A TODO PROFESOR QUE AMA LOS LIBROS
QUE A AQUELLAS/OS QUE LOS LEEN HACEN LIBRES
Dedico esta urdidura a todos los profesores (habidos y por haber) de lengua y literatura (puede que hoy escriba así, con minúscula, las dos asignaturas como mera pose, para aparentar un adarme o gramo de humildad, al considerar que es virtud rara de advertir y hallar en un autor, y me incluyo, que conste en acta, como he redactado varias veces) que me escriben y a todos los que no lo hacen, pero me leen y extraen lo mejor para sus alumnos.
A todo profesor que enseñe letras, ella, él o no binario, recomiendo que el vicio que le es propio, de leer, a todas/os sus alumnas/os lo contagie. E invite a la lectura obligatoria, primero, individual y en soledad, luego, en voz alta, en grupo y en el aula, en la edición de mil seiscientos quince (1615), de tres capítulos asaz gozosos de la Segunda parte de “El Quijote”, veinticinco (XXV) y los dos que continúan.
Mediado el veinticinco susodicho, tras la historia de los dos alcaldes, llama la atención del lector cervantino cómo se presenta maese Pedro en la venta:
“—Señor huésped, ¿hay posada? Que viene aquí el mono adivino y el retablo de la libertad de Melisendra”.
No se presenta como quien es, Ginés de Pasamonte, el galeote que libró de una cuerda de presos don Quijote en la primera parte de la obra, que este no reconoce porque lleva colocado un parche de tafetán verde, que le cubre casi media parte del rostro. Lo hace por su circunstancia o compañía, el doble espectáculo del que es perito manejador y hace gala, el supuesto simio que adivina sucesos del pretérito y el presente, no del porvenir, que le chiva a su amo al oído, y el retablo o teatrillo de marionetas.
“—¡Cuerpo de tal —dijo el ventero—, que aquí está el señor maese Pedro! Buena noche se nos apareja”.
O sea, esta noche tenemos asegurados y esperan dos espectáculos bajo el mismo techo y, tal vez, por un solo pago o precio. El ventero le pregunta por las dos extensiones de su arte: “¿Adónde está el mono y el retablo, que no los veo?”. Y le contesta maese Pedro:
“—Ya llegan cerca —respondió el todo camuza—, sino que yo me he adelantado, a saber si hay posada”.
El fingidor empedernido que es maese Pedro (vástago literario de otro perito embelecador o embustero, Cervantes) calla decir la verdadera razón de ese adelanto, obtener, grosso modo, información caliente, fidedigna, de cuanto ha acontecido recientemente y a quiénes en el pueblo, que pueda responder el mono adivino, que no adivina nada, por supuesto, porque el número es un fraude.
Le pregunta don Quijote al ventero por maese Pedro y este le da cuenta de las habilidades del titiritero o titerero, y dice que el mono que le acompaña, tras unos gestos pactados (maese da una palmada y el simio se le sube al hombro y le dice al oído la respuesta a la pregunta planteada por el sujeto del público que quiere saber), y maneja las figuras del teatrillo. Todo el episodio tiene que ver con el metateatro, el teatro dentro del teatro, o con una fusión y/o confusión de verdad y mentira, o realidad y ficción (el contrapunto de algo que vimos otrora en el filme “La rosa púrpura del Cairo” (1985), de Woody Allen (está basada, a su vez, en la obra “Seis personajes en busca de autor”, de Luigi Pirandello), donde un personaje de la película que está viendo una espectadora en un cine, enamorada de él, sale de la pantalla y entra en el mundo real. El ventero remata su relato sobre maese Pedro así: “habla más que seis y bebe más que doce, todo a costa de su lengua y de su mono y de su retablo”.
Bueno, pues, en dicho colofón, servidor tiende a ver una buena definición de literato; pues este habla por boca de más de seis personajes, heterónimos o seudónimos, y bebe (se nutre) de los autores leídos, más de doce, y de sus dones o facultades, que cada hacedor abriga las suyas.
