me convidaron, de manera reiterada, al mismo. Los contendientes tenían las armas de fuego de las que yo carecía y, al no disponer de una, no pude defenderme. Recibí dos disparos, uno, en el pecho, efectuado desde la pistola de uno de mis oponentes y otro, en el abdomen, realizado desde la otra. Todo fue un complot para eliminarme. Pero, ¿por qué? ¿Por qué se habían confabulado dos de mis mejores amigos para dejarme en la estacada, en una de las orillas tristes de la vida, el cementerio?
En estos momentos, cuando estoy dando mis últimos estertores, y noto que se me nubla la vista, lo veo, por fin, claro, cristalino, diáfano. Ninguno de los dos podía hacer frente al pagaré, que vencía en unos días, a la deuda que habían contraído ambos conmigo y, asesinándome, de consuno y al alimón, se esfumaba o sublimaba el problema que a los dos tanto les acuciaba.
Qué razón tenía Santiago Ramón y Cajal cuando, en “Charlas de café” (1920), dejó escrito en letras de molde que “hay tres clases de ingratos: los que callan el favor, los que lo cobran y los que lo vengan”.
Ángel Sáez García