DE LA REALIDAD TODO APROVECHO
El pasado 9 de febrero de 2026, enviado por el Periódico Global, recibí en una de mis direcciones de correo electrónico este email:
“Querido/a suscriptor/a:
“Este año EL PAÍS cumple 50 años. Cinco décadas en las que el periódico ha crecido y evolucionado junto a sus lectores. Tu confianza ha sido parte esencial de este camino.
“Por eso queremos celebrar este aniversario contigo. Nos encantaría conocer mejor tu historia: ¿Qué es lo que más te gusta de EL PAÍS? ¿Cómo ha formado parte de tu vida? ¿Qué te llevó a suscribirte?
“Te invitamos a compartir tu relato —breve, sincero, tuyo— en un texto de hasta 300 palabras a través del formulario que encontrarás a continuación. Algunas historias formarán parte de la celebración del 50º aniversario y se difundirán junto a las de otros lectores que, como tú, forman parte de EL PAÍS.
“Seguimos escribiendo el futuro contigo.
“Gracias por ser parte de estos 50 años”.
Un día, pasado un mes cabal, recordé el contenido de este correo y escribí el breve relato de 300 palabras. Cuando lo quise mandar, ya había terminado el plazo.
Este es el texto que redacté:
CONTINÚO EXCITADO DE LA ESTAMPA,
MI FIRMA EN EL PERIÓDICO DE PRISA
Esta tarde, durante el cuarto de hora que ha durado mi siesta, mientras dormía a pierna suelta, en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, he soñado que me daba de bruces, en la zaragozana calle del Camino de la Mosquetera, ya extinto (hay que ver cuánto ha cambiado y crecido la capital maña con los años), con uno de los mejores amigos que tuve en mi vida hasta que llegué a la mayoridad, José Luis Álvarez Santaolalla (los siete años que conviví con él y otros colegas, mientras estuvimos bajo la égida de los motivadores religiosos Camilos; aunque parezca un contrasentido o paradoja, uno puede ser ateo y apreciar a los curas, y estarles muy agradecido por haber contribuido decisivamente a espabilarle el grueso de sus adormilados o aletargados dones), que, aunque ya finó sus días en el planeta azul, La Tierra, aún permanece vivo en mi inconsciente y memoria. En el episodio onírico todavía estábamos estudiando COU en el colegio “Enrique de Ossó”, y mantenía con él este breve diálogo:
—Ayer, “sin querer queriendo”, locución que solía tener en la punta de su mui, a punto de ser emitida, el “chavo del Ocho/8”, la curiosidad me llevó a mirar a través del agujero de la cerradura, que devino en ese momento en “cerrablanda”, de una puerta que tenía pegado a la altura de los ojos un letrero, donde se leía, escrita en letras versales, la palabra FUTURO, y contemplé más de lo que esperaba observar; espié y cacé a una pareja de adultos, cincuentones, haciendo el amor. Y me sentí el niño mirón que un día fui, excitado tras haber fungido de párvulo voyeur.
—Cuenta, Ángel, y no olvides los detalles.
—Nada, que comprobé que una urdidura con mi firma y seudónimo había aparecido en EL PAÍS.
Lo quise convertir en un microrrelato y presentarlo a un certamen literario, pero lo descarté, porque había ideado otro que encajaba mejor, según mi parecer, para el concurso en el que había decidido participar. Quedó de esta guisa:
CONTINÚO EXCITADO DE LA ESTAMPA,
MI FIRMA CORONANDO UNA TRIBUNA
Esta tarde, durante el cuarto de hora que ha durado mi siesta, mientras dormía a pierna suelta, he soñado que me daba de bruces, en la zaragozana calle de Vía Hispanidad, con uno de los mejores amigos que tuve en mi vida hasta que llegué a la mayoridad, José Luis Álvarez, que, aunque ya finó sus días, aún permanece vivo en mi inconsciente y memoria. En el episodio onírico todavía estábamos estudiando COU en el Instituto Goya, y mantenía con él este breve diálogo:
—Ayer, José Luis, la curiosidad me llevó a mirar a través del agujero de la cerradura de una puerta que tenía pegado a la altura de los ojos un letrero, donde se leía la palabra FUTURO, y contemplé más de lo que esperaba observar; espié y cacé a una pareja de adultos, cincuentones, haciendo manitas. Y me sentí el niño mirón que un día fui, excitado tras haber fungido de párvulo voyeur.
—Cuenta, Abel, y no olvides los detalles.
—Nada, que comprobé que una columna con mi firma y seudónimo, “Ribelius”, había aparecido en EL HERALDO.
Ángel Sáez García