¿EXISTE UNA PREGUNTA QUE SE ITERE?
¿POR QUÉ TE ESFUERZAS TANTO, SI NO COBRAS?
¿¡QUÉ NECESIDAD TIENES DE EXIGIRTE!?
Hoy, miércoles 19 de febrero de 2025, dedico este texto a mi dilecto amigo Luis de Pablo Jiménez, porque cumple años; ergo, ¡muchas felicidades! Y, además, tengo un recuerdo especial para uno de mis escritores preferidos, Umberto Eco, que murió tal día como hoy, hace nueve años.
Hay una pregunta, expuesta de diversas maneras, que con cierta frecuencia la gente me formula. Antes de proceder a enunciarla o plantearla, considero distintivo y pertinente reparar, si no en la totalidad, pues esto acaso devenga un reto imposible de lograr, en el grueso de ellas, y, asimismo, preceptivo repasar mentalmente algunas de las tales y agrupar la mayor parte en una, la que dé cuenta de la adicción que resulte, debido a la rica pluralidad de matices o prismas, suma de las perspectivas peculiares o singulares con las que cada quien que echó mano de la interrogación, esto es, cada sujeto particular, la realizó. Teniendo presente lo dicho y escrito arriba, me he decantado por trenzarla de esta guisa: ¿Qué necesidad tienes de urdir a diario un texto en prosa, si no cobras nada por culminarlo?
Dependiendo de un montón de circunstancias, unas veces opto por permanecer callado, y otras por darle a la mui y pronunciar estas pocas palabras: Si cobrara por ello, eso ya sería la caraba, o la repanocha, o miel sobre hojuelas.
Desconozco si el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de estos renglones torcidos ha escrito antes con alguna regularidad, o si lo ha empezado a hacer recientemente; ignoro, por tanto, si ha experimentado una, diez, cien o mil veces la impar impresión de satisfacción plena que deja y/o reporta al autor o hacedor de un escrito, en prosa o en verso, poner su firma bajo la última línea o verso de esa urdidura o “urdiblanda”. Si, a esa sensación placentera que queda impregnada en el intelecto y en la piel, le sumamos el ápice o pizca de orgullo que la acompaña o sigue su estela, la susodicha no tiene parangón, pues es incomparable con cualesquiera otros deleites humanos. Este menda, desde que porta una bolsa de ileostomía, hace más de cuatro lustros, no ha vuelto a hacer el amor con una fémina. Bueno, pues, mutatis mutandis, tal vez a servidor le pase lo mismo que a un invidente (sea cual sea su sexo), verbigracia, que la pérdida del sentido de la vista, en el caso propuesto, venga aparejada con la especialización y aun maximización del resto, los demás. A la pata la llana, que habiéndoseme cerrado uno de los grifos, el del coño, en la fuente del placer, intento saciar mi sed en otros caños, el de la creación literaria, por ejemplo. Confío, deseo y espero haberme explicado, aunque no haya faltado quien haya fruncido el ceño al ver escrita la voz coño, que define el Diccionario de la lengua española, DLE, así: “Vulva y vagina del aparato genital femenino” (que servidor alargaría con gusto así: “que desea ser frecuentada por el pene”; que define el susodicho de esta guisa: “Órgano masculino del hombre y de algunos animales que sirve para miccionar y copular”).
Dice el refrán español que no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, pues quien opta por la calle de “mañana” suele desembocar en la plaza de “nunca”. Si no recuerdo mal, eso mismo recomienda Charles Dickens en su “David Copperfield”: “My advice is, never do tomorrow what you can do today. Procrastination is the thief of time”. (“Mi consejo es: nunca hagas mañana lo que puedas hacer hoy. La procrastinación es la ladrona del tiempo”).
Hay mucha gente que se extraña cuando escucha, por primera vez, cuanto acostumbro a tener en la punta de la lengua y aducir, que estoy casado con la Literatura. Está claro, cristalino, que esa boda nunca acaeció, que esas nupcias, jamás de los jamases tuvieron lugar. Pero, desde hace quince años, al menos, nunca he faltado a la cita, a demostrar que la amo con admiración sin límites y devoción a raudales. Y que, ojalá, nunca aparezca en mi vida ese caco de apellido alemán y apetito voraz, el alzhéimer, que me arrebate ese sentimiento que es la causa y la quintaesencia de que aún siga aquí, dando guerra (pero usando como armas el humor y la ironía o el sarcasmo), entre mis congéneres vivos. Puede que unas palabras que leí otrora en “El nombre de la rosa” (1980), de Umberto Eco, logren expresar más cabalmente de lo que, aunque se esforzara lo indecible, pudiera hacer el abajo firmante: “¿Qué es el amor? Nada hay en el mundo, ni hombre ni diablo ni cosa alguna, que sea para mí tan sospechosa como el amor, pues éste penetra en el alma más que cualquier otra cosa. Nada hay que ocupe y ate más al corazón que el amor. Por eso, cuando no dispone de armas para gobernarse, el alma se hunde, por el amor, en la más honda de las ruinas”.
Ángel Sáez García