BENDITO VEINTICINCO DE SEPTIEMBRE,
QUE FUE CUANDO LEÍ CUANTO ENCANTÓ
Como este encabezamiento sobra, por consabido, paso a las letras, la sustancia, del correo que he recibido de quien me pide permiso (y se lo he concedido ipso facto) para que lo firme con mi proverbial “Amén”:
“Reconozco que, a veces, no siempre o todos los días, sino solo de vez en cuando (o, como suele variar usted la disposición de esas mismas palabras, de cuando en vez), asisto a un milagro o tengo chispazos en mi mente, que puede que no sean otra cosa que cuanto otras/os han dado en llamar inspiración. Yo, como confiesa usted, Otramotro, soy otro santo Tomás; así que, solo me creo lo que presiento (o sea, intuyo, aunque luego esa corazonada o pálpito carezca del esperado correlato de certidumbre, o yo no se lo haya visto por ninguna cara o lado) y siento (sobre todo, con lo que huelen los dos caños de mi nariz, escuchan mis oídos y ven mis ojos, aunque estos —me refiero a los tres, duales—, esporádicamente, también me engañen); e, insisto, como usted, Ángel, yo tampoco tuve musa inicial, sino muso, pero por distinta razón a la suya, la pérdida de su hermano, ya que mi motivo fue otro, el enamoramiento que sentí por un compañero de estudios en el instituto, José Carlos, heterosexual, qué chasco. Confiaba en que pudiera ser bisexual, como hay cada vez más semejantes míos, ora ellas, ora ellos, pero no; me dio… no sé cuántas calabazas. Hasta que desistí de hacerme un daño innecesario.
“Hoy, precisamente, cosas que pasan, he tenido uno de esos chispazos. Y he rememorado el primer grafito (creo que ahora ya se puede escribir así en castellano) del que tuve noticia y leí en mi vida. Estoy hablando del año 1977. En el camino que tomaba para ir al instituto, se podía leer esta frase sin verbo (o con este sobrentendido): ‘Tonto el que lo lea’. Y como la literatura, ciertamente, es un palimpsesto, al día siguiente se podía leer lo que la víspera, por la noche, seguramente, otro espontáneo había escrito e intercalado, un verbo y un adverbio. Así que cabía interpretar lo contrario del mensaje original: ‘Tonto es el que no lo lea’. Y a la mañana siguiente un tercero (porque los rasgos de las letras eran distintos y, por ende, correspondían, indubitablemente, a tres autores/as diferentes) había agregado, entre paréntesis, siete voces más: ‘Tonto es el que no lo lea (me refiero a El Quijote, por supuesto)’.
“Bueno, pues, como me consta y/o sé que a usted le chifla o flipa El Quijote cervantino (pero no le disgustó el arrugado o avellanado, de Avellaneda, inferior, a todas luces), tras leer el artículo que usted tituló ‘A todo profesor que ama los libros’ y publicó el pasado 25 de septiembre en su blog, me dio por escribir unas líneas sobre él. Como me parece un texto genial, aprovechable para la didáctica de la materia que imparto, se lo he remitido a varios colegas para conocer su parecer al respecto.
“Dicha pieza es una de sus urdiduras o ‘urdiblandas’ más conseguidas (por la emoción y la pasión que acarrea, genera y regenera en quien la lee) o, si se prefiere otro adjetivo, perfectas. Es una loa a las/os profes de lengua y literatura, que intentamos contagiar a nuestros alumnos nuestra buena adicción a y/o por los libros, que, como usted acierta a comple(men)tar en el subtítulo de su texto, ‘a aquellas/os que los leen hacen libres’.
“Debo decir/escribir que me gusta mucho toda la pieza; pero el párrafo final me embelesa; me ha atrapado o cautivado cuantas veces lo he leído. Cómo no hacerlo, si semeja el hallazgo de un tesoro escondido bajo tierra:
Está claro, cristalino, que Cervantes, en “El Quijote”, se desdobla en Cide Hamete Benengeli, en los historiadores que de este caso escriben, en el traductor, en los numerosos personajes que aparecen en la novela, y hasta en las figuras del retablo de Melisendra. Y yo diría que, incluso, sí, en el mono adivino, divino, que se sacó de su magín el semidiós que fue, es y será reputado por los lectores habidos y por haber de su inmortal obra el célebre autor alcalaíno.
“Cervantes llamó a Lope de Vega ‘Monstruo de la Naturaleza’, pero él no se quedó atrás, a la zaga, porque fue otro prodigio de la misma. Y usted es otro, al captar la genialidad del alcalaíno. Y hasta me imagino, qué iluso, que soy otro, al percibir su ingenio, el de ambos. El juego de máscaras del ‘padrastro’ que se considera Cervantes deviene en un laberinto de espejos, donde el rostro de don Miguel lo ocupa todo, al ser el único que cabe contemplar.
“El teatro dentro del teatro (la farsa dentro de la farsa) del retablo de maese Pedro, al representar la liberación de Milesendra por su esposo Gaiferos, que también es don Quijote, que, asimismo, es Cervantes, es un juego de cajas chinas o muñecas rusas.
“Cervantes consigue desdoblarse en todo bicho viviente que aparece en su imperecedera y magna obra, hasta en el divino y adivino mono, por supuesto. Chapó.
“Déjeme que firme este escrito con su característico, proverbial y, sin ninguna duda, también religioso (vestigio de su paso por los seminarios navarretano y zaragozano)
“Amén”.
Ángel Sáez García