El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

No hay modo de poner puertas al campo

NO HAY MODO DE PONER PUERTAS AL CAMPO

TAMPOCO DE PONÉRSELAS AL MAR

En el español que hablamos en las islas Baleares, las Canarias y la península ibérica usamos la locución verbal coloquial “poner puertas al campo” para referirnos a la imposibilidad manifiesta de poner barreras, límites o muros a lo que no los admite de ningún modo; aquí, en el caso que nos atañe o concierne y ocupa, al mar. Y ahí están, un día sí y otro también, las imágenes del telediario de la tarde y de la noche para no desmentirme, sino, al contrario, para confirmar, corroborar o ratificar cuanto he dejado apuntado (pero sin llegar a disparar) arriba, las de los cayucos que siguen llegando a las costas de las islas Canarias, que son doblemente afortunadas, como conocemos nosotros al archipiélago canario, para los migrantes que arriban a su litoral sanos y salvos.

¿Por qué un ser humano acepta los riesgos que corre, al poner en serio peligro su propia vida, cuando toma la decisión de subir a un cayuco que se hace a la mar con la venturosa pretensión de migrar y mejorar su modus vivendi? La respuesta será variopinta, seguro, si preguntamos a todos los protagonistas de esa odisea; ahora bien, me temo que, si no lo hacen, el grueso de ellos, en la inmensa mayoría de los casos, observarán, horrorizados, cuando se den cuenta del error cometido, cómo la parca, sin previo aviso, les hace pronto su guiño fatal, letal. Quienes se consideran muertos en vida afrontan esperanzados esas peripecias por la sencilla razón aducida: se sienten cadáveres andantes. Así que, aunque solo tengan una posibilidad entre seis, o entre diez, de que el resultado de ese aprieto o brete sea favorable, dicen sí al desafío o reto temerario, por si este les sale bien y los años que les restan de vida son distintos, más halagüeños o propicios que los padecidos hasta entonces.

A quienes, leyendo el “Juan de Mairena (sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo)” (1936), de Antonio Machado, aprendimos que “la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero” (a pesar de la burla mordaz que acarrean los comentarios posteriores de los dos personajes susodichos, que, a renglón seguido, don Antonio agregó), no nos llamó tanto la atención pasar nuestra vista por una mera variante de dicha sentencia, aducida de modo similar por diversos autores, esta, que la realidad, velis nolis, siempre sale a flote y se impone, como eso ocurre con algunos cadáveres de migrantes que murieron ahogados y emergen a la superficie algunos días después de que se fuera a pique la nave en la que viajaban y, de resultas del naufragio, muchos de los ocupantes de la misma, que no sabían nadar, perecieron ahogados; algunos cuerpos inertes de los migrantes fallecidos arriban días después a las costas canarias.

Las tres reflexiones que anteceden las escribí nada más terminar de leer el primer párrafo de la columna titulada “Meloni abre el melón”, que porta la firma de su reputado hacedor, Fernando Vallespín, publicada en la página 3 de EL PAÍS del pasado domingo 20 de octubre de 2024.

Continué leyendo el segundo parágrafo y subrayé estas líneas de su parte final: “(…) Al contrario de lo que ocurre cuando nos enfrentamos a este tipo de situaciones, la útil distinción que nos ofrecía Rafael del Águila entre una posición implacable ―hágase todo lo necesario para conseguir un determinado fin político, caiga quien caiga― y otra impecable ―fiat iustitia et pereas mundus― habría que revisarla en este caso. Encaja mejor en la similar distinción weberiana entre ética de la convicción y ética de la responsabilidad”.

Rafael del Águila fue un ídem, un águila, al discurrir lo referido, como Rafael Sanzio hizo lo propio, mientras pintaba “La escuela de Atenas”, verbigracia, y Fernando, al componer su excelente (lo normal o usual en él) columna. La fiel etopeya o el auténtico retrato moral que he advertido, al leer el meollo de la posición implacable del teórico político madrileño, de cierto representante o sujeto, me ha llamado la atención, porque le cuadra o encaja perfectamente, como anillo al dedo anular.

La única objeción que debo hacer sin falta a Vallespín, a quien leo cada domingo y, tras llevar a cabo dicho menester, suelo soltar uno o varios “¡chapós!”, es que su latinajo cojea: fiat iustitia et pereat mundus (o sea, hágase la justicia y perezca el mundo; ya sé que la letra ese se halla junto a la te en el teclado del ordenador, pero ese yerro hay que enmendarlo, como recomendaba hacer Confucio). Yo prefiero mudar una letra más y optar por otra solución: fiat iustitia ut pereat mundus, es decir, que se haga justicia, aunque perezca el mundo. O esta otra, que mejora la anterior, después de agregar “non” tras “ut”: fiat iustitia ut non pereat mundus, que se haga justicia para que no perezca el mundo.

   Nota bene

   No sé a usted, atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, pero a mí me ha bastado un párvulo ejercicio de empatía para entender el proceder de tanto migrante. Yo, en su caso, sufriendo sus mismas condiciones, haría tres cuartos de lo mismo.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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