EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (XXIX)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Procuraré ser aleccionador, didáctico, y darte mi opinión en lo concerniente a la tolerancia con un selecto póquer de ases o, si lo prefieres, los siguientes cuatro escogidos y únicos puntos, cuatro:
Primer punto. Cuando la tolerancia, piedra angular o clave de todo ideario que se precie o tenga por tal, entra a formar parte del edificio intelectual de una persona, esta advierte al instante el error mayúsculo en el que vivía y experimenta una liberación, la de haber dejado atrás los barrotes y las cadenas de esa prisión estúpida en una de cuyas celdas acostumbra a pernoctar el ser engreído.
Segundo punto. Tengo para mí que solo se puede tolerar lo tolerable, porque lo intolerable, como la propia voz indica, no lo es.
Tercer punto. El límite de lo tolerable, en mi caso, suele coincidir con lo aceptable y/o justo (con lo que entiendo por tal).
Cuarto y último punto. Por lo tanto, tolerar el criterio o parecer del otro (u otra) no implica necesariamente tener que ceder o someterse a los juicios ajenos ni dejar de defender tus propias ideas al respecto. Tampoco implica tener que dejar de apasionarse en la apología de las mismas, siempre que uno no haya advertido que el argumento de la/el otra/o ha refutado el tuyo, claro; ya que, siendo así, como consecuencia lógica, una vez convencido, persuadido por el razonamiento aducido por la/el otra/o, se impondría lo obvio, que el suyo pasara a ser también el tuyo.
Mientras que en nuestras mentiras hay (se puede intuir) un noventa por ciento (y hasta más) de verdad, en las presuntas verdades (inconcusos embelecos) de muchos políticos, con asidua frecuencia, resulta imposible hallar estela o rastro de certeza.
Acabo de compartir afecto, conversación y merienda-cena con quienes conoces, mis dilectos primos cornagueses Nicolás, Pili y Nuria, buena gente, como te consta.
Me ha llegado nítido el eco de que quieres embellecer tus embelecos. Sospecho que quien pretende hacer (lo logre o no) tal cosa vive sin vivir en él/ella, parece que no perece.
Teniendo en cuenta una idea irrefutable de Confucio (“Saber que se sabe lo que se sabe y que no se sabe lo que no se sabe; he aquí el verdadero saber”), cojo la péñola para trenzar que, como anteayer te manifesté por teléfono y, asimismo, te escribí, respondiendo a tu correo, ignoro la razón por la que no puedes hacer comentarios en las dos entradas mentadas (la anterior y la posterior a esta). Otramotro, que, como te consta, es un defensor a ultranza de la libertad de expresión, quedaría en situación comprometida, con el culo al aire, si trascendiera (y se probara, sin controversia, que es cierto) que acostumbra a promover lo que no tiene un pase (porque no es ni aceptable, ni tolerable), tal especie.
Vienes a sostener la tesis que antes mantuvieron, entre otros muchos, Walt Whitman y el menda: todos los seres humanos, sin excepción, hemos sido, somos o seremos contradictorios.
Mi Odiseo se llamaba antes (en la primera versión de la décima) Eliseo, pero preferí mudar el nombre del milagroso profeta israelí, sucesor de Elías, por el del clásico héroe homérico, el del mítico rey de Ítaca.
Hay quien tiene una pequeña biblioteca en el aseo, quiero decir, que suele leer allí. Y ya sabes que se pasa de leer a escribir por ósmosis. No ignoras que la dicción “escatología” significa en castellano dos cosas muy distintas. Yo suelo fundir esas dos acepciones en la irónica frase irreverente que sigue: “Dios es una mierda”.
Te saluda, aprecia y abraza
Ángel Sáez García
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