El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¿Qué huella habrás dejado aquí, en el orbe,…?

¿QUÉ HUELLA HABRÁS DEJADO AQUÍ, EN EL ORBE,

CUANDO LLEVES UN SIGLO HECHO CENIZAS?

Planteo la pregunta, aunque le estorbe, hasta sin emitir una palabra, al que está al otro lado del espejo, que se limita a ser mi fiel reflejo, que denominan otras/os copia o sosia/s.

Aunque lo desconozco, aventuraré cuanto barrunto, intuyo o sospecho, que usted, atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos habrá escuchado disertar alguna vez a alguien en torno a las dos muertes de un ser humano; la primera, provisional, ocurre cuando falleces, y la segunda, definitiva, sucede cuando ningún vivo te recuerda.

Seguramente, la pregunta que recogen los dos endecasílabos que conforman el rótulo de este texto está relacionada o guarda alguna concomitancia o paralelismo con el poema titulado “Leer, leer, leee, vivir la vida”, de Miguel de Unamuno, que, mientras procedía esta mañana a afeitarme, he remembrado que les recité entero a la doctora y a la enfermera de Maxilofacial que, hace diez días cabales, el pasado 1 de abril de 2026, me escucharon con suma atención; y la experta o perita en dicha especialidad médica me intervendrá el próximo lunes 13 (esto lo redacto con mi habitual herramienta, el bolígrafo BIC azul, sobre medias cuartillas amarillas, el sábado 11, evidentemente), en la misma consulta del Hospital “Reina Sofía” (HRS), de Tudela. En concreto, lo hace con los cuatro últimos versos (dos endecasílabos y dos heptasílabos, que riman en consonante entre sí), pues son los que rematan el mismo: “Leer, leer, leer; ¿seré lectura / mañana también yo? / ¿Seré mi creador, mi criatura, / seré lo que pasó?”.

Uno, aunque se pase la mañana haciendo conjeturas, suposiciones, elucubrando, especulando, desconoce qué quedará de cuanto ha escrito, si es que queda algo: ¿Una décima o un soneto? ¿Un relato o un ensayo? ¿Seré lo que pasó sin dejar poso? ¿Aún se considerará un texto de enjundia y peso aquella interviú que le hice a Dios, y nadie sabe a ciencia cierta, ni siquiera la propia divinidad, de la que se tiende a predicar que es omnisciente, si esta fue veraz o fingida?

Hace una semana justa, consulté qué información había en la Wikipedia sobre el historiador económico italiano Carlo Cipolla, que recibió el premio Balzan en 1995. Bueno, pues apenas hallé una sucinta referencia a sus cinco leyes básicas sobre la estupidez humana, el segundo ensayo que aparece en su obra “Allegro ma non troppo” (1988), al que cabe hacer algunas objeciones. Por ejemplo, Cipolla distingue cuatro categorías de personas (dependiendo de si sacan provecho de sus acciones él y los demás o se ven dañados él y los otros por ellas; él, sensu stricto, habla de beneficio propio y ajeno, y de perjuicio propio y ajeno): inteligentes, malvados, estúpidos e incautos. Tengo para mí que, salvo Trump, imbécil redomado, no hay seres así, fijos, de una sola pieza, como los presenta Cipolla, sino que todos hemos transitado alguna vez por las cuatro. Todos hemos sido alguna vez estúpidos (y me permito pronosticar, sin apenas dejar margen al error, que quien no lo haya sido todavía lo será), pero, al aprender de nuestros errores, hemos evolucionado y pasado a otro cuadrante del cuadrado cipollano, al de los inteligentes.

      Prima nota bene

Ignoro cómo fue la relación que mantuvo el historiador económico italiano Carlo Cipolla con su padre Manlio; si esta fue buena y aun estupenda o, al contrario, mala y hasta peor, pésima. Insisto, la desconozco. Ahora bien, como muchos suelen pensar que, tras la mayúscula M. de su supuesto segundo nombre de pila, que no hubo tal, se halla el nombre de Maria, me permito aventurar qué pudo ocurrir con la susodicha; en plata, tres cuartos de lo mismo que me pasó a mí, que opté por nombrar a fray Ejemplo, personaje literario al que le tengo un cariño especial, con el de mi padre, Eusebio, y apellidarlo con los primeros de dos de mis educadores en los tres últimos cursos de la extinta Educación General Básica, EGB, de Sexto a Octavo, en Navarrete (La Rioja), durante mi adolescente experiencia del cielo, edén o paraíso en el planeta azul, la Tierra, los de los religiosos camilos azquetanos Jesús Arteaga Romero y Pedro María Piérola García. Por tanto, la explicación puede estar en que un día le apeteció recordar y hasta hacer un pequeño homenaje a su progenitor y adoptó la letra inicial de su nombre de pila, Manlio. Esa es una posibilidad (no sé si digna o no de aplauso), que lanzo al ruedo, sin tener un argumento de peso que apoye su certeza, ni siquiera su verosimilitud.

Secunda nota bene

No olvido algo que aprendí en las clases (y el libro) de Anatomía que nos impartió otrora a mis compañeros y a mí el catedrático José Escolar, allá por 1982. Una hija suya pintaba (de casta le venía al galgo hembra el ser rabilargo) incluso mejor que él. Él dijo (y dejó escrito) que la inteligencia humana cabe demostrarla mediante el uso de las manos (aunque, como toda regla tiene su excepción, he visto pintar con los pies tan bien como con los dedos de las extremidades superiores). Eso lo vino a probar, de manera fehaciente, la doctora que me intervino el pasado lunes, 13. Me limito a mencionar que la primera sílaba de su primer apellido coincide con la primera del de Cipolla y, evidentemente, a darle las gracias por el trabajo realizado, inmejorable.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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