El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Olvidábaseme de decir esto

OLVIDÁBASEME DE DECIR ESTO

ME AGRADA LA MANERA CERVANTINA

DE AGREGAR LO OLVIDADO, SORPRENDENTE

Conviene releer a los clásicos (autores y textos) por la irrebatible razón de peso que adujo Italo Calvino en “Por qué leer los clásicos”. Porque, si unimos las definiciones 6 y 9 que él dio en su citado opúsculo, nunca terminan de decir lo que tienen que decir, ya que “cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad”.

Suelen decir quienes releen a los clásicos y quienes no los leen (incluyo aquí a quienes les da grima y hasta pánico tocar las tapas de un libro, el que sea) que no hay mal que por bien no venga. Cuantos vierten ese apotegma en sus conversaciones tienen razón, aunque el dicho susodicho no siempre sea verdad en todos los casos.

Quien haya leído “El Quijote” cervantino varias veces, desde el principio hasta el final, si hace memoria, puede que recuerde qué leyó en el prólogo que le antepuso a la Primera parte de su inmortal obra el autor alcalaíno, en concreto, esto, que “se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”. Es lógico y normal que creamos, a pies juntillas, a Cervantes, quien, estando preso en el trullo, pudo tener noticia de un ser no tan extraño, pues, ora estaba loco de remate, ora era una persona circunspecta y cuerda, como don Quijote (y, asimismo, cada hijo de vecino). El propio autor de Alcalá de Henares, si seguimos leyendo ese prólogo, nos sacará de dudas, en el supuesto de que estas nos hubieran brotado, cuanto refiere unas líneas más abajo, que “yo, que, aunque parezco padre, soy padrastro de don Quijote”.

¿Qué quiso decir exactamente “el manco de Lepanto”? ¿Que escuchó allí, en la trena, el relato de una historia y él luego, advirtiendo las muchas facetas que vio al poliedro, lo alargó, tras apropiarse y aprovecharse de ese ser ajeno? ¿Que fue el propio don Quijote quien se lo refirió? ¿Que el verdadero padre es el fingido historiador arábigo Cide Hamete Benengeli? No lo sabemos a ciencia cierta y eso nos permite elucubrar todo un amplio abanico abierto de posibles hipótesis, especular. Lo que sí nos consta es que Cervantes estuvo cautivo durante cinco interminables años en Argel, y que pisó el suelo de la cárcel sin motivo, solo por haber depositado el dinero recaudado por él en un banco que quebró.

Puede que, en una breve estancia en la venta del Molinillo, el viajero alcalaíno escuchara al ventero contar el comienzo de la historia de Pedro del Rincón y Diego Cortado; y, estando preso en el trullo sevillano, el final de la historia de Cortadete y Rinconcillo, que, por la sola razón de que el mayor de los dos en edad era el segundo, terminó imponiéndose el mote de Pedro al de Diego y, de ahí, el título de la novela.

Al comienzo de dicho texto ejemplar (solo por el párrafo final, donde se lee, como lo propio hace Francisco de Quevedo en su “Buscón”, que Rinconete “propuso en sí de aconsejar a su compañero no durasen mucho en aquella vida tan perdida y tan mala, tan inquieta, y tan libre y disoluta”), “Rinconete y Cortadillo”, Cervantes nos narra la mutua presentación de los dos mozuelos protagonistas; más adelante nos relata su ingreso en la cofradía del hampa, bajo la égida y protección del iletrado (difícil de creer por el absurdo o sinsentido que acarrea el hecho, porque ¿alguien puede guardar en un libro de memoria información que no puede leer?; ¿y quién la apuntó?) Monipodio, “un hombre bárbaro, rústico y desalmado” (según la postrera opinión de Rinconete), que les pone los alias que obran en el rótulo. Hechas las presentaciones, una más larga, otra más corta, de mancomún, en la venta ponen en práctica el plan tramado; y, de manera pintiparada, a un arriero que había salido al portal a refrescarse (se supone que a la sombra) y les ha visto jugar a la veintiuna, le despluman cuanto llevaba encima en apenas media hora. Evidentemente, usan malas artes para coronar dicha estafa o fraude. Así que los dineros que portaba el arriero, doce reales y veintidós maravedís, pasaron de sus manos, en un visto y no visto, a las de los dos granujas. El arriero sintió dicha pérdida, nos narra Cervantes, como si le hubieran dado doce lanzadas y veintidós pesares. Mal perdedor, el arriero quiso recuperar el contante y sonante que había apostado (la bolsa del jugador no tiene atador) por la fuerza, pero los mozalbetes iban armados y le hicieron frente. Al final, lograron irse a otra venta, la del Alcalde, con “una tropa de caminantes a caballo”, que “iban a Sevilla”.

Escribe en el siguiente párrafo el autor nacido en Alcalá de Henares: “Y, sin más detenerse, saltaron delante de las mulas y se fueron con ellos, dejando al arriero agraviado y enojado, y a la ventera admirada de la buena crianza de los pícaros (en esta ocasión, la enésima vez que me he llevado a los ojos la novela cervantina, me ha dado por colegir y pensar que tal vez la ventera le contó cuanto escuchó que había oído hablar al ventero, su marido; y que este pudo referírselo luego a Cervantes el día que este estuvo hospedado allí; o puede que lo sucedido se lo oyera narrar a otro preso de la misma cárcel donde él estuvo enchironado), que les había estado oyendo su plática sin que ellos advirtiesen en ello. Y, cuando dijo al arriero que les había oído decir que los naipes que traían eran falsos, se pelaba las barbas, y quisiera ir a la venta tras ellos a cobrar su hacienda, porque decía que era grandísima afrenta, y caso de menos valer, que dos muchachos hubiesen engañado a un hombrazo tan grande como él. Sus compañeros le detuvieron y aconsejaron que no fuese, siquiera por no publicar su inhabilidad y simpleza. En fin, tales razones le dijeron, que, aunque no le consolaron, le obligaron a quedarse”.

Olvidábaseme de decir que pudo ocultarse Cervantes, oyendo sin ser visto, como hizo, según nos cuenta él, la ventera, pues, dejando a un lado las letras ce y ese, inicial y final de su apellido, las restantes siete forman el anagrama de, admírese o pásmese, atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario de estos renglones torcidos, sí, la voz “ventera”. Puede comprobarlo usted misma/o. Se cerciorará, de modo irrefutable, de que cuanto asevero aquí es la dura y pura verdad.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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