HAY DÍAS QUE AMÉN DIGO A CUALQUIER TESIS,
AUNQUE ESTA SEA ABSURDA O INSENSATA
Seguramente, en el caso de que mañana me dé por acudir a la consulta de un psiquiatra y (coño, qué sorpresa, mi supuesto galeno del alma tiene uno; acaso me depare otra más tarde, cuando ella logre solventar mi tema), sentado en una silla o tumbado decúbito supino en el diván, le empiece a explicar qué me pasa y me pesa, pues noto como si alguien me pisara o algo me aplastara el pecho, la doctora me hará ver que de ese diuturno e interminable rosario de pesadillas que, a modo de cuentas, sigo encadenando o ensartando, el único culpable soy yo. Para discernir, distinguir y/o achacar, de manera cabal, imputaciones, el responsable último y máximo de que en mis sueños aparezca servidor como un perfecto fracasado, en sus distintas modalidades o diversas variantes, insisto, como un náufrago de tomo y lomo, la tiene mi ego, de unas proporciones (altura y envergadura; le ruego, lector, que no sea un sátiro) colosales; verbigracia, creo, a pies juntillas, que la tinta azul que sale por la punta del bolígrafo con el que trenzo los borradores de mis urdiduras y “urdiblandas” tiene la rara virtud (que otros han dado en llamar “extraña cualidad y calidad”) de ser excelsa, y (teniendo en cuenta ese adagio jurídico que dice que la causa de la causa es causa del bien o, en su defecto, del mal causado), por ende, de favorecer que mis textos también lo sean, excelsos, hayan sido escritos por este menda en prosa o en verso. Ese puñetero prejuicio, en concreto, es el que tiende a llevarme, inconscientemente, mientras me hallo descansando en los mullidos brazos de Hipnos (o en los de uno de sus hijos, que lo tuvo con Nix, Morfeo), por la misma calle de la amargura.
¿Que qué es para mí fracasar en un sueño? Pues lo obvio, tener que coger todos los días un autobús y el metro para ir a trabajar al aeropuerto, pero no de controlador aéreo, no, sino en el servicio de limpieza del mismo; y otros tantos, en sentido inverso, para volver a casa, terminado mi turno, tras confraternizar o hacer buenas migas con los diferentes materiales que van a parar, pasando algunos antes por el suelo, a los cubos de la basura.
Así que, conscientemente, por si es verdad lo que he leído y/u oído por ahí (pero no me pregunte, por favor, dónde, si no quiere dejarme en feo), me he autoconvencido de que, a la mayor brevedad, casi con urgencia, debo dejar de anhelar, mientras dure mi estado de vigilia o esté despierto, la fama, de aspirar a ser algún día alguien, o sea, a tener una hornacina o nicho en el edificio de la república de las Letras; y, asimismo, de que tengo que rechazar o decir no a perseguir, a todo trance, el estrellato del modo escogido, por ser enfermizo, para que la temática de mis sueños cambie radicalmente y no tenga que frecuentar ni rondar más la calle que detesto, la mentada, llamada así, precisamente, porque acostumbra a cursar su estancia o tránsito por ella con amargura.
Se cuenta, se dice, se rumorea que el consciente y el inconsciente tienden a contrarrestarse, a equilibrarse, para que el sujeto en cuestión no acabe enajenado, mochales. Puede que quepa hallar una razón de peso en ello, pero lamento reconocer, sin ambages, mi carencia argumentativa, pues no dispongo de un razonamiento que esgrimir para refutar la susodicha tesis.
Como a mí me apeteció ser otrora, a la vez, los poetas que acarreaban entonces Quevedo, Góngora y Lope de Vega, la suma de los tres vates, y no lo conseguí (aunque muchas veces lo intenté y mucho tesón puse en lograrlo, jamás salí airoso de ese aprieto o brete), parece que de esa frustración meridiana se aprovechó mi inconsciente e hizo de las suyas, que suelen deshacer las mías, perjudicándome ostensiblemente.
Otro tanto pasa, si no marro, con la fortaleza física y la mental. Conforme vamos perdiendo la primera, aumentamos la segunda. Hay días que amén digo a cualquier tesis, aunque esta sea absurda o insensata.
Ángel Sáez García