El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¡Cuánto sapo me tengo que tragar…!

¡CUÁNTO SAPO ME TENGO QUE TRAGAR

PARA HACER CUANTO DA PARA COMER!

Algaso es, según los resultados que ha arrojado el más reciente estudio estadístico llevado a cabo entre los nombres de las ciudades ficticias del septentrión peninsular más mencionadas en los mass media, la segunda más citada, tras la que ocupa el peldaño más alto en el podio, la que salió del magín de Leopoldo Alas, “Clarín”, Vetusta. Y, aunque parezca mentira, no lo es, sensu stricto, por los relatos que ha trenzado y firmado el heterónimo por excelencia de Ángel Sáez, Otramotro, que han visto la luz, regularmente, en su bitácora de Periodista Digital; en muchos de los cuales, ciertamente, se hace referencia explícita a la mentada localidad norteña, sino, pásmese usted, atento y desocupado lector, si lo tiene a bien, por las críticas literarias, la inmensa mayoría de las tales encomiásticas, que han aparecido en diversas revistas y suplementos culturales, que han merecido los dos volúmenes que recogen las narraciones que permanecían inéditas y que han publicado la pléyade u hornada conformada por los restantes seudónimos ideados por el escritor tudelano, ellas y ellos, en los que cabe advertir, desde in illo tempore, un mismo fondo o fundamento, ya que, si se procede a juntar la letra inicial del nombre con las dos primeras del primer apellido y las tres que encabezan el apodo, el resultante acrónimo común es Egomet, que significa en latín “yo mismo”.

Debo reconocer sin requilorios que el mejor relato del conjunto, según mi peculiar parecer (interesado, interesadísimo, lo confieso), el que más me peta y satisface releer, de cuantos salieron del BIC azul que empuñó la diestra del correspondiente hacedor y deslizó su punta y tinta sobre la media cuartilla gualda, es en el que salgo retratado yo, aunque el firmante, hermano o primo carnal de Otramotro, tuvo la delicadeza y/o gentileza de mencionarme con otro nombre y apócrifo apellido, para que nadie que posara y pasara su vista por las páginas de dicho escrito pudiera identificarme. Le estoy muy agradecido por el gesto; tanto que para mí es una gesta.

Cuenta el autor, Egomet, en el texto que rotuló con un verso endecasílabo sáfico, “Todos llevamos nuestra cruz a cuestas”, la verdad, que trabajo en un diario de tirada nacional, desde hace un montón de años, pero ahora me hallo en él a disgusto, pues no estoy de acuerdo con la línea editorial que últimamente lleva y defiende a machamartillo y a ultranza. Cuenta la fetén cuando afirma que siento algunas veces bascas, al leer algunos editoriales parciales y algunas crónicas tendenciosas que han urdido mis colegas y/o compañeros de redacción. Así que debo ser osado y manifestar cuanto es obvio para mí, que Egomet ha sido fiel a cuanto cabe leer y colegir del citado cuento, tan real como la vida misma.

En su párrafo sexto, el central del relato, pues lo componen once, de distinta extensión, se lee esto:

“Desde que Javier Lucas se divorció de Irene Gracia, su segunda esposa (¡menos mal que ella sigue trabajando en el bufete de secretaria y, sobre todo, que no tuvieron hijos!), la cosa está tan chunga, que Javier se ha visto en la tesitura de tener que cerrar la boca, de enmudecer, para evitar tener problemas, pues se ha corrido la voz por los pasillos del laberinto, pues un dédalo ha devenido el diario, de que los delatores han vuelto a ponerse de moda, ya que, al parecer, se han visto recompensados (no ha trascendido aún con qué, si con dinero, con especie o con promoción interna), y el nuevo director, que tiene, cual can descuidado, malas pulgas y no acepta que nadie le diga ni mu, ha llegado con ganas de usar la guillotina”.

Así que cuadra y encaja, como anillo en el dedo anular, el título que encabeza estas líneas y que, aunque lo he escrito yo, quien mejor se conoce, el retratado, que soy uno de los varios negros que tiene Ángel Sáez (me apuesto, doble contra sencillo, a que cuando lea esto, pues todo lo que firma lo lee previamente, por si las moscas, suelta una estentórea carcajada), pues está claro, cristalino, que él solo no puede escribir tanto como publica, llevará, asimismo, la firma de Egomet, ¿para que el lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, se vuelva tarumba? Puede ser; yo no descartaría de antemano dicha opción.

Sigo escribiendo en el diario. Pensé que tendría más éxito y suerte con el nuevo curro que me ofrecieron el mes pasado en una empresa de publicidad, pero me acaban de inadmitir (prefiero este verbo a rechazar) el nuevo eslogan que había pergeñado mi cacumen, los cuatro versos endecasílabos que había ideado para que llenaran las pegatinas que iban a llevar, estampadas en ambos laterales, los camiones de cierto emporio pujante:

 

“Si anhelas ser la cúspide en asfaltos,

Has de seguir la pista a los de Fraga,

Que están considerados, de aquí a Praga,

Que los mejores son entre los altos”.

 

   Eladio Golosinas, “Metaplasmo”.

 

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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