¿NO ES UNA TRADUCCIÓN LA INMORTAL OBRA
QUE SALIÓ DEL CACUMEN CERVANTINO?
“Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía y vile con carácteres que conocí ser arábigos. Y puesto que aunque los conocía no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que los leyese, y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua le hallara. En fin, la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo y poniéndole el libro en las manos, le abrió por medio, y, leyendo un poco en él, se comenzó a reír”.
Miguel de Cervantes, capítulo IX de la Primera parte de “El Quijote”.
“—Déme vuestra grandeza las manos, señor don Quijote de la Mancha, que por el hábito de San Pedro que visto, aunque no tengo otras órdenes que las cuatro primeras, que es vuestra merced uno de los más famosos caballeros andantes que ha habido, ni aun habrá, en toda la redondez de la tierra. Bien haya Cide Hamete Benengeli, que la historia de vuestras grandezas dejó escritas, y rebién haya el curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir de arábigo en nuestro vulgar castellano, para universal entretenimiento de las gentes”.
Miguel de Cervantes, capítulo III de la Segunda parte de “El Quijote”.
Ignoro si el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de estos renglones torcidos leyó el pasado día 10 de los corrientes mes y año, en la página 15 de la edición de papel del prestigioso diario EL PAÍS, la tribuna rotulada “Elogio de los invisibles”, del literato bogotano Juan Gabriel Vásquez (JGV). Si no lo hizo, le recomiendo con inusual encarecimiento que lo haga sin falta y cuanto antes (puede ocurrirle, me temo, acépteseme la zumba, a la tal lo mismo que al zumo de naranja recién exprimido, según creían y nos urgían antaño nuestras madres a beberlo, ya que podían esfumársele en un pispás las vitaminas que acarreaba y/o contenía). Si lo hizo, hará bien, lo correcto, en releerla, pues acaso le pase algo parecido a lo que me ha sucedido a mí. Mientras llevaba a cabo la segunda lectura de la pieza susodicha, me ha brotado la idea para escribir otro artículo de opinión, otra urdidura o “urdiblanda”, esta, la presente.
Reconozco que la tribuna de JGV tiene ahora, tras coronar la relectura, más líneas subrayadas de las que tenía. La primera vez que pasé mi vista por el escrito mencionado, durante la mañana dominical del pretérito 10, solo subrayé estas líneas: “(…) siempre he pensado que no hay mejor escuela para un aprendiz de escritor que la traducción literaria. La ecuación es muy sencilla: aprendemos a escribir leyendo, y los traductores son los mejores lectores del mundo”. Si los mejores lectores del orbe son los que le extraen el máximo partido o provecho a un libro, no pongo objeción, ni, por ende, en tela de juicio lo aseverado por JGV, o sea, abundo con él. En el caso contrario, no puedo coincidir con su aserto, aunque este me parezca respetable y hasta justo que lo tenga y lo vierta, si cuanto ha dejado trenzado, negro sobre blanco, era cuanto pensaba de veras. En esta vida hay tantos pareceres o criterios dignos de ser tolerados como prismas o puntos de vistas sobre un asunto, siempre que estos se argumenten con razones de peso. Quien haya sido profesor de literatura esto ya lo sabe. Por cierto, olvidábaseme de destacar que las verdades que aduce JGV en el último de los párrafos de su enjundioso escrito no tienen desperdicio.
Como no sé inglés ni soy traductor (aunque todo lector, de alguna manera, lo es), y, asimismo, desconozco qué otras traducciones se habían preseleccionado o eran candidatas al premio bianual Queen Sofía Spanish Institute, no tengo opinión sobre la versión que hizo Charlotte Whittle, su ganadora, de “El infinito en un junco” (que llevará el título “Papyrus”, en la versión inglesa del exitoso ensayo), el magnífico libro de la zaragozana Irene Vallejo (confieso, en la digresión que cabe leer en este paréntesis, que es la tercera, y su anagrama, certera, vez que me lo llevo a los ojos, y siempre hallo algo importante o interesante que pasé sin advertir o por alto en las anteriores; y, sobre todo, que me inspira, cual musa fecunda, prolífica; así que no me admira ni debería de pasmar a nadie que este menda vuelva sobre él, amén de por gusto, por puro interés; y confío, deseo y espero con toda mi alma, que siga haciéndolo; ya que, al tratarse de un libro clásico, como adujo Italo Calvino, este nunca termina de decir a sus lectores lo que tiene que decir), que eso sí que me consta. Me limito a confiar en que los miembros que conformaron el jurado sí lo eran, y de prestigio, y fueron ecuánimes o justos y libres en las decisiones que tomaron.
Quien haya leído y releído “El Quijote”, de Cervantes, y haya hecho lo propio con la tribuna de JGV, seguramente, habrá recordado, como eso, al menos, ha hecho servidor, el final del capítulo VIII de la Primera parte de la inmortal obra del autor alcalaíno, cuando el narrador deja al lector en ascuas, con la miel en los labios, con ganas de seguir leyendo las peripecias de tan divertida historia, sosteniendo el cauto vizcaíno y don Quijote sus espadas en lo alto; y, a renglón seguido, el comienzo del capítulo IX, cuando los lectores, tan apesadumbrados como Cervantes, por no saber más gestas y gestos del valeroso caballero andante, nos alegramos al leer que este ha encontrado en Toledo en unos cartapacios una obra titulada “Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo”. Desde ese momento hasta la página final de la obra, se nos ofrece a los lectores una mera traducción de ese texto arábigo, apócrifo, por supuesto. En el capítulo III de la Segunda parte de “El Quijote”, el bachiller Sansón Carrasco le dice cuanto contiene el parlamento que he escogido como segundo epígrafe de este escrito. En él, el humilde (irónico o no) Cervantes, a ojos del bachiller, aparece como “el curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir de arábigo en nuestro vulgar castellano, para universal entretenimiento de las gentes”. En dicho capítulo III, unas líneas más abajo, se leen mis líneas preferidas de la cervantina obra:
“—Una de las cosas —dijo a esta sazón don Quijote— que más debe de dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa. Dije con buen nombre, porque, siendo al contrario, ninguna muerte se le igualara (sin tilde, sí)”.
Ángel Sáez García