PARA HACER EL AMOR SOLO HAY DOS REGLAS
Ciertamente, en este mundo hay gente para todo; y, habiendo dejado sentado esto, puedo aseverar cuanto me consta, de modo fidedigno, que a unas personas les gusta fantasear, a otras filosofar, a otras contar, a otras…, y a otras, como al abajo firmante, verbigracia, hacer las tres acciones mencionadas más las omitidas (no a la vez, porque acaso eso sea pensable, mas imposible, pero sí una detrás de otra, cruzando o entretejiendo, de modo alternativo, esos tres o más ramales, formando una trenza). Diré más; a mí me agrada o peta ver y oír cuanto imagino, tal cual, y apuntarlo (sin disparar, claro) o apuntalarlo en mi cuaderno de notas, siempre que ese asiento lo considere precipuo o principal, con mi proverbial BIC azul.
A veces, tengo la sensación renuente, inobjetable, de que, salvo el director, el encargado y varias camareras y limpiadoras de habitaciones, del personal del hotel tinerfeño al que acudo, regularmente, al final del estío (por una razón de peso, es más barata la estancia), desde hace diez o doce años, a pasar mis vacaciones veraniegas, el único sujeto que es fijo, durante los quince días que suelo pasar allí, soy yo.
Las anécdotas que he vivido en las instalaciones de dicho alojamiento (cuyo nombre no menciono, por el mismo motivo que Cervantes dejó en el tintero u ocultó a sus lectores el de la villa manchega donde residía su inolvidable personaje literario, don Quijote, para que todos crean que me refiero a ellos, y, por ende, se den importancia, pote, pisto, postín o tono) son variopintas, de todo tipo. Como tengo la costumbre de anotar todo lo significativo o relevante, para que no se me olvide un detalle o pormenor crucial, cuando me da por releer cuanto dejé apuntado en mi cuaderno, referente a mis distintas estancias allí, y vuelvo a rememorar cuanto escribí otrora, me llevo gratísimas sorpresas, por el mero quid de que esos santos se me habían ido al cielo.
Procedo a narrarte, atento y desocupado lector (ora seas o te sientas ella, ora seas o te sientas él, ora seas o te sientas no binario) de estos renglones torcidos, una peripecia de la primera vez y noche que me hospedé allí. Llevaba varias horas en la cama (el viaje, primero en tren y luego en avión, junto con la tensión de los traslados, había sido agotador), descansando en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, durmiendo a pierna suelta, cuando me despertaron los ruidos ocasionados u originados por los huéspedes que ocupaban la habitación contigua (las paredes de estos establecimientos suelen ser tan estrechas que se escucha, si no todo, casi todo lo que se dice en voz alta). Ella, una vez que me desperté, le decía a él:
“—Sé un hombre o, en su defecto, un superhombre (y dije para mis adentros, la fémina, seguramente, también ha leído a Friedrich Nietzsche). Sé firme como mi propósito (no profirió “tu”, o sea, que ella tenía más ganas de sexo que él), y compórtate como una piedra (se abstuvo de mencionar lo obvio, o sea, que no se usara como arma arrojadiza, sino penetrante; le ordenó de manera imperativa a él; al menos, eso es lo que deduje, para que su dedo sin uña se le pusiera tieso y duro como el pedernal —enhiesto, como el mástil metafórico, además de otros tropos: surtidor, lanza, chorro, flecha o saeta, mencionados, asimismo—, con el que Gerardo Diego tuvo a bien designar al señero ciprés de Silos)”.
Bueno, pues, según colegí, porque no vi, solo oí, ella se puso de rodillas cuando él le rogó que lo hiciera así, de hinojos; pero no fue para fregar el suelo de la estancia (si no recuerdo mal, fue Betty Friedan, la escritora estadounidense, autora de “La mística de la feminidad” (1963) y defensora de los derechos de las mujeres y de la igualdad de género, quien popularizó la reivindicación feminista de que ninguna mujer había tenido un solo orgasmo limpiando, arrodillada o sin arrodillarse, el suelo de la cocina, o abrillantando el parqué o terrazo del pasillo de una casa, propia o ajena). Cuando ambos lograron lo que buscaban, el propósito compartido, que la dureza, como la de la piedra, fuera un hecho inconcuso, él le pidió que se pusiera a cuatro patas sobre la cama. Y, así, en dicha posición, pero puede que la cambiaran (yo no estaba presente en esa habitación, sino en la de al lado), los dos disfrutaron de lo lindo, según inferí, por los sonidos inarticulados que emitieron, que no quisieron acallar o no pudieron silenciar (supongo que no esperaban que quien ocupaba la pieza inmediata, sin querer queriendo, como solía decir El Chavo del 8, les estuviera escuchando cómo gozaban), obteniendo, primero ella y luego él, sendos orgasmos.
Nota bene
Yo pensé, de madrugada, que eran cónyuges, pareja. Pero al día siguiente, por un comentario que oí entre camareras de piso, o kellys, o quelis, me enteré de que no, de que ella era singular, como yo, la persona hospedada (o sea, una de dos, o que la fémina había contratado los servicios de un gigoló o prostituto, o que había quedado para follar con alguien de Tinder u otra aplicación de citas o eroskikis). A mí me dio por recordar los ocho primeros versos, ergo, los dos cuartetos, del soneto de Francisco de Quevedo y Villegas, titulado “Desengaño de las mujeres”:
“Puto es el hombre que de putas fía,
Y puto el que sus gustos apetece;
Puto es el estipendio que se ofrece
En pago de su puta compañía.
“Puto es el gusto y puta la alegría
Que el rato putaril nos encarece;
Y yo diré que es puto a quien parece
Que no soy puta vos, señora mía”.
Como colofón, anoté esta verdad incontrovertible, apodíctica, en mi cuaderno de notas: No existen más que dos reglas para hacer el amor (stricto sensu, tener sexo): 1.- Tener ganas y con quién (aunque no falta quien, estando a solas, o sea, solo con su prolífico magín, se las basta); y 2.- Pactar cómo hacerlo.
Ángel Sáez García