EN EL JUICIO FINAL A LOS CAMILOS
NO FALTARÁN MIS PALMAS NI MIS “¡BRAVOS!”
A QUIEN ALZHÉIMER NO PADECE, DIOS
Aunque de “el Oscuro” Heráclito de Éfeso empecé a saber, al llevarme a los ojos, por primera vez, “La celestina”, de Fernando de Rojas (salvo el auto inicial), pues, tras la pieza titulada “El autor a un su amigo”, viene el Prólogo, donde cabe leer que: “Todas las cosas ser criadas a manera de contienda o batalla, dice aquel gran sabio Heráclito en este modo: ‘Omnia secundum litem fiunt’, sentencia a mi ver digna de perpetua y recordable memoria. Y como sea cierto que toda palabra del hombre esciente esté preñada, de ésta se puede decir que de muy hinchada y llena quiere reventar, echando de sí tan crecidos ramos y hojas que del menor pimpollo se sacaría harto fruto entre personas discretas (…)”. Acopié más información, bastantes más datos de él, más adelante, en las clases de Filosofía de COU, que nos las impartió Francisco Pérez en las Teresianas, en el colegio “Enrique de Ossó”, de Zaragoza.
Los apuntes que tomé de sus inmarchitables e inolvidables lecciones eran tan buenos que, terminada la carrera de Filosofía y Letras (Filología Hispánica), durante unas Navidades, aproveché dicho tiempo de asueto para pasar a limpio y a máquina aquellas joyas de papel, por si me tocaba algún día, por esos cambios repentinos o giros inesperados del destino, que no deja de favorecer o promover el mero hecho de vivir y acaecen a lo largo del tiempo, enseñar dicha asignatura.
Para Heráclito, el arjé, o principio constitutivo de todas las cosas, no era el agua, ni el aire, ni el ápeiron, sino el fuego, que, por esencia, es movimiento (panta rei, todo fluye) y constante metamorfosis.
Aunque toda persona que, a la sazón, usara razonablemente su cacumen, y no haya perdido la memoria desde entonces, me refiero a la tarde-noche del 15 de abril de 2019, cuando la catedral de Notre Dame de París se incendió y ardió como una pira, era conocedora de que la crisis de la Iglesia católica, apostólica y romana venía de muchísimo antes, este menda tomó tristemente conciencia de la tal aquella infausta noche.
¿Qué es más importante, un ciudadano bien educado, crítico, autosuficiente o un sacerdote? Ignoro si he imaginado o soñado que esta pregunta la hacía Dios, en general, a quienes moraban en el cielo y la escucharon. Y yo, que tengo la sensibilidad a flor de piel y suelo barruntar o intuir estas y otras cosas parecidas, he captado la misma y, acaso de manera temeraria, me he animado y atrevido a contestarla, teniendo los pies en el suelo. No he entendido la razón de la misma, porque no le he hallado el intríngulis o busilis a dicha interrogación, ya que el uno puede ser también, a la vez, el otro; ergo, al final, no había tal dilema, pues cabía optar indistintamente por los dos elementos de esa disyuntiva. Y Dios, que, según me ha confesado (reconozco que me he quedado de piedra), no la esperaba (tal vez al Ser Supremo, al Omnipotente y Omnisciente, también le guste embelecar; no he descartado esta posibilidad), de veras (¿?), me ha aplaudido. Aquí, en el planeta azul (cada vez más oscuro, casi negro), la Tierra, suele acaecer lo contrario, que los paniaguados no dejan de ovacionar al falso Dios.
He fantaseado más tarde con la parusía, con la segunda venida de Cristo a la Tierra, para el Juicio Final (¡menudo lío se va a armar!; se va a multiplicar por diez mil o cien mil o un millón una habitual operación de salida o regreso de vacaciones de Semana Santa). Antes de juzgarme a mí, Dios habrá juzgado a todos los religiosos Camilos que ejercieron de profesores míos en el seminario de Navarrete: Piérola, Arteaga, Puerto, Pellicer, López, Sánchez… A pesar de que fracasaron en su propósito, pues apenas un puñado de los postulantes que estuvieron bajo su férula continuaron estudios eclesiásticos y abrazaron el sacerdocio, habían triunfado, sin duda, al haber contribuido a fraguar ciudadanos de primera en sus respectivos ámbitos.
Dios recibió, de manera mancomunada y unánime, una atronadora ovación por sus veredictos favorables hacia ellos, por concederles a todos, sin excepción, lugares destacados en el cielo. Yo, agradecido, propicié con las palmas de mis manos a que los aplausos fueran más sonoros y, acompañé los tales con mis estentóreos “¡bravos!”, como suelo hacer en el patio de butacas, cuando asisto al teatro de la ópera a disfrutar escuchando y viendo alguna obra de Mozart, Puccini o Verdi.
Ángel Sáez García