El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

El ser humano es un intransigente

EL SER HUMANO ES UN INTRANSIGENTE

Y UN COLADOR COLÁNDOSE A SÍ MISMO

Dijo a propósito y también dejó escrito oportunamente, negro sobre blanco, el padre de la teoría de la relatividad, Albert Einstein, que fue galardonado con el prestigioso Premio Nobel de Física en 1921: “¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”. Grosso modo, esa parece ser la hebra del hilo del que tiró el anatomista japonés jubilado Takeshi Yoro para escribir “El muro de la ignorancia”, en el que sostiene su tesis de que todos los seres humanos somos enormes depósitos de datos, de información acopiada, pero un “muro invisible” de deshonestidad intelectual, intransigente, impide que nos entendamos y logremos que ese trasvase de tesoros de datos fluya, tenga lugar, que esa interacción nos beneficie a todos. Ese muro no está hecho de ladrillos y cemento, sino de prejuicios (qué difícil resulta desprenderse de ellos, verdaderas lapas, cepillárnoslos de la ropa intelectual que nos viste) y de oídos sordos, pues todo aquello que escuchamos decir al prójimo y no encaja con el edificio doctrinal que hemos levantado, lo desechamos, al no catalogarlo obras, sino sobras, basura.

Pero, como en el cerebro del más sabio, como acertó a ver Aristóteles, cabe encontrar un rincón o recoveco para que allí halle acomodo la insensatez, Yoro (que no me extraña que llore, como hacemos por varios motivos, por impotencia también, sus congéneres) no se libró de ser estúpido, condición de la que no se escapó, ni escapa, ni escapará ninguno de nuestros semejantes, ya que fue un fumador empedernido. En la misma piedra tropezaron mi progenitor, Eusebio, mi profesor preferido, Jesús Arteaga Romero, y el abajo firmante de estos renglones torcidos, servidor. Yoro sostuvo que no había una relación directa, de causa a efecto, entre tabaquismo y cáncer de pulmón, hasta que este se hizo patente, presente, y él tuvo que reconocer lo evidente, que lo padecía.

Está claro, cristalino, que, cuando a una persona, bien o mal formada, le sacas de su zona de confort, esta se siente mal, a disgusto, y se muestra intransigente. No es favorable a esa mutación, a esa nueva situación, porque es nueva y echa de menos la anterior, en la que se sentía cómodo.

Hay quien cree que el pacifismo nipón es consecuencia de haber perdido la Segunda Guerra Mundial (la experiencia de las dos infernales bombas atómicas, lanzadas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, no fueron moco de pavo), pero los desastres naturales que ha padecido el archipiélago que conforma el país, es decir, los sismos, los tifones y las erupciones volcánicas, han tenido que ver más que las guerras en ese inconcuso escrúpulo o recelo a las hostilidades. Bastantes batallas son las que hay que librar para recuperar la normalidad tras los desastres mentados arriba, como para afrontar otras, innecesarias.

En la entrevista que Gonzalo Robledo le hizo a Yoro, que apareció publicada en la página 5 del suplemento IDEAS de EL PAÍS, del pasado domingo 10 de mayo de 2026, hallé varias perlas que me han servido para escribir el presente texto en prosa. Ahora bien, si me pidieran que destacar una respuesta de Yoro, me quedo, a ojos cerrados, con la parte final de su postrera respuesta: “Solo aspiro a que cada quien piense por sí mismo. Junto a las fotos de cualquier guerra habría que poner fotos de un terremoto. Los desastres naturales ya hacen suficiente daño. No tiene sentido que los seres humanos añadamos destrucción”.

Pero, junto a la certidumbre, suelo colocar siempre la duda. Me gusta rememorar algo que leí otrora en “El perseguidor”, cuento largo de Julio Cortázar, en el que me aprendí de memoria estas líneas indelebles: “Algunos eran modestos y no se creían infalibles. Pero hasta el más modesto se sentía seguro. Eso era lo que me crispaba, Bruno, que se sintieran seguros. Seguros de qué, dime un poco, cuando yo, un pobre diablo con más pestes que el demonio debajo de la piel, tenía bastante conciencia para sentir que todo era como una jalea, que todo temblaba alrededor, que no había más que fijarse un poco, sentirse un poco, callarse un poco para descubrir los agujeros. En la puerta, en la cama: agujeros. En la mano, en el diario, en el tiempo, en el aire: todo lleno de agujeros, todo esponja, todo como un colador colándose a sí mismo…”.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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