El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

La principal virtud de un escritor

LA PRINCIPAL VIRTUD DE UN ESCRITOR

ES LA HUMILDAD, SI CERCAS NO IRONIZA

“Que nadie, mientras sea joven, se muestre remiso en filosofar, ni, al llegar a viejo, de filosofar se canse. Porque, para alcanzar la salud del alma, nunca se es demasiado viejo ni demasiado joven”.

Párrafo inicial de la “Carta a Meneceo”, de Epicuro

Más de una vez he sostenido, estando debatiendo entre amigos, la tesis de que basta leer un periódico, eso sí, de cabo a rabo, para llegar a la conclusión coherente, congruente y consecuente de que hay números (me refiero a ejemplares de diario) que parecen dedicados y destinados a discurrir o disertar sobre un único y mismo asunto. A una teoría idéntica a la citada llegué, por ejemplo, el pasado sábado 12 de septiembre de 2026, sin cumplir con el requisito necesario de haberlo leído entero, desde atrás hacia delante, como es mi costumbre, el número 17.937 de EL PAÍS, consagrado a la humildad.

Como lo mismo ocurre con cualquier otro autor, sea cual sea su ámbito competencial o cultural, su especialidad, para entender a Epicuro conviene que hagas el esfuerzo de leer a Epicuro, cuanto él dejó escrito, no leer lo que otras personas opinaron (como hace aquí servidor; leyeran directa o indirectamente a Epicuro) sobre el filósofo griego.

Es evidente que criticar consiste en decir lo bueno y lo malo (no solo esto último) de un autor (ella, él o no binario) respecto de la obra que ha dado a la imprenta y le han publicado (o ha editado él por su propia cuenta y riesgo).

Está claro, cristalino, que el crítico, quien se dedica regularmente a ese menester, no está exento de ser criticado por otros en su trabajo. Este menda, verbigracia, ha calificado con un notable alto la crítica que ha escrito Manel García en la página 11 del suplemento BABELIA del número indicado arriba, de “El jardín de la felicidad”, de Epicuro.

El mentado crítico arranca la suya con una mera variante de un apotegma de Epicuro que antaño me aprendí así: “Vana es la palabra del filósofo, si no remedia ningún sufrimiento humano”. Olé. Luego, más abajo, escribe: “Nada más alejado del filósofo que hacia el 308 antes de Cristo (estamos, por tanto, en el siglo IV a. de C.) fundó el Jardín (en, precisamente, un jardín; no conviene olvidar que Platón llamó a su escuela Academia y Aristóteles a la suya Liceo; así que, si aquí se solía decir, hasta hace pocos años, que cada maestrillo tenía su librillo, para referirse a su método de enseñanza o modo de ejercer la didáctica de la asignatura que impartía, otrora cada maestro llamaba a su escuela de una manera, para distinguirla de las otras) (…) convertido hace 2.000 años (exactamente, 2.334) en un locus amoenus de amistad y vida compartida. Viene bien o conviene “regresar a Epicuro despojándolo de esa larga tradición de malentendidos y tergiversaciones y descubrir un manual de instrucciones para una vida austera, exigente, amante de los placeres pequeños y, quizá por ello, extraña para nuestro hedonismo del exceso contemporáneo y nuestra búsqueda de la anhelada pero inalcanzable euforia perpetua. Su receta para la felicidad consiste en un tetrafármaco paliativo para nuestra angustia vital: no temer a los dioses, no preocuparnos por la muerte, saber que lo bueno es fácil de conseguir y lo malo fácil de soportar.

“Para Epicuro no hay ética sin conocimiento de la realidad, ni serenidad del alma sin una comprensión del mundo liberadora y ajena a prejuicios o distorsiones cognitivas.

“(…) La felicidad depende de aprender a satisfacer el insaciable deseo disfrutando tan solo de placeres naturales y necesarios (…) La amistad puede ser suficiente, un pequeño trozo de queso puede bastar (…) Quizás su único error fue su láthe biósas o ‘vive ocultamente’, el buscar menos la participación cívica que una comunidad escogida de amigos.