El titerero, experto manipulador de títeres, como el poeta, según adujo el luso (que no necesariamente iluso) Fernando Pessoa, es un gran fingidor, y aquí ejerce maese Pedro como un tal, de manera excelsa, ya que, a la pregunta, que le formula Sancho Panza, de qué está haciendo ahora su esposa Teresa, le responde el falso adivino, dándoselas de íntegro en su actitud y comportamiento, no tomando los dos reales que acostumbra a cobrar por acertar en su respuesta, así:
“—No quiero recebir (sic) adelantados los premios sin que hayan precedido los servicios”.
Como el lector que siga leyendo se enterará, al comienzo del capítulo XXVII, maese Pedro conoce quiénes son don Quijote y su fiel escudero Sancho, porque el caballero manchego lo libró de una cuerda que galeotes de la que formaba parte, en la primera ídem de la obra. Quien se oculta tras el parche y va vestido de gamuza es Ginés de Pasamonte. Así que, no es de extrañar que todas las personas quedaran atónitas de las razones ciertas dadas por el mono, stricto sensu, el titerero. Y a las susodichas, variadas verdades, aducidas por el falso augur o vidente, sentencia don Quijote una de sus máximas geniales, inolvidables: “El que lee mucho y anda mucho vee (sic, sí, con doble e, en la citada edición, ¿semejando los dos ojos?) mucho y sabe mucho”.
Ahora bien, como don Quijote, aunque pasmado, no queda convencido del todo, le habla a solas a Sancho de que tiene que haber gato encerrado (y no me refiero al cuántico, dentro de una caja, del ejemplo o experimento planteado por el vienés Erwin Schrödinger, Premio Nobel de física de 1933, que compartió con el británico Paul Dirac) en el proceso, y le dice que esa habilidad del mono acaso tenga que ver con la magia negra, un pacto que maese ha hecho con el diablo, verbigracia.
Comienza la representación de la libertad de Melisendra, hija de Carlomagno, que lleva a cabo su esposo, don Gaiferos, en Sansueña (Zaragoza), presa de Almanzor.
A las diversas censuras que hace don Quijote (y corrobora maese Pedro) al trujamán o relator, el joven ayudante de maese, este, Pedro, le retruca con el argumento en el que, siempre que llego a esta parte del capítulo XXVI, tiendo a ver una crítica velada a las comedias lopescas, sí, del mismísimo “Fénix de los Ingenios” o “Monstruo de la Naturaleza”:
“—No mire vuesa merced en niñerías, señor don Quijote, ni quiera llevar las cosas tan por el cabo, que no se le halle. ¿No se representan por ahí, casi de ordinario, mil comedias llenas de mil impropiedades y disparates, y, con todo eso, corren felicísimamente su carrera, y se escuchan, no sólo con aplauso, sino con admiración y todo?”.
Don Quijote, en un momento de la representación, creyéndose que lo ficticio es real, de mero espectador de la obra pasa a ser personaje y se cuela de rondón dentro de la ficción y, desenvainando su espada a fin de defender a Melisendra, que se halla en peligro, destroza las figuras y el teatrillo entero.
Maese Pedro se queja, con razón, del desmán o tropelía que le ha originado don Quijote y, como resumen, acierta a decir un retruécano (olé, Cervantes): “el Caballero de la Triste Figura había de ser aquel que había de desfigurar las mías”.
Don Quijote echa la culpa a los encantadores, que le mutan la ficción por la realidad y viceversa. Y se aviene a pagarle el destrozo que ha hecho del retablo y las marionetas a su dueño.
Está claro, cristalino, que Cervantes, en “El Quijote”, se desdobla en Cide Hamete Benengeli, en los historiadores que de este caso escriben, en el traductor, en los numerosos personajes que aparecen en la novela, y hasta en las figuras del retablo de Melisendra. Y yo diría que, incluso, sí, en el mono adivino, divino, que se sacó de su magín el semidiós que fue, es y será reputado por los lectores habidos y por haber de su inmortal obra el célebre autor alcalaíno.
Ángel Sáez García