El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Isabel, ojalá coronar logres,…

ISABEL, OJALÁ CORONAR LOGRES,

AUN AUTOCENSURÁNDOTE, TU RETO

Hoy he recibido, en la dirección de correo electrónico que más uso, un “emilio” breve de Isabel Lesbia Belisa (o Belisa Lesbia, pues la noche en la que fue concebida, según le confesó el día que cumplió los dieciocho años y, por ende, alcanzó la mayoridad, su progenitora, a quien le gustaba apuntar todo lo precipuo, señalado o principal en su diario, sin tener que dispararlo luego, tanto montó ella a su padre en el lecho como él a ella), que dice así:

“Ángel, me ha brotado, nacido o surgido, como sueles trenzar tú, una idea para escribir un libro. ¿Tú te autocensuras? Gracias por no sentirte molesto (aunque yo te incordie alguna vez, sin querer, por supuesto) y por la respuesta que, como eres un caballero (aunque hace la tira de años que no montas corcel ni yegua, y menos si esta está en celo), tengo la corazonada o el pálpito de que no faltará y que la leeré en tu bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro, cuando la publiques, cuando sea. Saludos. Isabel”.

Estos son, dilecta Isabel, los cinco párrafos (si no contamos este, meramente introductorio, entre los tales) que he agavillado al respecto, en torno al asunto de marras o en cuestión, la autocensura.

Como lo mismo nos acontece cuando hablamos, no creo que haya un solo autor (hembra, varón o no binario) sobre la faz del planeta azul, la Tierra, que no se autocensure. Bueno, pues, habiendo dejado sentadas las bases o los cimientos de la que tomo por verdad radical, apodíctica, que todos los escritores, sin excepción, nos autocensuramos, tengamos los redaños de reconocerlo (de manera pública o privada) o no, cabe hacer una párvula aportación más, o algunas distinciones oportunas, ya que hay quienes ese tramo o trecho u horquilla (distancia o espacio entre dos magnitudes dadas), que nadie se ha atrevido aún a negar que exista, la recorre en una cuarta parte, la mitad, tres cuartas partes o entera. Unos (ellas y ellos) lo hacen por un motivo y otros por dos, tres o cuatro razones de peso (que, al menos, lo son para los tales, claro).

Cada quien echa mano de su propia metodología o estrategias para salir airoso e ileso del brete; verbigracia, que la autocensura no se note (y, si lo hace, que no se le dé ninguna importancia, aminorando, atenuando o rebajando su interés); que es innegable que los modos o maneras de abordarla y entenderla son tan variopintos como los librillos (no me refiero a los de papel de fumar) proverbiales de los maestros de nuestra infancia, que cada uno tenía el suyo; basta con que le preguntemos a un docente actual sobre el tal para que intente convencernos de que el suyo es bueno, acaso no el mejor, porque ese tal vez no exista o sea una mera reunión de varios de ellos.

Como sabes, yo aún no he escrito una novela, pero tengo en la cabeza una, que anda rondándomela (desde… ni yo ya soy capaz de recordar con exactitud la fecha) sin parar. Al menos, tres veces, tres, en otros tantos sueños, he puesto a la nonata novela en el mismo e ineludible compromiso, al obligarle a brindarme alguna de las razones por las que, según su parecer, ella debía ser escrita por servidor sin falta. La primera vez ella se escabulló, como si fuera el ilusionista del escapismo Harry Houdini, del aprieto en un pispás, sin decir ni mu; pero, desde esa prístina ocasión, las cosas han cambiado, porque se ha dignado contestarme algo en las siguientes. Si la memoria no me juega hoy una mala pasada (insisto en reconocer aquí, de nuevo, una vez más, que no es la de Ireneo Funes, el formidable, inolvidable, memorioso y proverbial personaje literario que salió del magín de Jorge Luis Borges), en la segunda oportunidad me adujo que, como ella aún estaba en ciernes, en pañales, como se sentía un mero objeto en potencia, tenía la impresión refractaria de que le faltaban tablas. Y yo le repliqué, igual de sincero, esto: ¡Anda, pues no eres original, porque tres cuartos de lo propio me pasa, hija (si, a la postre, logro crearte o darte vida), a mí! La tercera (que quizá fuera también su anagrama, la certera) me convenció de que no era una novela al uso, que puede que, estructural y procedimentalmente, se pareciera a “La colmena”, de Camilo José Cela, pues era una especie de mosaico, algunas de cuyas teselas ya habrían sido escritas por servidor, y hasta hubieran nacido con la clara vocación de agruparse bajo el mismo título de “El puzle”.

Tengo claro que en la vida normal ocurren hechos dignos de encomio y de repulsa; y que los seres humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor, dependiendo de las circunstancias. Si empezamos a catalogar unos asuntos como susceptibles de molestar a esta, esa o aquella minoría, terminaremos por autocensurarnos, si no completamente, tanto que pareceremos (y volveremos a ser, desde el punto de vista intelectual, mental) críos y, además, cretinos. ¿Así podemos progresar o nos estancaremos sin remedio y, como les acaece a las aguas en dicho trance o en iguales condiciones, nos pudriremos y pereceremos? Si empezamos a escamotear asuntos de enjundia a nuestros posibles lectores, adultos (no los infantilicemos, por favor) y niños (no los avejentemos tampoco), ¿no les estaremos hurtando los argumentos decisivos que permitirían un cruce enriquecedor de ideas y que estas, tras el debate sereno de las mismas, devinieran en antorchas intelectuales, que alumbraran a toda la sociedad y esta, pudiera extraer, a su vez, de las tales los correspondientes beneficios?

A veces me dan ganas de decir y/o escribir que lo único que habría que censurar y prohibir es la que se censura y prohíbe sola, por sí misma, la mala obra, del jaez que sea; y, por ende, que no hay que censurar nada; y que, aunque me quede solo defendiendo mi criterio o perspectiva, ni siquiera soy partidario de que se le avise al espectador (aniñándolo) de que se van a emitir unas imágenes que pueden herir su susceptibilidad, por la sencilla razón de que estas pueden fungir de gancho, es decir, fingir de la lombriz camuflada en el anzuelo, para que pique mejor. Mutatis mutandis, lo que acabo de urdir me ha hecho recordar los cuatro primeros versos, una redondilla (que forma parte de una décima, la Fábula XI, titulada “LAS MOSCAS”, que se fundamentaba o bebía a morro en el chorro del caño de una fuente que había hecho brotar, a su vez, Esopo), de Félix María Samaniego, estos: “A un panal de rica miel / dos mil moscas acudieron, / que por golosas murieron / presas de patas en él”.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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