#cuentosdenavidad 2024
ES OBVIO QUE LA UNIÓN HACE LA FUERZA
Y QUE UN BESO EN LA FRENTE OBRA UN PRODIGIO
“L’ UNION FAIT LA FORCE” es la leyenda que se lee en el escudo de la bandera de la República de Haití. Tengo la plena convicción de que muchos haitianos la han leído. Ahora bien, ¿cuántos la han entendido y han procurado hacerla realidad? ¿No resulta una clara y cristalina contradicción que este sea, si no marro, el país más pobre del continente americano? ¿Por qué?, cabe preguntarse. Ahí va una posible hipótesis o explicación plausible, porque allí abundan los ciudadanos egoístas, es decir, los altruistas son minoritarios; o, en su defecto, porque, entre los últimos, también ha arraigado y cundido el grito de “sálvese quien pueda”.
Ignoro la razón por la que los seres humanos, considerados singularmente, uno a uno, en su individualidad, debido tal vez a la falta de apoyo entre nosotros, somos animales torpes, más que burros (los animales así llamados no lo son tanto como dicho nombre indica), cazurros; sin embargo, cuando formamos piña o racimo, asociados, mancomunados en la consecución de un bien o fin colectivo, común, general, somos la repanocha, porque podemos llevar a cabo, a buen puerto, desafíos extraordinarios. Eso es lo que el escritor italiano Giovanni Papini, quien escribió estas palabras desasosegantes, derrotadas y anhelantes de alguna certeza, en “Un hombre acabado” (1913), “todo ha terminado, todo está perdido, todo está cerrado. No hay nada más que hacer. ¿Consolarte a ti mismo? Ni siquiera. ¿Llorar? Pero para llorar todavía se necesita energía, ¡se necesita un poco de esperanza! Ya no soy nada, ya no cuento, no quiero nada: no me muevo. Soy una cosa y no un hombre. Tócame: estoy frío como una piedra, frío como un sepulcro. Aquí está enterrado un hombre que no pudo convertirse en Dios (…) No pido ni pan, ni gloria, ni compasión. Pero pido y pido, humildemente, de rodillas, con toda la fuerza y pasión del alma, por un poco de certeza: una sola, un poco de fe segura, un átomo de verdad”, coligió o dedujo cuando observó y escribió que el ser humano es el único viviente capaz de remontarse del fango hasta las estrellas en apenas unos minutos.
He constatado, de manera fidedigna, que los grupos conformados por personas altruistas, liberales, son más capaces de resolver problemas, más eficaces, que los compuestos por congéneres egoístas. Lo propio ocurre con los equipos que se muestran compasivos y empáticos, en relación con sus contrarios, que estos, por lo general, suelen ser menos dadivosos o generosos, a la hora de compartir cuanto tienen, mucho o poco, y de esforzarse como los que más por alcanzar una cima o cota, por lograr un reto.
Uno no puede olvidar de dónde viene, qué simientes fue sembrando la costumbre en sus neuronas in illo tempore. Así que vuelve por sus fueros y advierte lo que hay, que, como en el convento sigue sin haber un religioso que aventaje en saber teórico-práctico a fray Ejemplo, se ve en la obligación intelectual de poner uno que sea, amén de clarificador, arquetípico.
Desconozco si he referido alguna vez el milagro que presencié otrora y que acaso (seguramente, sin él) contribuí con mi actitud a que aconteciera. En el asilo de la calle Cartagena de la capital maña, cuando el abajo firmante de estos renglones torcidos estudiaba COU, los sábados por la mañana se desplazaba en autobús con sus compañeros a dicho lugar para culminar una labor humana, humanitaria, social (éramos voluntarios de Auxilia, una asociación benéfica, una protoenegé), ayudar a las hermanas que lo regentaban. Y voy a confesar algo, aunque, por ello, sea yo el que quede en feo. Me molestó que no contaran con mi opinión, que ni siquiera me preguntaran, mis superiores y responsables, pero luego, sorpresas te da la vida, constaté que dicho trabajo me reportaba tanta satisfacción personal que tuvo un correlato inesperado, ya que, aunque no seguí, por voluntad propia, en la orden de San Camilo de Lelis, me decanté por estudiar, en un gesto romántico, la carrera de Medicina en la facultad de Zaragoza, que devino en un error garrafal. Pero eso es harina de otro costal.
Un anciano era incapaz, según aseveró la monja que supervisaba mi labor, de ponerse ni siquiera los calcetines, pero, como tuve oportunidad de comprobar, de manera fehaciente, el cariño podía obrar prodigios. Yo ayudaba todas las sabatinas mañanas al de provecta edad a vestirse y veía que se dejaba hacer sin chistar. Un día, dentro del autobús, de camino al asilo, se me encendió una bombilla en mi cacumen y, para probar si era una imposibilidad del anciano o una forma de rebelarse contra el statu quo, por tener que hacer cuanto le imponían coronar las sores, le propuse esto, pues vi que estaba necesitado de cariño: si hoy te pones tú solo los calcetines, cuando termine de vestirte, asearte y te veas como un pincel, te daré un beso en la frente que suene. Como un resorte, se incorporó del lecho, se sentó en el borde de la cama y no tuve que acercarle los calcetines, que se puso en un pispás, y casi casi se vistió él solo. Por supuesto, cumplí con lo prometido y le di el ósculo sonante. No sé quién lo agradeció más, si él o yo, quien lo recibió o quien lo dio. Cuando acabé mi tarea, le narré a la monja lo acaecido, no todo, solo una parte, y, como había intuido, la “asantotomasada” no me creyó. “A otro perro con ese hueso”, dijo.
Ángel Sáez García