HAY QUIEN ES ALCANZADO POR UN RAYO
Y QUIEN LOGRA ESCAPAR DEL SUSODICHO
AMBOS HECHOS DEPENDEN DEL AZAR
A las tres constataciones precedentes, que conforman el rótulo y los dos subtítulos de este texto en prosa, hubiera podido llegar la naturaleza, si al bosque de laurisilva o al pinar, verbigracia, Dios hubiera sido más espléndido o generoso de lo que fue con ellos y les hubiera concedido, además, el don de poder pensar. Pero, autocomplaciente quizá, vio que todo lo que acababa de crear estaba bien (confío, deseo y espero que el Ser Supremo sea tan cachondo y/o coñón como yo —dicen que hizo al hombre a su imagen y semejanza—, y no se tome a mal estas censuras párvulas, plagadas de ironía; y, si le da por quejarse, que se fastidie —confieso que he borrado la expresión que había redactado al principio, “que se joda”, porque he catalogado ese sintagma, además de excesivo, de procaz y de soez—, ya que se lo había ganado, pues Él tiene la culpa de que a mí me broten los pensamientos que ideo, que, a trancas y a barrancas, procedo a coronar y/o a llevar a feliz término, porque Él y no otro es quien me los infunde o inspira); y, falto de autocrítica, como he colegido en varias ocasiones que es, dejó todo como le salió, manifiestamente mejorable. A mí, al menos, me parece que la obra le hubiera salido redonda, si hubiera puesto en marcha y/o práctica una revisión exhaustiva, ya que hubiera maximizado u optimizado la versión final.
Llevo varias jornadas viendo en la tele cómo el fuego feroz está arrasando la naturaleza feraz tinerfeña con rabia, con saña; y siento tanta pena por ello, que, a miles de kilómetros de distancia del archipiélago canario, noto que algo mío se quema o resulta devorado por ese airado y rápido fuego violento, y me veo en la obligación de aseverarlo, porque huelo casi casi a quemado, como si ya estuviera allí, adonde este año aún no he volado. Y es que son tantos los años que llevo desplazándome en avión a la mayor de las islas canarias para veranear (al final del estío, porque es más barato, y porque, como me acaba de regalar el adagio mi amigo Vicente Aguado, mientras él ascendía la tudelana calle de Miguel Eza y este menda la bajaba, en dirección a la biblioteca pública “Yanguas y Miranda”, “los niños son la alegría de la casa… cuando están en el cole”), que me siento empático y solidario con esa extensión de terreno cada vez más amplia, a pesar del empeño y del esfuerzo de unos y de otros por controlar el fuego y acotarlo.
He escrito en varias oportunidades que me encanta viajar a Tenerife en el mes de septiembre, porque allí elimino las toxinas acumuladas durante el año en la capital de la ribera de Navarra y de allí vengo con las pilas cargadas, a tope. Alguien podría deducir que voy a dejar lo malo y a traerme lo bueno, pues sí y no. Allí acostumbro a dejar amigos y me traigo historias, que he escuchado contar por lugareños y foráneos, que luego metamorfoseo a mi antojo en Tudela. En sentido estricto, lo estupendo u óptimo de Tenerife se queda en sus mismas latitudes y altitudes. ¿Que qué es para mí eso, lo excelso? Escuchar por la mañana y por la noche el mar, que a mí me depara y transmite paz, la ataraxia, la tranquilidad del alma.
Volviendo a las certezas del rótulo y de los dos subtítulos, hay quien es alcanzado por el rayo y fenece, muere; y quien recibe a diario una centella, un haz de luz, si a esto le damos el nombre de idea sobre la que escribir y no la deja caer en saco roto, pues pare todos los días un texto (en prosa o en verso) nuevo y, por ende, puede ser el caso que cabe advertir en el primer subtítulo. Ambos casos dependen del azar, que alguien definió con sorna como el seudónimo que acostumbra a usar Dios, cuando no le apetece firmar con su verdadero nombre.
Nota bene
Seguramente, como de bien nacido es mostrarse agradecido con quien te benefició, hoy me toca darle las gracias otra vez al Ser Supremo, por su proverbial generosidad. La idea de Plutarco (“la mente no es un vaso que hay que llenar, sino una luz que hay que encender”) se la escuché aducir a Arteaga, Piérola o Puerto, a uno de los tres pilares o educadores que tuve donde tiendo a ubicar mi edén en el planeta azul, la Tierra, el seminario menor navarretano, o a los tres, en tres lugares diferentes y en tres momentos distintos.
Ángel Sáez García