UN PÁRVULO ME SIENTO EN SU PRESENCIA
Confieso que esta tarde, nada más tomar asiento en la única silla disponible junto a mi mesa de trabajo (las demás están llenas de libros, periódicos y revistas varias), antes de empuñar el florete, mi BIC azul, y apoyar mi mentón sobre las falanges primeras del puño cerrado de mi diestra, he pensado que iba a ser una de esas quince o veinte al año, como mucho, durante las que, por hache o por be, no he conseguido cazar al vuelo o pescar sin anzuelo una idea sobre la que discurrir y poder trenzar luego mi habitual texto en prosa.
Apenas ha transcurrido medio minuto, cuando la liebre se ha soltado de donde estaba atada y ha saltado, es decir, ha ocurrido lo inesperado, o sea, he recordado (ignoro ahora mismo el porqué, de veras) un mediodía primaveral de no sé qué año, hace tres, cuatro o cinco, quizá, en el cenobio, junto al pozo, en el que fray Ejemplo había sufrido un esguince de tobillo al bajar las escaleras, y tenía apoyado su pie derecho sobre un cojín, encima de un taburete. Le he llamado por teléfono para preguntarle si rememoraba, como servidor, el día de marras. Desconozco si alguien o algo lo había enfadado (ahora que caigo en ello, puede que hubiera sido este menda, que, a veces, es canso o cargante como ninguna otra persona), porque he advertido que el timbre y el tono de su voz iban coloreados o teñidos de enojo o este nimbaba o sobrenadaba en su respuesta. Me ha contestado que no recordaba haberse hecho un esguince ni, menos aún, haber tenido que colocar el pie sobre un cojín encima de taburete alguno. De taburetes, no recuerdo ni uno solo, me ha confirmado (y, ha añadido con guasa, sin ser obispo).
Le he replicado que yo sí recordaba el hecho y le he dicho que iba a consultar las notas que tomé otrora en mi diario para ratificar o rectificar mi parecer, y he agregado que le volvería a llamar, culminado dicho trámite; porque, a veces, me ha acontecido que (por ese miedo que nos brota a algunos, el horror vacui, el horror al vacío, tendemos a rellenar los huecos o vacíos que advertimos en el puzle de nuestra memoria con la información esperada, que no siempre es la veraz, sino tergiversada o directamente falsa) suelo fundir datos de dos días en uno, y me quedo tan ancho, tan campante.
En mi diario apunté el diálogo aproximado que mantuvimos mi guía, maestro y mentor, y servidor aquel mediodía:
—Usted (al principio, en nuestras conversaciones, el abajo firmante usaba el voseo con él; con el paso del tiempo y el roce se impuso el tuteo), ¿es más partidario de comprender el mundo o de transformarlo?
—Perdona que sea tan franco contigo, pero tus preguntas cojean, esto es, son manifiestamente mejorables (ahora bien, para ser justo, adiciono enseguida, el siguiente paréntesis: no hay que descartar que mis respuestas también lo sean). Si por mundo consideras el convento, acepto responder a la cuestión que me has planteado. Para poder transformar el orbe, el cosmos, hay que empezar por el microcosmos. Y es requisito necesario, imprescindible, o condición sine qua non, llegar a comprenderlo en su totalidad primero para empezar luego a metamorfosearlo por partes, para proceder a tomar medidas para optimizarlo, claro. Porque, para empeorarlo, cualquiera vale.
—Tengo la impresión refractaria de que usted todo lo hace bien o muy bien. Tiene unas inteligencias, porque a usted le gusta pluralizar dicho término, extraordinarias, descomunales. Un párvulo me siento en su presencia.
—Pues, hazme caso y sigue así; cultivándolas sin descanso y crecerás. Quien se siente superior a los demás suele ser un necio redomado, un apestoso creído.
—Por cuanto hace y cómo lo hace, su resultado inmejorable, ¿es usted un sabio del Renacimiento en pleno siglo XXI, otro polímata como Leonardo da Vinci?
—Funjo en el convento muchos papeles, pero acaso sea mi mayor talento aparentar o fingir que acarreo conmigo muchos dones. Reconozco que he tenido la tentación, echando mano de la ironía, de contestar que sí, que soy ese genio del que hablas. Ahora bien, imagina que escribes un día a propósito de este coloquio y que olvidas advertir al lector de que tu maestro y mentor solía hacer uso de la figura literaria susodicha, ¿cómo quedaría tu guía? ¿Cómo el soberbio que no es?
Ángel Sáez García