El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Una acumulación de ene apariencias

UNA ACUMULACIÓN DE ENE APARIENCIAS

ES “EL QUIJOTE”, ENTRE OTRAS MUCHAS COSAS

Está claro, diáfano, y/o es evidente que la inmortal obra de Miguel de Cervantes, según el criterio que se dispone a defender y sostener el abajo firmante en estos renglones torcidos, Otramotro, es, amén de otras muchas cosas, una interminable acumulación, adición o sucesión de incontables o innumerables apariencias. En ella cabe advertir un montón de casos y cosas que parecen que son la fetén, pero no son la realidad pura y dura. En la citada e imperecedera obra se finge tanto, un personaje funge, a su vez, de otro/s personaje/s, hay tal juego de espejos, que a nadie que lea atentamente la novela le extraña que la verdad que subyace en ella, acostumbre a saltar por los aires, hecha bomba japonesa (rellena de chuches o golosinas) o añicos (sin efectos colaterales, o sea, sin daños ni su diminutivo, dañicos). Al autor alcalaíno le gusta descubrir ese mencionado juego al desocupado lector de múltiples o variopintas maneras.

Eso se ve en muchos capítulos de dicha obra, pero si hay uno, en concreto, donde se trasluce, de manera explícita, manifiesta, la tesis que acaba de aducir este menda, es en el XLIV de la Segunda parte, que lleva el siguiente encabezamiento: “Cómo Sancho Panza fue llevado al gobierno, y de la estraña (sic) aventura que en el castillo sucedió a don Quijote”.

En el primer párrafo del susodicho capítulo (que no transcribo entero para no tener que llenarlo de apostillas distintivas o escolios pertinentes) leemos esto: “(…) en esta segunda parte no quiso ingerir novelas sueltas ni pegadizas, sino algunos episodios que lo pareciesen (aquí el verbo no huelga, sino que viene como alianza al dedo anular, a cuento), nacidos de los mesmos sucesos que la verdad ofrece, y aun estos limitadamente y con solas las palabras que bastan a declararlos; y pues se contiene y cierra en los estrechos límites de la narración, teniendo habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del universo todo, pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir”.

Cervantes tuvo en cuenta las críticas recibidas, las que los numerosos lectores habían formulado o hecho a la primera parte, la publicada en 1605; y como tenía tanta y tan abigarrada experiencia, que, desde que el mundo es inmundo, o sea, desde siempre, es madre y maestra de toda ciencia, y esta lo hizo, amén de ducho, inteligente, esas censuras o circunstancias afeadas le sirvieron para extraerles el máximo jugo, partido o provecho y, de este modo, mejorar la redacción de la segunda parte (como también contribuyó a ello, de modo decisivo, su falsa continuación, la aparición de “El Quijote” apócrifo de Alonso Fernández de Avellaneda, nombre fingido) de su obra, pero, como el propio hacedor se encarga de aleccionarnos en el citado capítulo, apenas unas líneas más abajo, entre guiones —“que no puede haber gracia donde no hay discreción”—, lo hizo mofándose de todo quisque, hasta de sí mismo. Decir o escribir que Cervantes es un hacha o lince en lo suyo, su negociado, es una perogrullada, no es aseverar algo nuevo, insólito, inédito, pero, si nos fijamos en cómo remata su primer parágrafo, acaso entresaquemos algo original o en claro: pide que no se minusvalore su labor y hasta que se le encomie “no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir”. Lo que, si lo analizamos, es la repanocha o un dislate, un disparate en toda la regla, como el comienzo del mismo párrafo, con el lío de autores de la supuesta historia, no mera suma de hechos mendaces, ficticios. Esas mismas palabras, mutatis mutandis, las aduce en la actualidad un cirujano a los allegados o familiares más cercanos de un paciente que requiere ser operado con urgencia (y acaso la intervención lleve aparejada cierto riesgo de muerte, pero a quien le corresponde firma el consentimiento, por el bien que puede reportar la cirugía a su deudo), y ya puede correr, porque, si lo cogen, lo… descalabran. Cómo no se iban a reír los lectores de la obra en su tiempo, recién publicada, si el conjunto era y es tan hilarante, además de tan serio (como luego vieron más los lectores extranjeros que los patrios en los siglos posteriores, XVIII y XIX, sobre todo).

Ciertamente, la obra es un diuturno y plural juego de espejos, abominables para Borges (y me apostaría, doble contra sencillo, a que todo lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, que se haya llevado a los ojos o a las yemas de sus dedos, sí, en concreto, quienes hayan aprendido a leer en braille, su narración titulada “Tlön, Uqbar, Orbis Tertuis” ese hecho le consta), junto con la cópula, “porque multiplican el número de los hombres”, pero desopilante o desternillante para los lectores de “El Quijote” verdadero, aunque este sea un montón de mentiras, que esconden, como si fueran nueces, un acervo de verdades sin cuento dentro de sus cáscaras, entre sus líneas.

