AUNQUE FUNES ME DÉ SOPAS CON HONDA,
CON INFORMANTES SUPLO MIS LAGUNAS
CALA A LA VERA EL “TRÍO CALAVERA”
El sábado pasado, 26 de febrero, salí de casa para comprar el periódico y el pan en los lugares de costumbre (¿aún queda alguien por ahí que objete que el hombre es animal de hábitos varios?; confío, deseo y espero que nadie colija lo erróneo, que con los susodichos hábitos me estoy refiriendo a los incontables disfraces que había en el fondo de armario de Mortadelo), la librería/papelería “El Cole” y “Bajo cero”, respectivamente. Cuando llegué a mi “choza” (así llamo a mi piso cuando estoy de chanza) con los dos artículos u objetos mencionados, cuyas palabras que los designan empiezan por la misma letra pe, comprobé que mi sombra, mi mejor guardaespaldas, la más fiel, se había despistado y acaso extraviado, pero ¿dónde? Así que, como me siento nadie sin ella, salí para ir en su búsqueda y encontrarla. Desanduve mis pasos y llegué hasta “El Cole”, donde Nabil y Silvia seguían regentando su negocio. Insistí en darles los buenos días y dije “¡ajajá!” (que es la suma de una interjección ajá y otra ídem o igual) y “aquí perdí el rastro, pero, husmeando, acabo de hallarlo y dar contigo, sombra mía”. Con la sombra ocupando su lugar, en su sitio, guardando mi retaguardia, servidor volvía a disponer de la herramienta imprescindible, necesaria, la conditio sine qua non, para rememorar, no como lo haría Ireneo Funes, el memorable y memorioso personaje literario que salió del cacumen de Jorge Luis Borges, reto imposible, pero sí, grosso modo, cuanto acaeció durante la tarde-noche de la víspera, el viernes 25.
Bajé a la farmacia Pascual, pasadas las cinco de la tarde, a por el bicarbonato (fórmula magistral) que me había prescrito la nefróloga, ya que Sonia me había advertido el día anterior que lo recibirían al día siguiente por la tarde; y a Raquel, que fue quien me atendió, tras el mostrador acristalado, le dije que mirara si había algún medicamento del mes pendiente de recoger (en lugar de entregarle la tarjeta sanitaria, para que procediera a realizar dicha consulta, este menda le dio la del bono de transporte urbano; y es que nadie está libre de equivocarse; subsanado el error, ella pudo coronar dicha gestión), que los había, tres. Mientras Raquel les quitaba las etiquetas a las cajas que contenían los medicamentos, que el abajo firmante no iba a pagar, por ser jubilado, y colocarlas con celo en las hojas habilitadas para ello, me fijé en el precio del bicarbonato, 39, 83 euros. Y pensé, una de dos, o ¡jopé! o ¡caramba!, que no dije, pero sí esto: “Supongo que las pepitas de oro van dentro del envase”. Raquel aceptó, de buen grado, la zumba y se rio. La verdad es que me acerqué a donde está el espejo, en el que suelo mirarme, y allí me cercioré de cuanto suponía, que se me había quedado la cara de haber comprado, en lugar de bicarbonato sódico, bicarbonato sádico, por la marca que había dejado la bofetada recibida en el rostro y el rastro que había dejado el zarpazo en el bolsillo.
A las siete menos diez de la tarde, salí a dar un paseo, antes de acercarme, media hora después, a la iglesia de Lourdes, donde a Eusebio, Iluminada y José Javier, mis padres y hermano difuntos, les ofrezco, cada 25 de mes, una misa, siguiendo la costumbre instaurada por mi progenitora (y la promesa que le hice a ella de continuarla).
Acabada la eucaristía, me acerqué al campo de fútbol “Ciudad de Tudela”, donde mi amigo Luis Quirico Calvo Iriarte me recogió para ir juntos en su coche a Rincón de Soto. Una vez llegamos a destino, acudimos a casa de nuestro amigo Luis de Pablo Jiménez, que nos había invitado a la celebración de su cumpleaños. Estuvimos un rato dándole a la sinhueso con su padre, Blas, que tiene una memoria retrospectiva mejor que reciente, según nos adujo y confesó, y vino a ratificar, corroborar y/o confirmar tal parecer el hecho subsiguiente o inmediato, pues nos narró, con pelos y señales, varias anécdotas que le acaecieron mientras hizo el servicio militar. Nos despedimos de Blas, y el “trío calavera” (conformado por “los Luises” y servidor, llamado así, no porque, bien en conjunto, bien por separado, acarreemos, atraigamos y traigamos la muerte de ideas preconcebidas o prejuicios, que también, sino porque son legión las/os que han coincidido a la hora de dar su criterio u opinión sobre la trinca mencionada, en que calamos, como calabobos o lluvia fina, cuando nos hallamos cerca, junto a la/s persona/s que sea/n) encaminó sus pasos hacia el “Fila 12”, donde estaba Rosa Blanca, tras la barra, de la que salió para abrazarnos y, sentados, alrededor de una mesa, que luego fueron más, cuando los recién llegados nos agregarnos al grupo, tras los saludos o abrazos de rigor, formado por Jéssica, Rocío, Miguel Ángel, José Ignacio e Isabel. Se unió luego a la peña o piña mi tocayo Ángel Miguel; y estuvimos departiendo, en amistad y armonía, repartiendo los turnos de palabra (es broma que adujo Luis Quirico), hasta que fueron llegando los amigos rinconeros de Luis de Pablo, quien los había invitado a la celebración de su cumpleaños, esto es, a degustar el mismo ágape o merienda-cena: Vicente (a quien yo llamo, cariñosamente, desde hace mucho tiempo, Santos, por ser un santo varón), Miguel Ángel, Josean, Alberto, Francis, Manolo y Jesús Ángel, todos ellos buena gente, de buen fondo.
Estuvimos dándole a la dentadura (natural o postiza) y a la mui durante un buen rato; conforme iba transcurriendo el tiempo, iban desapareciendo el jamón de los platos, el tomate, que cortó/troceó Vicente/Santos, los bocadillos, variados, los cafés y las copas (chupitos).
Les propuse leerles el texto que había escrito por la mañana en la biblioteca y corregido por la tarde en casa, porque en él aparecía mencionado el nombre del cumpleañero Luis, en el que este menda narraba un hecho cierto; y, como nadie objetó nada en contra, lo leí, recibiendo, como recompensa, un aplauso general.
Antes de marcharnos, le echamos una generosa mano a quien liberalmente nos había atendido, Rosa Blanca, ayudándole a recoger las mesas y las sillas de la terraza (entre todos, hicimos en un pispás), nos despedimos hasta la próxima y Luis de Pablo me trajo en su híbrido hasta la puerta del edificio donde vivo, en Tudela.
Reconozco que he tenido que llamar por teléfono a Luis de Pablo para que llenase de contenido fetén las sombras de duda que se habían apostado o instalado detrás de algunos hombres sin nombre.
¿Por qué no repetimos más el cielo?
Ángel Sáez García