¿DIALOGAN ENTRE SÍ LOS EJEMPLARES
COLOCADOS EN FILA EN UNA BALDA?
A Juan Carlos, porque el pasado martes, cuando estábamos comiendo en el tudelano restaurante “Pichorradicas”, su hermano Luis de Pablo nos comentó a quienes compartíamos mesa con él, Luis Quirico, José María (“Mari”) y servidor, que hoy, domingo 8 de marzo de 2026, el susodicho cumplía años. Así pues, junto con la dedicatoria de este escrito en prosa, ahí van mis ¡muchas felicidades!
Sostengo la tesis de que los libros colocados, uno tras otro, en un anaquel, que enseñan al posible lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) sus respectivos lomos, charlan entre sí (acaso convenga aclarar que lo hacen los personajes literarios de esos volúmenes concretos). Tienen la virtud de establecer esos coloquios incluso los que están más alejados en el espacio, el primero y el último de la corta o larga fila, verbigracia, porque las tapas y las páginas de esos ejemplares, en lugar de entorpecer el hecho o impedirlo, lo permiten y propician. Ahora bien, está claro, cristalino, que, si se hallan el uno junto al otro, el diálogo entre ellos es más fluido.
—¿Acaso miento? —pregunta Eusebio Arteaga Piérola, fray Ejemplo, personaje de “Algaso”, título del quinto libro de la balda.
—No, no lo hace —contesta Ángela Carballino, narradora de “San Manuel Bueno, mártir”, quien cuenta la vida del venerable párroco de Valverde de Lucerna, de quien desvela su secreto más íntimo: cree que la vida de ultratumba es una entelequia, rótulo del noveno volumen del estante, comenzando a contar por la izquierda.
Nada más colocar el punto y aparte de ese breve diálogo del presente texto en prosa, que acababa de rematar, me he dado cuenta de que había recibido en una de las dos direcciones de correo electrónico que más utilizo, este email o “emilio”:
“Te parecerá mentira, Otramotro, pero he tenido la sensación de que, mientras leía la urdidura o ‘urdiblanda’ que titulaste Si la vida es un chispazo entre dos nadas,…, publicada hace pocas fechas en tu bitácora de Periodista Digital, esa misma pieza literaria he soñado que la trenzaba yo, durante un episodio onírico que he tenido la pasada noche, mientras dormía.
“¿Tú también la soñaste y la escribiste al despertar?
“Te agradece de antemano lo que deseo y espero, tu respuesta,
“Marisol”.
Como la pregunta formulada por Marisol la he considerado cautivadora, sugerente, he decidido darle oportuna satisfacción y le he contestado lo que sigue:
Acaso pienses que cuanto te escribo es un embeleco, Marisol, pero he soñado esta noche, mientras dormía a pierna suelta, que no eran los habituales y mullidos brazos de Hipnos, ni, en su defecto, los de su hijo Morfeo, los que favorecían y velaban mi sueño, sino los tuyos.
Yo creo que había tenido una bajada repentina de tensión, me había dado un jamacuco y había caído al suelo de la calle por la que deambulaba. He recobrado el conocimiento entre tus brazos y, aunque me había dado un buen trompazo, me hallaba en la misma gloria, feliz.
Mira que he escrito sobre sueños que he tenido (estuviera despierto o dormido, fueran estos anhelantes u oníricos), pero nunca, hasta leer tu interrogante, había pensado en la posibilidad factible, no quimérica, de que hubiera un banco o cardume/n de sueños. Sin embargo, me ha dado por colegir o deducir lo lógico y normal: si existe un banco de libros y un majal de periódicos, que llamamos biblioteca y hemeroteca, también es probable que haya, oculta a los ojos de los mortales no iniciados (como estaba en la biblioteca de la abadía medieval de “El nombre de la rosa”, imaginada por Umberto Eco —de quien el pasado 19 de febrero, misma fecha del cumpleaños de uno de mis mejores amigos, Luis de Pablo Jiménez, se cumplió una década cabal de la defunción del afamado semiólogo, filósofo y escritor italiano—, el segundo libro de la Poética de Aristóteles, sobre la comedia, la sátira y la risa), una “hipnoteca”.
Nota bene
¿Y si, grosso modo, lo escrito por Marisol apareciera en un libro, aún sin título, pero de reciente publicación, y lo trenzado por este menda en otro, de similares características, y ambos ya tuvieran un lugar reservado y, por ende, lo esperaban ocupar pronto, en la hilera incompleta de cierto estante? ¿Se extrañaría de ello el atento y desocupado lector de estos renglones torcidos? ¿Cuántas cosas vimos, vemos y veremos que, a pesar de nuestros ímprobos esfuerzos intelectuales, no entendimos, ni entendemos, ni entenderemos?
Ángel Sáez García