FUE EN LA LOCALIDAD DE NAVARRETE
DONDE APRENDÍ EL “DIVIDE Y VENCERÁS”
“Divide et vinces” (o “divide et impera”), que cabe traducir así: “Divide y vencerás” (o “divide y domina”).
Máxima latina que se le atribuye a Julio César, pero que no aparece recogida, de esa guisa, ni de la primera manera propuesta, ni de una de las diversas variantes que se utilizan, a la hora de referirse a la misma, en ninguna de sus obras.
La primera vez que vi en mi vida a Eusebio Arteaga Piérola, fray Ejemplo, por el raído hábito que vestía, no pensé que iba a aprender tanto de él en la hora escasa que duró la lección que nos impartió aquel día digno de memoria. Por la tarde, puede que al final de las dos horas de estudio, escribí esto en mi diario: “Conviene hacer con cierta frecuencia una limpieza de los prejuicios que aún acarreamos, esos juicios a priori que entontecen a quienes les conceden alguna validez o vigencia”.
El fraile admirable comenzó su alocución afirmando que había preparado una conferencia para personas adultas, no para adolescentes. Así que, mientras se desplazaba a pie desde el convento al colegio, decidió lo oportuno, pasar de leernos la decena o docena de sesudos folios que había escrito la misma tarde en la que aceptó la invitación y propuesta que le había hecho el director de nuestro seminario menor; y, en su lugar, improvisar algo que pudiera resultar o ser más sugestivo, divertido y aleccionador para nosotros. Dicho lo cual, prosiguió así:
“—Hoy, como si Dios esta mañana me hubiera infundido, mientras caminaba hacia aquí, el mismo espíritu didáctico del que hizo gala in illo tempore el filósofo estagirita y peripatético, Aristóteles, he rememorado aquella proverbial disertación en la que José Ortega y Gasset explicó al público que había acudido a la misma, de manera memorable, su teoría sobre el perspectivismo, o sea, que hay tantos puntos de vista como prismas o perspectivas podamos encontrar o adoptar. El pensador madrileño, el mejor filósofo español del siglo pasado, exhibió en aquella oportunidad en la palma de su mano izquierda una manzana, y les preguntó a varios de los concurrentes, al azar, qué veían. Los asistentes interrogados le respondieron lo mismo y obvio, una manzana. Todos ellos captaron, por tanto, la misma pieza de fruta, de un color entreverado, entre verde y amarillo, una Golden Delicious. Según la posición que ocupaban en la platea o patio, es decir, la butaca o el asiento donde descansaban sus posaderas, veían una parte de la manzana, pero nadie la veía entera, ni siquiera Ortega y Gasset, que, itero, la mantenía en la palma abierta de su mano zurda. Bueno, pues, les digo que, el grueso de las veces, una verdad se parece a esa manzana de la anécdota orteguiana, que todos la ven, pero ninguno de manera completa, entera, en su totalidad”.
Una vez terminó de discurrir esto, fray Ejemplo nos instó y urgió a ponernos de pie a los veinte alumnos que éramos entonces en clase. Nos dividió en dos grupos de diez y nos dijo que un conjunto se colocara junto a las ventanas del aula y el otro en la pared de enfrente. Tomó la manzana que había depositado sobre la mesa del profesor (de la que yo, al menos, lo confieso sin ambages ni requilorios, no me había percatado hasta entonces de su existencia) y pegó a ambos lados dos pegatinas que llevaban estampadas cada una de ellas un número distinto, el cinco y el siete. Se paseó, sin girarse, de arriba abajo de la clase, y viceversa, exhibiendo la manzana, que sostenía con la pinza formada por sus dedos índice y pulgar, para que cada grupo viera su número correspondiente, el que les había tocado en suerte. Nos pidió que, a la de tres, a voz en grito, de mancomún y al unísono, profiriéramos a coro el número que habíamos visto cada conjunto, y el desacuerdo se hizo manifiesto, notorio, patente. Cambió a dos elementos de cada grupo y volvió a pasearse, como había hecho antes. Y el alboroto o la algarabía, tras proceder a repetir el proceso susodicho, se vio incrementada, al haber aparecido o brotado las discrepancias en ambos grupos, esto es, la cosa fue a peor. ¿Qué quería darnos a entender o demostrarnos el fraile sabio con la treta que había ideado? Que cada uno ve la realidad desde el lugar que ocupa y la mira y escruta, o sea, que el sitio desde el que se observa cuenta, y mucho, para el sujeto que lleva a cabo dicho menester; además del “divide et vinces”, “divide y vencerás”, es decir, si consigues que haya disidencias o fricciones en las huestes del adversario, enemigo u oponente, lograrás imponerte, vencerlo.
Al acabar la lección, nos preguntó qué habíamos aprendido, durante aquella hora escasa, pues, ciertamente, se nos hizo corta; y cada uno de mis compañeros dijo algo pertinente y relevante. Este menda, que suele ser de talento lento, habló el último y se limitó a recordar las veces que habíamos visto hacer otro tanto a Álvarez en una mesa del comedor con una manzana, que la partía en dos, por la mitad, y luego procedía a hacer lo propio con cada una de esas dos mitades, y, a renglón seguido, procedía a pelar cada uno de los esos cuatro cuartos resultantes, masticando y deglutiendo uno tras otro. Y dije que la verdad puede ser o parecerse a una manzana, como la de Ortega o la de Álvarez, pero yo había visto en dicha fruta, asimismo, un problema personal o, en su defecto, una pena. Y aduje que quien divide el problema o trocea la pena también suele salir airoso y/o victorioso de ese aprieto o brete. Y mis colegas me aplaudieron. Lo propio hizo fray Ejemplo, que me soltó este encomio: “Me has dejado de piedra. No hubiera podido preparar o repentizar mejor colofón”. Y noté que yo no cabía en mí por tanta euforia y gozo como me habían brotado, al escuchar sus elogiosas palabras.
Ángel Sáez García