DIÁLOGO EN MI OFICINA AL AIRE LIBRE
CÓMO PUBLICITARTE POR EL MORRO
Esta tarde, mi amigo del alma y heterónimo más indagador e/o inquisitivo Emilio González, “Metomentodo”, no me ha encontrado en el lugar de costumbre, en la oficina al aire libre que tengo instalada (la monto y desmonto en un santiamén, como hacen los vendedores ambulantes que levantan o ponen sus tenderetes en un baratillo, en un visto y no visto) en el parque, sino unos doscientos metros más allá, por la simple razón de peso de que el banco asiduo (el hombre es un animal de hábitos, los vista o frecuente equis acciones a las mismas horas, como corona y cuando culmina esos fenómenos biológicos que tienen que ver con los ritmos circadianos; así que a mí no me ha extrañado escuchar cuanto he oído proferir hasta la saciedad en infinidad de ocasiones, que se es bueno por costumbre, más que por cultura ética, y limpio por el mismo motivo, más que por envergadura o estatura estética) portaba hoy un cartel avisando al posible usuario de que estaba “recién pintado”, al que este menda ha considerado pertinente agregar otro para que él, Emilio, mi amigo, supiera dónde hallarme, indicando la dirección elegida por servidor, el sentido tomado.
—Buenas tardes, Otramotro —me ha saludado, nada más llegar a mi lado.
—Buenas sean, Metomentodo.
—Supongo que tú no has sido el artífice de la faena.
—¿Te refieres al quehacer de la pintura o del segundo cartel?
—A la labor de la pintura con el oportuno color marrón madera.
—No, de esa no. Sí, insisto e itero, del segundo cartel; he aprovechado el que había aquí puesto, porque este, pintado antes, se había secado ya, cuando he llegado. Y he regresado al ordinario para darte pistas sobre dónde me hallaba.
—¿Qué haces? ¿Intentando demostrar que más vale que sobre que no que falte?
—No. En todo caso, que vale más que haya una idea sobre la que poder discurrir o disertar a que no la haya. Y eso es tan válido aquí, como ahí y/o como allí, si esos adverbios de lugar coinciden con la villa de Algaso, con la población de Cabrenago o con la localidad de Allo (que, cuando le echo un vistazo al mapa de Navarrioja, la hallo cerca de Estella).
—¿No me dijiste el otro día que tenías más de quinientos textos (entre los urdidos por ti en prosa o en verso) sin publicar subidos ya a tu bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro?
—Así es.
—¿Y puede saberse para y/o por qué?
—Puede. Ya sabes que a mí me pone un montón pasar inadvertido, poder callejear o pasear sin ser conocido ni molestado, pues no me peta darme pisto, postín, pote o tono. Ahora, mientras estoy vivo, me conformo con que me lean tres docenas o trescientas, pero, cuando haya muerto, me apetecería (ya sabes que es coña marinera) seguir viviendo en mis textos, o sea, que me leyeran cuantos lectores (ellas, ellos o no binarios) merezca que lo hagan, cuantos más, mejor; que, en realidad, acaso sean bastante más de los que me creo digno; ¡qué chasco!, sí. Y es que los escritores somos una especie aparte, unos ególatras de manual, de tomo y lomo, a más no poder. Y, regularmente, solemos creernos más de lo que somos, y valer más de lo que valemos en realidad.
—Entonces, ¿qué pretendes? ¿Qué algún periodista de la sección de cultura se entere de tu caso, y escriba un artículo, epatado, de ti, que, hasta muerto, sigues publicando a diario textos en tu blog desde ultratumba, y eso favorezca que sean varios cientos más los lectores que te lean?
—Pues, sí; eso, poco más o menos, si no es mucho pedir.
—¿Y no crees, modesto, que eso es una muestra más de que tienes el ego subido?
—Seguramente, sin duda; pero, colijo, no sé si de manera acertada o errada, que, al estar muerto, los críticos serán más condescendientes conmigo, menos severos.
—Pues no está mal visto. ¿Sabes lo que solía decirme mi padre de ti, siendo conocedor de nuestra inquebrantable amistad?
—Puede que algo parecido a lo que me argüía mi progenitor, amigo inseparable del tuyo.
—Que tenías, como tu padre, más concha que un galápago viejo, o sea, un quelonio, esto es, una tortuga, de lenta movilidad y talento, pero segura.
—Mejor no haberlo oído, porque los encomios me suelen sonrojar y son escasamente didácticos. Todos tendemos a arrimar el ascua a nuestra sardina, o viceversa, y a sacarle el máximo partido o provecho al statu quo, al actual estado de cosas y casos, casas y cosos.
—Es una perspicaz o sutil manera de que alguna editorial se interese por tus textos y decida publicarlos, ya que tú no te has decantado por hacerlo aún con ninguno. Y una estupenda forma de publicitarte sin gastar un euro. ¡Qué cuco!
Ángel Sáez García