#cuentosdenavidad 2024
¿Y SI HARARI NOS HA TOMADO EL PELO?
¿CON “NEXUS” QUIERE COMPLETAR EL FRAUDE?
Ignoro si el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de los renglones torcidos que siguen ha tenido conocimiento o noticia alguna vez, por el medio que sea, de algo de lo mucho que ha dicho Gustavo Orgías, porque me consta que no ha publicado todavía ningún libro que lleve su firma. A Gustavo, en sus inicios, si, acabada la charla que había dado, se le preguntaba en el turno de preguntas por su nombre (ya que el título de la conferencia sí aparecía recogido en el cartel anunciador de la misma, pero su nombre y primer apellido se mostraban siempre tachados en negro), cómo se llamaba, él contestaba Gorgias, sí, como el sofista griego de la colonia siciliana de Leontinos (hoy Lentini), quien, dotado de una retórica a la que fue sacando partido o provecho a conciencia, exprimiendo paulatinamente y haciendo cada día más fértil, alcanzó el éxito por donde se dejaba caer, fungiendo de maestro ambulante. Si, por la misma época, cuando hacía sus pinitos, se le interrogaba por su oficio, Orgías solía alternar dos respuestas, charlatán y/o vendehúmos. A Gustavo, que le encantaba homenajear a Gorgias y no tenía inconveniente ni reparo alguno en plagiar lo que los historiadores de la Filosofía adjudican al sofista renombrado y redomado, quien aseveró casi veintiséis siglos antes lo idéntico que él argumentaba, que: nada existe; si algo existiera, sería incognoscible; si algo existiera y fuera cognoscible, sería incomunicable, pues no hubo, ni hay, ni habrá palabras para dar cuenta de lo que es inefable, o sea, que la verdad apodíctica no existe, porque no puede ser expresada con vocablos. Él siguió sosteniendo el mismo sofisma por doquier, pero en Atenas le vieron los agujeros a su colador; y allí su crédito terminó hecho añicos. ¿Nadie había caído en la cuenta hasta entonces de que su tesis, amén de cojear, flojeaba, porque ese razonamiento servía también para echar por tierra su argumentación, ya que, si la verdad no existe, la suya no puede ser una excepción a dicha regla?
Recientemente, alguien ha comentado en un sarao o reunión social que en un mentidero escuchó afirmar a Orgías que el ser humano ha sido la especie que ha triunfado sobre las restantes que existen sobre la faz del planeta azul, la Tierra, porque los miembros del homo sapiens hemos sido capaces de creer en entidades que no existen, verbigracia, el amor (y la expresión “por el interés, te quiero, Andrés”, es la prueba fehaciente que apoya o sirve de fuste a dicho axioma), la empatía, el respeto y la solidaridad, entre otras engañifas o ensoñaciones.
Quien haya escuchado referir lo dicho y se haya llevado a los ojos las quinientas páginas de “Sapiens. De animales a dioses: Breve historia de la humanidad” (2011), el ensayo de Yuval Noah Harari, puede que haya colegido o deducido esto: pues, mutatis mutandis, algo parecido sostiene el profesor de Historia de la Universidad Hebrea de Jerusalén, que los hombres nos hemos hecho dueños y señores del mundo porque hemos creído en cosas que no existen, como los derechos humanos, el dinero, los dioses o las naciones, entes ficticios, que nos han permitido, gracias a los grandes acuerdos a los que hemos llegado, siguiendo al pie de la letra la teoría de Jürgen Habermas de la acción comunicativa, conformar coaliciones planetarias.
Lo que nadie puede discutir son los hechos. El ensayo de Harari se ha divulgado, durante una larga década, por el orbe entero, y él se ha convertido en un intelectual con tanto prestigio como proyección. Los 45 millones de ejemplares vendidos en los 64 idiomas a los que la obra ha sido traducida no son moco de pavo, sino un milagro contable y constatable.
Ahora bien, como no hay una realidad descollante sin el adversativo “pero” (“quien no tiene un pero tiene un manzano”, es frase que suele tener siempre en la punta de su mui mi querido hermano Eusebio, “Use”, pues la usa para dos ámbitos tan distantes como distintos, sea el tal pero un defecto, físico o moral, o un achaque de salud), no faltan los científicos que (¿será por envidia cochina?) dudan del rigor académico del autor israelí.
Así que cabe formular algunas preguntas (que llevan aparejadas o incorporadas su correspondiente y afilada puya lacerante, en el caso de que las susodichas, a modo de pullas lanzadas, den de lleno en el blanco o centro de la diana): ¿Y si tienen razón los autores que han puesto objeciones a cuanto Harari arguye? ¿Y si el autor israelí fuera otro fenómeno psicológico similar al del efecto doctor apócrifo Myron L. Fox?
En la década de los 70 del siglo pasado Donald Naftulin y sus colegas de la Universidad del Sur de California hicieron un experimento; presentaron una conferencia absurda sobre la presunta relación existente entre las matemáticas y el comportamiento humano. Eligieron para impartirla a un actor en un congreso sobre temas pedagógicos. Al terminar esta y el correspondiente turno de preguntas, se les pidió a quienes asistieron como público, integrado por psiquiatras, psicólogos y trabajadores sociales, que rellenaran una encuesta.
Naftulin se limitó a hacer un breve resumen del espectacular currículum académico del conferenciante (aunque era falso, tanto como el conferenciante, el actor Michael Fox, quien había interpretado el papel del doctor Benson en la serie televisiva “Colombo”). La conferencia no tenía fuste, y estuvo jalonada de dobles sentidos, neologismos, incongruencias notorias, declaraciones insustanciales y contradicciones varias; sin embargo, tras tabular los datos extraídos de las respuestas dadas, el 85 % del público indicó que el material expuesto por el doctor Fox estaba bien organizado; el 70 % elogió el buen uso de los ejemplos propuestos y el 95 % encontró la conferencia inspiradora. ¡Chúpate esa yema del dedo, mojada en salsa mayonesa! Un notable alto, casi un sobresaliente.
Adatneconi anu se aínori atse. Si lee esto al revés, podrá entenderlo.
Ángel Sáez García