Comprendo a Manel y su recomendación, que no imposición aristotélica, de ser animal político y favorecer el bienestar colectivo de la sociedad, pero, a veces, el conocimiento del medio, del mundo, del paisanaje y del paisaje, te lleva a elegir cómo, dónde y con quiénes convivir. Su famosa máxima, “vive oculto y sé desconocido” tenía base real y a él le bastaba esa humildad para ser feliz, pues era la fuente de su ataraxia o imperturbabilidad del alma, lo más importante para él.

“Veintitrés siglos después (otra vez se queda corto, aunque, ciertamente, no llega a los veinticuatro completos), visitar el Jardín de Epicuro nos recuerda que la felicidad no consiste en buscar el paraíso en el más allá, sino aquí: no en añadir cosas a nuestras vidas, sino en aprender a desprendernos de todo aquello que al poseerlo nos posee”. ¿Existe un final más bello? Puede, pero este merece mi ¡chapó! Lo dicho; un notable alto.

En la interviú que Juan Morenilla le hace a Awa Fan, la joven pívot española, en la página 34 del número señalado, a la pregunta del entrevistador: “¿Qué aprendió de sus padres?”, Awa responde, con la sensatez de una veterana en estas lides, así: “Humildad y respeto. Desde bien pequeña hasta ahora siempre me han inculcado ser humilde, respetar a la persona que tengo al lado. Que no se me suban las cosas a la cabeza y me centre en lo mío. Me han enseñado a rodearme de gente buena. Esos valores son los más importantes para ser una buena persona y una buena compañera. Siempre los voy a tener”.

En la crónica que firma Andrea Aguilar, en la página 44 del mismo número sabatino, además de la que obra en el titular “Nadie dijo ni pío el 23-F, había miedo. Por eso EL PAÍS tiene un mérito incontestable”, subrayo otras dos declaraciones del novelista y colaborador del periódico de PRISA Javier Cercas, estas: “La principal virtud de un escritor es la humildad” (puede que sea esa, no lo niego; pero para poder hallar uno que tenga dicha condición o virtud hay que buscar y buscar y buscar, y resulta algo casi imposible de encontrar, como una aguja en un pajar). Y “escribo con el máximo respeto al lector que soy yo”. Aquí sí abundo con el reputado autor cacereño, afincado, desde la niñez, en Girona.

   Nota bene

En el último “palo de ciego” de Cercas, publicado ayer, domingo 13 de septiembre de 2026, en la página 6 de EL PAÍS SEMANAL (EPS), titulado “Ruiz Zafón y el mundillo literario”, el colaborador parece sostener lo contrario de lo recogido arriba (nada nuevo bajo el sol; a quién no ha incurrido todavía en contradicción alguna, le recomiendo encarecidamente que no alardee y se prepare para ello, porque, velis nolis, incurrirá en dicho yerro hoy o mañana, como muy tarde; bastará con dar tiempo al tiempo, ese juez que da y quita razones, para comprobarlo): “Lo que está claro es que, también por su propia naturaleza, no hay mundillo que se preste mejor que el literario a disfrazar los intereses de principios: más todavía: según mi experiencia, son los literatos que más alardean de radicalidad literaria, integridad moral y pureza de principios los más arribistas, acomodaticios y desalmados, los más dispuestos a vender su abuela a una red de trata de esclavas a cambio de una reseña positiva en Babelia (incluso de una reseña a secas)”.

Esto va para los funcionarios (sean ellas, ellos o no binarios) a los que les corresponda investigar el hecho fehaciente y constatado. Sigo evidenciando y denunciando que, desde los ordenadores de la biblioteca “Yanguas y Miranda”, de Tudela, aunque soy suscriptor, no puedo acceder a la versión digital del Periódico Global.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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