El duque y la duquesa (y sus sirvientes, por supuesto) son unos coñones o zumbones de marca mayor. Se hacen con los consejos que don Quijote le había primero dicho y luego escrito a Sancho, para que algún letrado se los leyera si hiciera falta; y, una vez los conocen, ya han preparado una nueva jugarreta o travesura para troncharse de la risa con los que, de modo inesperado, les van a sorprender gratamente, por su ignoto ingenio.

Para no cansar al lector, me limito a transcribir, a continuación, una muestra inobjetable, irrebatible e/o irrefutable de lo defendido y sostenido en la tesis que dejé expresada, negro sobre blanco, arriba, a fin de honrar y rememorar a uno de mis guías y maestros preferidos, fray Ejemplo, que solía poner siempre uno, aleccionador, clarificador:

“Acaeció, pues, que el que le llevaba a cargo era un mayordomo del duque, muy discreto y muy gracioso —que no puede haber gracia donde no hay discreción—, el cual había hecho la persona de la condesa Trifaldi con el donaire que queda referido; y con esto, y con ir industriado de sus señores de cómo se había de haber con Sancho, salió con su intento maravillosamente. Digo, pues, que acaeció que así como Sancho vio al tal mayordomo, se le figuró en su rostro el mesmo de la Trifaldi, y volviéndose a su señor le dijo:

“—Señor, o a mí me ha de llevar el diablo de aquí de donde estoy en justo y en creyente, o vuestra merced me ha de confesar que el rostro deste mayordomo del duque, que aquí está, es el mesmo de la Dolorida.

“Miró don Quijote atentamente al mayordomo y, habiéndole mirado, dijo a Sancho:

“—No hay para qué te lleve el diablo, Sancho, ni en justo ni en creyente, que no sé lo que quieres decir: que el rostro de la Dolorida es el del mayordomo, pero no por eso el mayordomo es la Dolorida, que a serlo, implicaría contradición muy grande, y no es tiempo ahora de hacer estas averiguaciones, que sería entrarnos en intricados laberintos. Créeme, amigo, que es menester rogar a Nuestro Señor muy de veras que nos libre a los dos de malos hechiceros y de malos encantadores.

“—No es burla, señor —replicó Sancho—, sino que denantes le oí hablar, y no pareció sino que la voz de la Trifaldi me sonaba en los oídos. Ahora bien, yo callaré, pero no dejaré de andar advertido de aquí adelante, a ver si descubre otra señal que confirme o desfaga mi sospecha.

“—Así lo has de hacer, Sancho —dijo don Quijote—, y darásme aviso de todo lo que en este caso descubrieres y de todo aquello que en el gobierno te sucediere”.

Nota bene

Al atento y desocupado lector de estas líneas heteróclitas, solo al que haya llegado hasta aquí, haya leído una o varias veces “El Quijote” auténtico, fetén o verdadero, o ninguna, le propongo este desafío, que relea o lea con ojos limpios, libres de prejuicios, la inmortal obra cervantina. ¿Para qué? Para que se sorprenda o vuelva a admirarse grata y morrocotudamente. Y ese asombro le lleve a ponderar, como merece, con su cabal juicio, la importancia de la imperecedera novela, donde cabe hallar un pozo en el que con cada nuevo pozal de agua que se saque de él, cada nueva lectura, quepa encontrar cuanto acarrea dentro de él, perfilada, pergeñada, una nueva novela que se escribirá en el futuro. Me atrevería a decir que todas, pero acaso este menda peque de avilantez y/o sea un adicto a la hipérbole.

Una vez haya coronado dicho desafío, le propondré otro reto, que el mismo tiempo que haya dedicado a pasar su vista por la narración del alcalaíno lo invierta en desentrañar o averiguar los entresijos de la realidad actual que lo circunda. Puede que, tras llevar a cabo dicho plan, advierta lo mismo que descubrió servidor, o llegue a otras conclusiones, tan válidas como a las que arribaron quienes son considerados por la opinión pública y la publicada entendidos o expertos en dicho menester. Verbigracia, que Cervantes fue un magnífico fotógrafo de los tiempos que vivió, hasta sin haberse inventado aún la fotografía, o un estupendo profesor de anatomía en una clase que era y no era sala de disección. Exploró y explotó la conexión que había entre lo que es y lo que aparenta o parece ser, entre el que es y el que finge ser o funge de lo que no es. El mismo mundo de apariencias que el autor nacido en Alcalá de Henares diagnosticó y difundió en su “Quijote” acaece ahora, como si realmente existiera el eterno retorno nietzscheano. Ahora, mutatis mutandis, como entonces, uno escucha qué dicen algunas personas y se da cuenta de que sus actos desmienten, uno tras otro, velis nolis, sus discursos, como si viviéramos un déjà vu, un 2 de febrero en Punxsutawney (Pensilvania), dentro de un filme, el “Día de la marmota”, dirigido por Harold Ramis. En definitiva, el rótulo y el subtítulo que he elegido para un soneto que hoy o mañana escribiré: ¡Cuánta verdad contiene la mentira! ¡Cuánta mentira a la verdad rodea!

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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