El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (CXXXIII)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CXXXIII)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

Como he hecho recientemente otra vez, comenzaré a comentar tu escolio por el final. Haces bien, lo correcto (además, a nadie pretendes molestar), al opinar como lo haces, que lo importante, para ti, es estar a gusto o en paz contigo mismo. Y que pasas del parecer de los demás.

Y ahora, a continuación, viene a cuento aclarar, si es posible (al menos, lo intentaré), el poema. Evidentemente, conviene hacer caso de la información que doy; sobre todo, de los archivos donde coloco el texto, verbigracia, en “Metamorfosis”. Ni yo soy el yo del poema ni tú eres el tú, aunque así lo hayas tomado. Por muy inverosímil que te parezca, los dos personajes (el yo y el tú) en los que pensé cuando urdí la décima son Rajoy y Mas. Acaso, conocer esta información complementaria no te sirva a ti de nada. Si dejo aquí constancia de la misma es porque, tal vez, a otro lector (ella o él) le sea útil.

Hoy, sábado, 18 de octubre de 2014, en la página 12 de Babelia, el suplemento cultural de EL PAÍS, he leído un texto muy interesante de Jorge Wagensberg, “La educación en aforismos”: De los 24 que recoge, te apunto el 16: “Conocimiento sin crítica es más preocupante que crítica sin conocimiento”.

Celebro que disfrutaras un montón (se te pasó el tiempo en un pispás), de lo lindo, del mercadillo medieval en Cornago; y que coincidieras, entre otros, con el hijo y familia de mis primos María Luisa y Santiago (lamentablemente, ya finado).

Tienes razón en que el “Manco del Esperpento” (quien, por cierto, no era ni cojo ni manco a la hora de escribirlos) seguirá vivo mientras se representen y/o lean sus obras, pero a mí, al menos, me causa disgusto (y a dos heterónimos míos, Emilio González, “Metomentodo”, y Eladio Golosinas, “Metaplasmo”, que, a modo de asesores o consejeros, mientras pulso las teclas que conforman estas líneas, se hallan detrás de mí, respectivamente, a mi diestra y a mi izquierda, les da lástima) que, con la plétora o gran cantidad de asuntos sobre los que poder tramar dramas sin cuento, falte quien fue, sin duda, un gerifalte (evidentemente, no usa el menda aquí el término en sentido irónico) de la novela y el teatro, una autoridad.

Se cuenta, se dice, se rumorea (ahora bien, a saber si es verdad o fantasía, pero yo lo he leído —no recuerdo ahora dónde— en algún sitio) que, en cierta ocasión, Valle-Inclán asistió a cierto estreno teatral. No se sabe si la obra en sí era mala o si los actores que la interpretaban hicieron que lo fuera, pero él y otros espectadores empezaron a patearla. Por la razón que fuera, escándalo, seguramente, hizo acto de presencia en el teatro la policía, la autoridad, y uno de los agentes le conminó a Valle a que cesara en su actitud. El “Manco del Esperpento” (que no lo era, según opinión generalizada entre la crítica y el público de entonces y la/el de ahora) contestó, sin un ápice de soberbia, poco más o menos, esto: “¡Aquí (en el teatro) la autoridad soy yo!”.

Picado por la curiosidad, he acudido a Google y he escrito en el buscador “Aquí la autoridad soy yo, replicó Valle-Inclán”. Bueno, pues Xavier Rius Xirgu (en un texto en el que habla de la relación de Margarita Xirgu con Valle-Inclán) da la siguiente versión (ciertamente, más verosímil) de lo ocurrido:

http://margaritaxirgu.es/castellano/vivencia/45valinc/45vainc.htm

“(…).

El comisario le preguntó:
—¿Protesta usted de la señora Xirgu, de la obra o de ese señor que tenía a su lado?
—¡De todo! ¡Protesto de todo! —contestó Valle-Inclán.
El comisario le explicó a continuación que el agente que estaba de vigilancia se acercó a él y le dijo:
—Caballero, soy la autoridad.
A lo que Valle-Inclán contestó:
—¡Aquí en el teatro no hay más autoridad que la mía, que soy el crítico, animal!
El comisario le dijo que suponía que no se dio cuenta de que era un representante de la autoridad el que lo requería.
—Sí, señor…—contesta don Ramón— Yo lo sabía, pero como yo soy otra autoridad en materias artísticas, se estableció un caso de competencia… Mi autoridad debía permanecer en la sala para emitir juicio. Además, la autoridad de ese señor es autoridad transitoria y la mía es permanente.
—No por eso —insistió el comisario— tenía usted que insultarle llamándole animal.
—Eso no fue un insulto, sino una definición —replicó Valle-Inclán.
Un estudiante, que había sido también detenido por haber dado apoyo a don Ramón, salió en su defensa y dijo:
—Señor comisario, cuando los partidarios de la señora Xirgu y del señor Montaner gritaban a don Ramón: “¡Que se vaya!”, fue contra ellos, se volvió agresivo y gritó: “¡No me da la gana!”.
—Miente usted, admirable joven. Yo en lo que destacaba expresamente era en el policía —replicó don Ramón.
Al salir de la comisaría, Valle-Inclán con un alegre suspiro dijo:
—Esta noche me siento con treinta años menos.

(…)”.

Te saluda, aprecia, agradece y abraza

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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