ME GUSTAN UN MONTÓN LAS NAVIDADES
¡QUÉ MESA!, DE ALUMINIO Y DE FORMICA
Cuánta rabia y envidia me da oír y/o leer esa frase en boca ajena, porque preferiría ser el tipo que la pudiera urdir y proferir aquí, ahí y allí, hoy y mañana, sin mentirme ni a nadie embelecar.
A mí la Navidad me entusiasmaba, la amaba con divina inspiración, de alevín, infantil y hasta cadete, porque, cuando cumplí los dieciséis, pasó lo inesperado, el accidente y su fatalidad o corolario, que se llevó a José Javier, un ángel, dejándonos repleto un pozo amargo de tristeza y dolor, hasta los topes.
Ciertamente, a la edad arriba dicha, mis dieciséis otoños, vino Paco con la rebaja o Átropos, la parca, con sus afiladísimas tijeras, y le cortó a mi hermano con las tales las alas y el aliento de la vida. Y ya no me gustó la Navidad, aunque mucho lo hiciera antaño, otrora, cuando los ocho estábamos muy juntos, comiendo alrededor de aquella mesa, que rememoraré mientras respire y del alzhéimer no haya sido presa, pues era de aluminio y de formica. Aún recuerdo estar sentado en ella, cenando un bocadillo de chorizo con chocolate en medio, antes que Eusebio, nuestro progenitor, “a corderetes”, como asimismo porta un rabadán, sobre sus hombros, a un cordero herido, nos trasladaba a todos a la cama (salvo a José Javier, que se libraba, porque una mano echaba a nuestra madre), sin que pisaran nuestros pies el suelo, tras bañarnos en un balde de zinc y quemar alcohol en un platillo, si no recuerdo mal, de porcelana (si era invierno y el frío fuera menos), que la calefacción era de entonces.
Como todo en los sueños es posible, cuántas veces con “Javi” yo he brindado con cava o con champán Dom Pérignon, pues las exquisiteces nunca faltan en los terrenos o ámbitos del cielo, como tampoco lo hacen las desgracias, cuando uno se despierta, tras el sueño.
Hoy, treinta y uno y sábado, prometo por los ausentes levantar mi copa y todos los presentes en la cena, que ya es una costumbre celebrar, llegado el fin del año, san Silvestre, en la bodega de “Use” y “Marijose”, que son inmejorables anfitriones.
Acaso se parezca a este mi brindis: Por todos los que echamos hoy en falta y todos los presentes; que a la cita del próximo año estemos todos vivos. Y, si el número muda de asistentes, preferimos que más haya a que menos.
Y así remato, aunque parezca en prosa, esto, en verso, con dos endecasílabos.
Ángel Sáez García