¿QUE QUÉ ES PARA MÍ DIGNO DE RECUERDO?
Hoy, verbigracia, tengo claro, cristalino, que, para mí, digno de recuerdo, memorable, es esa ficción de Jorge Luis Borges titulada “Funes el memorioso”. La historia de Ireneo Funes, el joven uruguayo de Fray Bentos, quien nació con un don o virtud, pues siempre sabía la hora exacta, y luego, tras un accidente, se le despertó o espabiló otro/a, ya que debía invertir una hora de reloj para recordar otra, pues había memorizado todo lo ocurrido, pensado y sentido durante esos concretos sesenta minutos, y, por tanto, un día completo para rememorar otro entero, es inolvidable para quien la leyó (y no ha perdido la memoria; y es que esa neuropatología que, más que descubrir, describió el psiquiatra y neurólogo alemán Alois Alzaheimer, es devastadora; cada nuevo territorio que dicha enfermedad conquista lo deja totalmente arrasado, borrándolo del mapa, llenando ese vacío de nada, de la más pura nada).
Hoy son muchas las citas que aún recuerdo de memoria. Pero como Segundo Pacho, el redactor de la revista semanal (que, con el paso del tiempo y el auge de las nuevas tecnologías, ha devenido también en diario digital) Algasurías, con el que he hablado por teléfono y me ha solicitado la colaboración, me ha pedido con encarecimiento que me refiriera solo a tres, ahí, en los parágrafos y los renglones que siguen, van (sin que huelgue el comentario de que mañana o cualquier otro día, seguramente, mis tres epígrafes o exergos serían otros).
La primera de las citas escogidas por servidor pertenece, sin que se me pueda achacar a mí la rima interna que el atento y desocupado lector habrá advertido, a “El perseguidor”, un cuento largo de Julio Cortázar. Son varias las frases de dicha narración que subrayé la primera vez que pasé mi vista por sus páginas. Si tuviera que poner un rótulo a esas líneas precisas, me decantaría, sin duda, por este, “El intelectual es un mar de dudas”, porque, cuando mis ojos las leyeron quedé patidifuso, ojiplático: “(…) Algunos (el saxofonista Johnny Carter, el protagonista del relato, se refiere a los médicos que lo cuidaban en Camarillo) eran modestos y no se creían infalibles. Pero hasta el más modesto se sentía seguro. Eso era lo que me crispaba, Bruno, que se sintieran seguros. Seguros de qué, dime un poco, cuando yo, un pobre diablo con más pestes que el demonio debajo de la piel, tenía bastante conciencia para sentir que todo era como una jalea, que todo temblaba alrededor, que no había más que fijarse un poco, sentirse un poco, callarse un poco para descubrir los agujeros. En la puerta, en la cama: agujeros. En la mano, en el diario, en el tiempo, en el aire: todo lleno de agujeros, todo esponja, todo como un colador colándose a sí mismo (…)”.
La segunda es el párrafo final de “La peste”, de Albert Camus. Viene a ser la versión, complementaria, opuesta, a la inversa, de ese refrán español que dice que “no hay mal que por bien no venga”, o sea, que la alegría o juerga puede terminar mal, como el rosario de la aurora, a palos, en pena: “Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.
Y la tercera (y su anagrama, certera) y última de las citas es la crítica literaria (aunque fuera provisional) que el otro día, sin querer, leí en un folio arrugado que había arrojado a su papelera fray Ejemplo y hallé allí por un casual. Dos días antes le había llevado una copia de mi “Algaso”, los 28 relatos que había reunido, bajo dicho título, sobre otros tantos sucesos que habían ocurrido en la muy noble y muy leal ciudad del septentrión peninsular. Y esto es lo que leí en dicho folio, tras desarrugarlo, el borrador, en principio, de un criterio interino, conjeturé. Considero que no soy digno de la crítica positiva de fray Ejemplo, pero me esforzaré para merecerla pronto: “Seminaristas rebotados, sin remilgos ni pelos en la lengua, con la cabellera de la fe totalmente rapada al cero, ventilada, y una mala leche de toro salvaje en rodeo americano, con incómoda carga impuesta en el lomo, forman hoy parte no despreciable, del paisanaje literario que cabe identificar en el panorama camaleónico o poliédrico paisaje algasiano. Gracias a ellos, a Metomentodo, Otramotro et alii, quienes no llegaron a profesar, ni siquiera a probarse un solo hábito o sotana para ver cómo les quedaba puesto/a, la muy noble y leal ciudad norteña no se ahoga en los charcos que originaron las lágrimas que vertieron, tras decidir poner fin a esa trayectoria absurda, que había llegado demasiado lejos, y podemos leer textos que nos divierten y enseñan cuando hacemos el esfuerzo de llevárnoslos a los ojos como si fueran nuevos, recién salidos del telar. Y es que tenía mucha razón Eugenio D’Ors cuando sentenció (como puede leerse escrito en letras versales en el frontispicio de la fachada norte del Casón del Buen Retiro madrileño) que ‘TODO LO QVE NO ES TRADICIÓN ES PLAGIO’”.
Ángel Sáez García