PERMITE LA AMISTAD LAS PULLAS MUTUAS
EL AFFAIRE QUEDÓ EN AGUA DE BORRAJAS
A mi amigo Pío Fraguas, porque hoy, Jueves Santo, 17 de abril de 2025, celebra su sexagésimo segundo cumpleaños; por ende, con cariño, de corazón, ahí van mis ¡muchas felicidades!
Allí donde me halle en compañía de otras personas, se trate de una biblioteca, durante la presentación de un libro ajeno o propio, de un mentidero o de una tertulia de café o casino, defiendo y mantengo la tesis personal (compartida o no con los presentes) de que, cuando los lazos de la amistad son firmes, casi casi irrompibles, esa relación no solo permite, sino que propicia o favorece, el lanzamiento mutuo de pullas con cierta frecuencia; dependiendo de la asiduidad del contacto, el susodicho exabrupto puede ser diario.
Verbigracia, mi amigo Pío Fraguas se mofa de mí, porque, tras llevar este menda tantos años trenzando textos, un día sí y otro también (ora en prosa, ora en verso), aún no he conseguido coronar una novela. Como si dicha labor o tarea fuera cosa de coser y cantar, o la historia principal y secundarias que contenga la susodicha se contaran y escribieran solas. Una relación de verdadera amistad depara estas coyunturas, que acostumbran a salvar a otros y a salvarnos, en las que las boutades u ocurrencias, ajenas o propias, están a la orden del día, en boga, permitidas, y los miembros de esa amistad fetén tienen que estar a la altura de las circunstancias espaciotemporales, ya que ninguno se puede enfadar, porque hacerlo, además, es contraproducente, por el inconveniente que acarrea o lleva aparejado, ya que has de desenfadarte para poder soportar estoicamente la segura salida de pie de banco que, dentro del grupo de amigos, puede brotar inesperadamente, nadie sabe dónde, e ir dirigida a esa diana que semejas tú.
Yo también suelo salir por peteneras, haciendo algún despropósito o diciendo alguna impertinencia, por ejemplo, esta: que quienes no han culminado una novela a la edad que tienen, ni lo harán en los años que les quedan por vivir, piensan que la cuestión de la urdidura de una novela consiste, poco más o menos, en esto, en ponerse delante de un folio en blanco y deslizar la punta del bolígrafo BIC azul; primero, formando líneas; luego, conformando con ellas párrafos; y, más tarde, componiendo con estos capítulos; consiguiendo completar así, en apenas un santiamén, la novela de marras; a la que no es necesario colocar la palabra fin para que esta esté terminada. Lo dejo escrito, negro sobre blanco, por ese latinajo, que a la gente le gusta tanto repetir: “finis coronat opus”, el fin corona la obra.
La novela puede ser una nuez que hay que abrir o cascar; acepto, de buena gana, que alguien pueda usar esa imagen metafórica para explicar su nacimiento, crecimiento y fallecimiento (y no miento a la hora de escribir cuanto escucho), pero ese menester no es fácil de llevar a cabo; no es como abrir o cascar una nuez, acción que culmina cualquiera con la herramienta adecuada. Para Camilo José Cela, verbigracia, la novela era una bolsa o saco en el que cabía todo o de todo. Ha habido infinitas maneras de componer o conformar una novela, pero, según columbro el caso, el asunto en cuestión, la novela la tienes que tener antes en la cabeza y luego en una pizarra o croquis que te sirva de guía. La novela es, inicialmente, un hecho o una idea que cazaste al vuelo o pescaste sin anzuelo; y, luego, para levantarla en pie, para erigir esa montaña humana, encaramas a unos personajes sobre los hombros de otros, que ejecutan ciertas acciones, principales y secundarias.
A mí, hoy, por ejemplo, me ha brotado en mi cacumen o caletre esta idea. Cómo hacer que aquello que no sucedió por un miedo insuperable, el que sufrió Margarita (voy a tener que releer “El maestro y Margarita”, la novela de Mijaíl Bulgákov, para inspirarme) a ponerle los cuernos a su marido, desbarató la novela que pensaba escribir sobre ese adulterio, tras haber habido entre nosotros (ella y yo) una relación epistolar concupiscente.
¡Cuántas veces habré estado, sin hallarme allí, por supuesto, en aquella habitación de hotel, cerca de la Estación de Sants, en Barcelona!, donde el magreo lascivo que hubo la tarde de la víspera no tuvo la esperada continuación y/o confirmación; o sea, el affaire anhelado y previsto fue abortado, quedó reducido a agua de borrajas o cerrajas a la mañana siguiente, porque Margarita decidió no acudir a la cita.
Ángel Sáez García